Estados Unidos ha incluido en su lista de organizaciones terroristas a los carteles mexicanos de Sinaloa y Jalisco y al venezolano Tren de Aragua, una banda nacida en el entorno carcelario venezolano que ha evolucionado hasta convertirse en una organización criminal transnacional con presencia en buena parte de América Latina.
Desde hace años, el problema se había descontrolado para muchos gobiernos. Con el 8% de la población mundial, la región concentra el 30% de los asesinatos. Estas condiciones de inseguridad explican el ascenso este último año del salvadoreño Nayib Bukele, la destitución por el Congreso de la peruana Dina Boluarte o la llegada a La Moneda de José Antonio Kast, quien supo rentabilizar en las urnas el temor de los chilenos al contagio de la violencia delictiva de sus países vecinos. El 81% de los chilenos tiene una buena opinión de Bukele, frente al 30% de Gabriel Boric, pese a que en su lucha contra las maras ha encarcelado al 2% de la población. Según un sondeo de Latinobarómetro en 18 países de la región, Bukele es por mucho el político más popular de la región.
Los grupos criminales que en el pasado se dedicaban solo a traficar cocaína están utilizando ahora sus métodos coercitivos y de corrupción de funcionarios, rutas de contrabando y sistemas de lavado de dinero para sus nuevos negocios, algunos de ellos, como la minería aurífera, más lucrativos –y menos arriesgados– que las drogas.
En México, redes de extorsionadores infiltran gobiernos locales, fuerzas policiales y campañas electorales. En 2025 obligaron a empresas y negocios privados a pagarles 1.100 millones de dólares en cupos que al repercutir en los precios de sus bienes y servicios generan “narcoinflación”.
El 1 de noviembre, Carlos Manzo, alcalde de Uruapán, fue asesinado en una plaza de la…

Irán: una caldera en ebullición