Los estudios sobre la posverdad, a menudo apocalípticos, presentan ejemplos de mentiras utilizadas para polarizar las sociedades, pero con escasas explicaciones profundas sobre las causas de este fenómeno. Sin embargo, en El fin del mundo común. Hannah Arendt y la posverdad, Máriam Martínez-Bascuñán acepta el reto de superar esta tendencia, entablando un diálogo con autores anteriores a esta época. Destaca Hannah Arendt, pero también aparece el pensamiento de autores como Orwell, Sócrates, Platón o Foucault, cuyas contribuciones, a través del análisis de la autora, resultan de una actualidad innegable.

El fin del mundo común: Hannah Arendt y la posverdad
Máriam Martínez-Bascuñán
Taurus, 2025
448 págs.
Esta valiosa obra reivindica el mundo común, el espacio compartido por los ciudadanos que intercambian opiniones en las democracias, como el único lugar en el que es posible alcanzar la verdad en la política. La posverdad se inicia debido al relativismo extremo; su comienzo suele situarse en 2017, cuando Kellyanne Conway, secretaria de prensa de la Casa Blanca, defendió una afirmación falsa de la administración Trump según la cual la investidura había registrado la mayor audiencia de la historia. Al ser interpelada, Conway respondió al periodista Chuck Todd que se estaban “ofreciendo hechos alternativos”.
Sin embargo, Martínez-Bascuñán se resiste a otorgar, como reacción, un valor supremo a la verdad pronunciada por “expertos”, ya que ésta se separa del debate ciudadano y pone en peligro la creación de significados compartidos. “Cuando una casta de burócratas se arroga la potestad de tomar decisiones trágicas por el resto de nosotros, amparada en la autoridad de la ciencia, lo que suele activarse es la respuesta populista: una revuelta contra la exclusión del ciudadano común, una reclamación de poder en nombre de quienes fueron dejados al margen del tablero”, reflexiona.
Al finalizar la obra, el lector se da cuenta de que ha experimentado el mismo proceso de diálogo con la autora que ella defiende como única vía para alcanzar la verdad en la esfera pública. Se enfrenta a argumentos que pueden poner en duda posturas que, a priori, le parecían casi universales, como la eficacia del fact-checking o la idea de que la verdad fáctica, por sí sola, basta para ordenar la esfera pública. Este tipo de verdad existe, reconoce la autora; pero sin un debate público y libre que permita llevarla al mundo común, fomentando el intercambio de opiniones, se queda incompleta. De hecho invita, utilizando las palabras de Hannah Arendt, a entender la opinión “como una forma legítima y necesaria de la verdad”. Los ciudadanos no deben dejarse engañar por prácticas fraudulentas que desacreditan el valor de la opinión, en las que los partidos y líderes, “cuando no pueden sostener una mentira, simplemente la rebautizan como opinión”.
Y ahí surge la principal problemática de la posverdad. Ésta no se distingue solo por el uso constante de la mentira, sino por mentir con el objetivo de confundir a la ciudadanía y erosionar su capacidad de creer. Si se pierde el espacio de significación compartida, el suelo común que todos pisamos, ya “no queda espacio para el desacuerdo democrático, sino apenas una guerra de credos”.
Entrar en el mundo común de esta relevante obra significa partir de lo específico –Trump, Brexit, cambio climático– pero reflexionar sobre lo estructural: los medios tradicionales, las redes sociales, los ciclos de polarización, el poder de los magnates de la tecnología y la importancia de una educación humanista. De todo ello se concluye que la única vía posible para encontrar la verdad es apostar por el reencuentro social. “Combatir la posverdad no es solo cuestión de pedagogía, sino de sensibilidad política y humana”, explica la autora. “Implica comprender los términos en que las personas forman sus juicios, cómo narran sus vidas, qué les duele y qué esperan”. La posverdad se combate compartiendo.
Requiere estar en constante búsqueda de la verdad, pero desde la humildad y la conversación. Obliga a reconocer que, como recuerda Hannah Arendt, la realidad “no es una agregación de datos: necesita ser narrada para hacerse visible, para volverse parte del mundo humano”.

