Con la decisión del Bundestag de aprobar una posible intervención de la Bundeswehr para apoyar a la fuerza de intervención rápida en los Balcanes, Alemania ha dado un paso importante hacia la normalidad cincuenta años después del final de la Segunda Guerra mundial.
La decisión del Parlamento alemán tiene un especial alcance porque intervenir militarmente en los Balcanes supone tocar el punto del mapa más delicado en todos los aspectos. Allí, las divisiones alemanas lucharon contra los partisanos del mariscal Tito durante la Segunda Guerra mundial. Allí, la presencia de tropas alemanas llevó a la creación de campos de concentracion, al terror, a la respuesta terrorista y a crímenes brutales. Allí, la retirada alemana al final de la guerra se produjo en condiciones catastróficas. Bajo la capa protectora del comunismo ha permanecido vivo el recuerdo de esa época entre las personas de la región, sobre todo entre los serbios, cuyo concepto del tiempo es distinto al de los europeos occidentales. En la mitología histórica de los serbios parece que la batalla del campo de Kosovo no tuvo lugar en 1389, porque forma parte de la memoria colectiva de los que viven en la actualidad. Ese marco de condiciones explica por qué Alemania titubeó durante tanto tiempo a la hora de intervenir militarmente en los Balcanes. En lo político, sin embargo, el gobierno federal alemán desempeñó un papel de avanzada cuando la federación yugoslava se desintegró en 1991 y Eslovenia y Croacia declararon su independencia. El entonces ministro de Asuntos Exteriores, Hans-Dietrich Genscher, cambió de rumbo ante la presión de la opinión pública alemana y, junto con el canciller federal Helmut Kohl, instó a los socios de la Comunidad Europea a que reconocieran a los dos secesionistas. Empezaron a surgir los primeros signos de desconfianza tras la reunificación alemana.
No…

Beslán, más allá de la crueldad