En Paz los electores buscaron a un político experimentado –sucesivamente diputado, alcalde y senador por Tarija desde 2002– que conociera el Estado desde dentro. No se equivocaron. El hoy presidente electo es heredero de una ilustre dinastía política, hijo de un expresidente, Jaime Paz Zamora (mandato 1989-1993), tenaz opositor de las dictaduras militares (1964-1982), y sobrino nieto de Víctor Paz Estenssoro (presidente en 1952-1956, 1960-1964, 1985-1989), líder de la mítica revolución de 1952 que acabó con los latifundios y la servidumbre indígena.
Aunque se define como político de centro, Paz reivindica el espíritu del MIR que fundó su padre, el primer intento de construir una socialdemocracia en Bolivia. Va a necesitar de toda su experiencia e inspiración.
El cambio de ciclo político se produce en medio de la mayor crisis económica en 40 años, con una inflación del 25% y las reservas de divisas en mínimos (1.700 millones de dólares, frente a los 15.500 de 2014), lo que deja al gobierno sin recursos para importar combustibles refinados y medicinas.
El déficit fiscal ronda el 7%-8% del PIB. Paz ha prometido que eliminará los subsidios a la gasolina y el diésel, una medida que duplicará su precio, pero justificar argumentando que el combustible más caro “es el que no se tiene”. Las huelgas y protestas en Ecuador, provocadas por su eliminación por el gobierno de Daniel Noboa, muestran que el precio político a pagar es siempre alto, e inevitable.
El éxito de su gestión va a depender en gran parte de que su propuesta de un “capitalismo para todos” logre preservar los programas y avances sociales de los 20 años masistas y generar consensos políticos en un país dividido entre el altiplano de mayoría quechua-aymara y las llanuras amazónicas, agrícolas y ganaderas.
Debido a sus promesas de que revertiría los…

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