Esa apuesta se veía respaldada por el nuevo contexto energético. El desvío del petróleo venezolano hacia las refinerías de Exxon Mobil y Chevron en Texas y Luisiana ha coincidido con la guerra en Oriente Medio, elevando la importancia estratégica del suministro. Un Trump centrado en Irán difícilmente querrá poner en riesgo ese flujo.
Desde enero, Venezuela ha vendido alrededor de 150 millones de barriles. Con una media de 330.000 barriles al mes, esto supone un 192% más que el promedio de 2025. Los ingresos petroleros, que representan la práctica totalidad de sus exportaciones, podrían alcanzar los 22.100 millones de dólares, su nivel más alto desde 2018.
Aunque Venezuela mantiene formalmente la propiedad de su crudo, ha perdido control sobre su comercialización, los compradores y el destino de los ingresos. Todo ese dinero pasa por un fondo de depósitos registrado en Catar y que controla Washington a través de una junta interventora.
En el plano interno, la transición no ha generado un vacío de poder. El aparato estatal y de seguridad se ha mantenido bajo control, incluyendo los llamados “colectivos”, lo que ha evitado episodios significativos de violencia. Este factor ha contribuido a la percepción de estabilidad, tanto dentro como fuera del país.
La mayor parte de las fuerzas de la operación Southern Spear se han retirado ante la confianza de Washington en los hermanos Rodríguez. Tras los primeros bombardeos a Irán, Caracas “lamentó” el uso de la fuerza militar, pero sin condenar a EEUU o Israel y pidiendo a Teherán, que durante la pandemia le envió cinco petroleros con gasolina, cesar sus represalias militares contra terceros países.
Tras la retirada de la flota del Comando Sur, la cúpula chavista parece creer que las amenazas de liquidarla si se muestra poco colaborativa son un farol. Algunos analistas lo describen como una…
