El proceso de integración europea o, mejor dicho, de Europa occidental, es una secuencia sin igual en la historia.
La Comunidad y la Unión Europea han acreditado su eficacia: cincuenta años de paz y estabilidad en Europa occidental; la reconciliación entre antiguos enemigos tradicionales; la inclusión pacífica de Alemania en la comunidad de los pueblos europeos y el fantástico resurgimiento de las economías europeas a partir de los escombros de la guerra, hechos todos que habrían sido imposibles sin la integración. Que Europa occidental sea hoy una de las zonas más estables y prósperas del mundo, es ciertamente un motivo de orgullo. Por eso no necesitamos inventar la rueda de nuevo. No es necesaria una nueva Unión, un Maastricht II. Este concepto acuñado por los medios de comunicación no ha sido del todo bien elegido –dicho sea de paso– porque recuerda aquellas películas de Hollywood cuyas segundas partes fueron, en su mayoría, muy inferiores a la original. Por lo demás, en el tratado de la Unión Europea se encomendó a la conferencia intergubernamental seguir desarrollando lo establecido en Maastricht, de ninguna manera tirarlo por la borda.
A pesar del éxito del proceso de integración, no hay motivo para cruzarse de brazos. La historia no es estática. La UE, tal y como fue acordada en Maastricht, no puede ser “el fin de la historia”, para usar la expresión del politólogo norteamericano Francis Fukuyama. Las condiciones básicas para el proceso europeo de integración cambian, a veces de manera evolutiva y lenta; otras, de forma revolucionaria y sorprendentemente veloz. En los últimos años hemos pasado por una fase revolucionaria. Surgieron dos desafíos: uno mundial, de carácter económico-tecnológico, que obligó a la Unión a competir con otras regiones de crecimiento dinámico, sobre todo Norteamérica y Asia; otro político-económico, que se caracteriza por el…

La ratificación del acuerdo sobre euromisiles