El anuncio de su intención de gobernar el país como un protectorado temporal, sin autorización del Congreso ni de Naciones Unidas, pone en cuestión los principios básicos de soberanía y legalidad internacional. La operación no solo tiene consecuencias de enorme alcance para Venezuela, sino que compromete la proyección y la credibilidad del poder global de Estados Unidos, erosiona los controles constitucionales sobre la Casa Blanca y puede legitimar de facto futuras agresiones de otras grandes potencias.
Es difícil exagerar el alcance de la “extracción” de Maduro. Aunque desde el siglo XIX Estados Unidos ha intervenido –directa o encubiertamente– decenas de veces en América Latina, esta es la primera ocasión en que ha recurrido de forma abierta y unilateral al uso de la fuerza armada para capturar al jefe de Estado de un país de América del Sur, una región hasta ahora considerada de bajo riesgo geopolítico. El precedente es especialmente inquietante: a diferencia de Irak en 2003, la Casa Blanca ni siquiera intentó obtener cobertura diplomática multilateral, justificando la acción como una simple operación policial en apoyo del Departamento de Justicia.
Por ahora hay más preguntas que respuestas. Pero una cosa parece clara: la gunboat diplomacy de Theodore Roosevelt ha regresado. No es casual que la operación se produjera pocas horas después de la visita en Caracas de Qiu Xiaoqi, responsable de América Latina del gobierno chino, ni que un ciberataque dejara sin electricidad al país, facilitando el ingreso de más de un centenar de aeronaves y drones sin ser detectados.
Nada indica, de momento, una ocupación formal. Sin embargo, Washington ha puesto en juego su credibilidad al hacerse responsable del desenlace venezolano: estabilidad, guerra civil o la aparición de un nuevo autócrata. Como advierten varios análisis estadounidenses, el éxito operativo inicial contrasta con la complejidad estratégica que se…