La operación aliada es un avance de la “seguridad de los Estados” a la “seguridad humana”. El doble rasero no implica que no sea una operación necesaria.
El 16 de febrero comenzó en Bengasi, capital de la región oriental libia de Cirenaica, un movimiento de protesta civil que, pese a ser duramente reprimido, se convirtió en una rebelión abierta y se extendió hasta controlar 10 días después toda la Cirenaica y muchas zonas de la región occidental, llegando hasta Zauiya, a pocos kilómetros de la capital, Trípoli. El objeto declarado de la rebelión era derrocar del poder al coronel Muamar el Gadafi y a su régimen dictatorial y cleptocrático, que domina el país desde 1969. Ningún movimiento organizado estaba detrás de esta rebelión, que solo tomó personalidad política con la creación, el 27 de febrero, de un Consejo Nacional Transitorio (CNT), actualmente presidido por Mustafá Abdelyalil, desde entonces representante oficial del movimiento rebelde.
La reacción de Gadafi fue brutal, lanzando a su ejército y a sus milicias –algunas compuestas por mercenarios africanos– contra las áreas rebeldes, ataques que incluyeron bombardeos aéreos sobre las ciudades y sobre la población civil. A pesar de la aprobación de la Resolución 1970 por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas el 26 de febrero, que llamaba a un inmediato cese de la violencia e imponía un embargo económico y de armas al régimen, además de solicitar al Tribunal Penal Internacional la investigación de sus posibles crímenes, Gadafi mantuvo su sanguinario ataque contra las áreas controladas por los rebeldes…

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