Más allá del gesto diplomático, la dinámica bilateral refleja hasta qué punto la escalada en Oriente Próximo está reordenando prioridades estratégicas. La Administración Trump parecía confiar en que los acontecimientos en Venezuela e Irán reforzarían su posición internacional, especialmente en el ámbito energético. Estados Unidos es hoy el mayor productor y exportador mundial de hidrocarburos, y un eventual control indirecto sobre flujos clave de crudo habría ampliado su margen de maniobra. Sin embargo, como suele ocurrir, la dinámica de la guerra ha introducido un alto grado de incertidumbre.

La interrupción del tráfico en el estrecho de Ormuz –por donde antes de la crisis transitaban en torno a 15 millones de barriles diarios– ha tensionado los mercados. Como apuntaba Edward Luce en el Financial Times, solicitar la mediación de Pekín para estabilizar el estrecho de Ormuz habría supuesto un coste político difícil de asumir para Washington.
Desde la perspectiva china, la crisis se observa con cautela. Pekín depende en gran medida de Oriente Próximo: entre el 55% y el 60% del petróleo y alrededor del 30% del gas natural que importa proceden de la región. Sin embargo, su exposición directa a Irán es relativamente limitada, ya que, aunque absorbe cerca…
