El otoño caliente para los gobiernos europeos se da por descontado a este lado del nuevo telón de acero que se ha formado a marchas forzadas desde que el presidente ruso, Vladímir Putin, invadió Ucrania en febrero.
Italia es el lugar más obvio por donde empezar. La llegada de Mario Draghi en febrero de 2021, sustentada sobre una complicada coalición de seis partidos que tocaba dos extremos, produjo un espejismo. Las cualidades de su trayectoria –es justo reconocer que su intervención salvó el euro durante la peor crisis de su corta historia–, sumada a su respetabilidad, acariciaron el sueño de la estabilidad política en un país con más de 40 primeros ministros desde el final de la Segunda Guerra Mundial.
Los peligros de la nueva etapa de inestabilidad italiana son evidentes. A pesar de los significativos vínculos económicos y energéticos de Italia con Rusia (su dependencia del gas ruso…

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