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Hubo un año del caballo de hierba y barro

En la China digital, incluso una canción infantil puede convertirse en un acto de disidencia. La creatividad lingüística y simbólica se ha convertido en una de las herramientas más eficaces de la ciudadanía para sortear la censura en internet.
Laura Suero Moreno
 |  17 de marzo de 2026

Cuenta la leyenda que Buda convocó a todos los animales de la Tierra, pero solo doce acudieron a su llamada. La rata obtuvo el primer puesto gracias a su astucia, viajó a lomos del buey y, al divisar a Buda, saltó para adelantarse, dejando al buey en segundo lugar. Tras ellos, llegaron en orden el tigre, el conejo, el dragón, la serpiente, el caballo, la cabra, el mono, el gallo, el perro y, finalmente, el cerdo, dando origen a la secuencia del zodiaco chino.

Históricamente, el sistema de medición del tiempo en la antigua China evolucionó desde el uso de títulos imperiales y el sistema celeste ganzhi hasta la creación del primer calendario lunar en el año 2937 a. C. Bajo este modelo, cada signo completa un ciclo de 60 años (equivalente al reinado del Emperador Amarillo), divididos en cinco subciclos de 12 años cada uno. Aunque el calendario es milenario, fue durante la dinastía Han del Este (25-220 d. C.) cuando se oficializó el uso de los doce animales para designar los años en el orden establecido por la tradición.

Según el mito chino, ahora nos adentramos en el año del caballo de fuego. El caballo (马 ) es fuente de vitalidad en la simbología asiática. A lo largo de la historia, el carácter ha sido protagonista de múltiples expresiones populares vinculadas con la sabiduría (老马识途, El caballo viejo conoce el camino), la fortuna (马到成功, El éxito llega con la llegada del caballo) o la energía (龙马精神, Espíritu de dragón y caballo). Sin embargo, no hay que remontarse al pasado para encontrar referencias clave al equino. De hecho, aunque 2009 correspondía al año del buey, la atención mediática y digital se la llevó de nuevo el caballo. En concreto, uno de  “hierba y barro” que, a través de una melodía infantil, se convirtió en un inesperado símbolo de resistencia en las redes sociales.

Durante el mandato de Hu Jintao (2003-2013), el Partido Comunista de China promovió la doctrina de la “sociedad armoniosa” (héxié shehui), un concepto diseñado para mitigar las desigualdades sociales y los desequilibrios económicos derivados de las reformas de Deng Xiaoping. Sin embargo, tras esta retórica de equilibrio, la “armonía” sirvió como base institucional para justificar la regulación de los flujos informativos y asegurar el consenso social en la red.

Esta narrativa oficial encontró un desafío inesperado en la sátira digital con el surgimiento del “caballo de hierba y barro” (Cǎonímǎ), una supuesta criatura fantástica que se popularizó a través de una canción infantil en la enciclopedia virtual Baidu Baike. Aunque se presentaba bajo la apariencia de una inocente alpaca, el término se corresponde con un audaz juego homófono de palabras: en mandarín la pronunciación de Cǎonímǎ es prácticamente igual que un insulto vulgar dirigido al interlocutor. El animal, de acuerdo con la canción, se defiende del “cangrejo de río” (héxiè), una criatura que simboliza la censura debido a su similitud fonética con la palabra “armonía” (héxié). Esta coincidencia sonora hizo posible que se eludiesen los algoritmos de control, utilizando la figura del caballo para articular un mensaje crítico hacia la censura y el sistema, sin emplear explícitamente ningún lenguaje prohibido. Así, cuando un usuario denunciaba que su contenido había sido “armonizado” (censurado), empleaba la imagen de estos animales juntos para esquivar restricciones.

La irrupción del cǎonímǎ en 2009 marcó un hito en la resistencia digital china al desafiar directamente las campañas de “purificación” del lenguaje lanzadas por el Partido Comunista Chino. A partir de la cercanía fonética, la ciudadanía encontró una grieta en la Gran Muralla Digital, utilizando el humor críptico para desafiar la censura sin cruzar explícitamente las líneas rojas de la ley. La efectividad del “caballo de hierba y barro” radicó en su capacidad para transmutar un insulto vulgar en un símbolo de ternura subversiva, logrando que una supuesta criatura mítica se convirtiera en el icono de la crítica popular.

Este impacto trascendió las pantallas para alterar mercados internacionales, vinculando la protesta social con el comercio. La popularidad de este juego de palabras disparó la demanda de fibra de alpaca en China, beneficiando directamente a la industria peruana: para 2010, el 59% de las exportaciones de este camélido desde Perú tenían como destino el gigante asiático. Además, el símbolo alcanzó su máxima expresión política a través de la obra de Ai Weiwei, quien integró al animal en piezas icónicas de denuncia. En su famosa fotografía desnudo, titulada Cǎonímǎ dǎng zhōngyāng, utilizó al peluche no solo para cubrir sus genitales, sino para lanzar un desafío lingüístico contra el Comité Central del PCCh; un acto de rebeldía que se vinculó estrechamente con su posterior detención.

Pero la vitalidad del caballo no es el único ejemplo de crítica a la legislación china. La gestión digital de Beijing ha propiciado el desarrollo de un lenguaje simbólico y figurativo por parte de la sociedad civil, utilizado para navegar en un entorno donde la supervisión de contenidos se realiza de manera automatizada. Desde la década de 1990, la República Popular China ha desarrollado el Proyecto del Escudo Dorado, comúnmente conocido como “el Gran Cortafuegos”, un marco normativo y tecnológico diseñado para regular el flujo de información. Este sistema opera mediante la gestión de direcciones IP, el análisis de paquetes de datos y la coordinación con proveedores de servicios para filtrar contenidos, lo que ha llevado a que diversas plataformas internacionales sean sustituidas por servicios locales como WeChat o Baidu, los cuales se rigen por la normativa estatal.

El modelo se enfoca principalmente en prevenir la difusión de mensajes que puedan derivar en acciones colectivas o cuestionamientos a la estructura administrativa china, apoyándose en la Ley de Ciberseguridad de 2017, que establece la responsabilidad de las empresas tecnológicas en la moderación de sus redes. La respuesta de buena parte de la ciudadanía se ha traducido en iniciativas orientadas a la transparencia y la monitorización de la red, como las plataformas GreatFire.org y FreeWeibo, las cuales permiten observar el estado de la moderación digital y acceder a contenidos que han sido objeto de filtrado en sus plataformas originales.

Esta persistencia de flujos informativos se apoya en una cultura digital donde la ciudadanía emplea recursos creativos, como el uso de homófonos (por ejemplo, cǎonímǎ) o fechas alternativas (como el “35 de mayo” para designar los sucesos de Tiananmen en junio de 1989), para transmitir mensajes específicos sin activar los protocolos de detección automática. De este modo, las redes sociales se convierten en espacios de interacción entre la normativa estatal y la ocurrencia ciudadana.

Recientemente, la uniformidad discursiva en el entorno virtual se ha fortalecido aún más. Pero los sectores críticos no han cesado su actividad, sino que la han trasladado al ámbito analógico. Un ejemplo paradigmático se dio durante la crisis sanitaria del COVID-19, cuando la disconformidad se manifestó mediante folios en blanco. Este mutismo convirtió la ausencia de mensaje en una reivindicación elocuente ante las restricciones de 2020: resulta imposible señalar a quien no dice nada, a quien utiliza el vacío del papel para reflejar su descontento y domina, con maestría, el arte de callar.

Desde el año del caballo de hierba y barro hasta este año nuevo del caballo de fuego, la administración ha sofisticado la moderación algorítmica y el fomento de narrativas institucionales para mantener el equilibrio discursivo. Entretanto,  frente a un sistema que exige licencia para hablar, se ejerce una rebelión silenciosa. Se combate la restricción verbal con la reconfiguración del verbo. Se reestructura el lenguaje para modificar al silencio. Y se toman por armas a las letras para enfrentarse a la pantalla, ese nuevo Gran Hermano que lo sigue a uno adonde quiera que vaya.

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