Los disturbios paralelos en Indonesia y Filipinas en los últimos meses muestran que la región está viviendo una especie de Primavera Árabe de baja intensidad y ritmo más lento, pero igualmente capaz de derribar gobiernos –y hasta sistemas políticos enteros– al compartir factores estructurales comunes.
El mayor de ellos, las frustraciones de la llamada “generación Z”, es decir, la de los hoy jóvenes y adolescentes que nacieron entre 1997 y 2012. En el conjunto de la región, el 40% tiene menos de 18 años. Desde Katmandú a Yakarta, sus agravios y razones para protestar son similares: precariedad laboral, falta de oportunidades y su indignación con unas élites políticas corruptas y represivas.
Ya solo en Myanmar y Pakistán gobiernan –directamente o no– juntas militares, pero si algo distinguía a los núcleos dirigentes de los regímenes derrocados del singalés Gotabaya Rajapaksa, la bangladesí Sheik Hasina y el nepalés Sharma Oli era su carácter autoritario, endogámico y clientelista, además de la manipulación de las urnas.
En Indonesia y Nepal casi la mitad de la población tiene menos de 28 años. Su tasa de desempleo ronda el 20% pero llega al 50% si se suman los subempleos, temporales y mal pagados de la llamada “gig economy” que da trabajo a cientos de miles de repartidores de comida o paquetes desde Manila a Kuala Lumpur.
Aunque el acceso de la generación Z a internet es casi universal (99,6%), el PIB per cápita de sus países está muchas veces por debajo de la media mundial. En Nepal, por ejemplo, un destino turístico en medio del Himalaya, es de solo 1.500 dólares. Las remesas que envía a sus familias la diáspora nepalí, la mayor parte dispersa en India y los emiratos y reinos del Golfo, equivalen al 30% del PIB.
El problema para los gobiernos es…
