Una agencia de la ONU con sede en Viena, la Organización del Tratado de Prohibición Completa de los Ensayos Nucleares (CTBTO), dispone de una red global de monitoreo capaz de percibir hasta los más débiles ecos de detonaciones nucleares y de distinguirlas de movimientos sísmicos o erupciones volcánicas. Desde 2000, sus estaciones de rastreo no han detectado explosiones fuera de las norcoreanas de 2016 y 2017, tras la salida de Pyongyang del Tratado de No Proliferación (TNP).
Contrario a las afirmaciones de Trump, Rusia y China no han realizado pruebas nucleares a gran escala desde la firma del CTBT. Algunos expertos sostienen, sin embargo, que Moscú y Pekín están realizando pruebas a pequeña escala, capaces de generar una reacción en cadena autosostenida y, en teoría, evadir su detección.
El problema es que esas llamadas “pruebas subcríticas” proporcionan menos información que las de ojivas de mayor tamaño, cuya explosión requiere de instalaciones especializadas como las utilizadas durante la guerra fría por EEUU en el desierto de Nevada. Hoy están, en gran parte, obsoletas.
La única instalación para pruebas subcríticas existente (U1a) se está modernizando para entrar en funcionamiento en 2030, con una inversión de 2.500 millones de dólares. Ninguna de las opciones del Pentágono ofrece resultados a corto plazo y todas necesitarán la aprobación por el Congreso para liberar cuantiosas partidas presupuestarias.
Las declaraciones de Trump en su red Truth Social se contradicen, por otra parte, con las declaraciones de su secretario de Energía, Chris Wright, quien aseguró que EEUU solo planea probar algunos sistemas de lanzamiento, no ojivas nucleares.
En teoría, Washington podría reiniciar las pruebas nucleares entre 24 y 36 meses después de una decisión presidencial. Muchos analistas dudan, sin embargo, de que el esfuerzo valga la pena, ya que supondría abandonar de facto el…
