La Conferencia de Seguridad de Múnich, que ha funcionado durante décadas como un barómetro político del mundo occidental, lo resume bien. El secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, recibió un aplauso considerable tras afirmar que “el destino de Europa nunca será irrelevante para el nuestro”. Sin embargo, ese gesto no significó confianza recuperada, sino un alivio momentáneo. El contenido del discurso reprodujo límites claros del apoyo estadounidense, especialmente respecto a Ucrania y al compromiso de seguridad en el continente.
Rubio, en papel de poli bueno –si recordamos el mensaje y tono de JD Vance hace un año en el mismo foro–, marcó la línea: Washington prefiere actuar junto a Europa, pero no dependerá de ella. La Administración estadounidense, dejó entrever que no esperará indefinidamente acuerdos diplomáticos si considera que sus intereses lo requieren.
Ese matiz es clave. En la conferencia se repitió una idea cada vez más extendida en capitales europeas: Estados Unidos no está abandonando Europa, pero sí redefiniendo la alianza. La cooperación deja de ser automática y pasa a ser condicional, una alianza, a ojos de Washington, que no puede suponer un límite para la proyección del poder norteamericano.
El diagnóstico político más claro llegó…
