La última reunión entre Donald Trump y Netanyahu es la sexta que se celebra desde la reelección del mandatario estadounidense, a la que se suma otra mantenida en Mar-a-Lago. Su agenda se articula en torno a un doble eje –la cuestión palestina y el desafío iraní– cuya intensidad varía según el momento político, aunque el foco inmediato parece situarse en el frente iraní.
En el primero, Netanyahu quiere despejar cualquier ambigüedad de Washington sobre la anexión de Cisjordania. Es una prioridad para los sectores más radicales de su coalición, que podrían retirarle el apoyo si no avanza en esa dirección y bloquea de forma definitiva la posibilidad de un Estado palestino. A ello se suma la continuidad de la ofensiva en Gaza.
Sobre el terreno, Israel mantiene amplio margen de maniobra. Desde el alto el fuego acordado el 10 de octubre, según algunas fuentes, se habrían registrado más de 1.500 violaciones, con centenares de muertos y heridos, sin que Washington ni la comunidad internacional hayan ido más allá de declaraciones formales. La reducción de la atención mediática facilita esa dinámica.
Con el contrapunto de una limitada apertura del paso de Rafah, el gobierno israelí ha bloqueado el órgano tecnocrático palestino…
