Manifestantes progubernamentales ondean banderas nacionales durante una ceremonia de banderas con motivo del Día Nacional de la República Islámica de Irán en la zona cultural y turística de Abbasabad, en el centro de Teherán, el 1 de abril de 2026. GETTY

Irán, guerra entre y dentro de religiones

Las guerras de Irán, Gaza y del Líbano, aunque movidas por fuerzas geopolíticas, tienen también una dimensión religiosa, no solo de choque entre creencias, sino de divisiones en su seno.
Andrés Ortega
 |  7 de abril de 2026

La guerra de Irán, inseparable de la de Gaza y la del Líbano, se suele ver como un conflicto geopolítico. Tiene también una dimensión religiosa, o al menos cultural. Un choque entre monoteísmos del Libro, entre los diferentes one true gods, dioses únicos y verdaderos: el judío, el cristiano y el musulmán. Si bien dentro de estos hay a su vez importantes diferencias que tienen sus reflejos de poder. Es una guerra entre religiones, y en el seno de religiones, entre otras cosas por ver quién las controla. Con consecuencias para todos. También se da entre iglesias ortodoxas en la guerra de Ucrania.

El judaísmo militante en Israel se ha ido radicalizando en los últimos años, fruto en parte de la transformación que ha vivido la sociedad israelí con las inmigraciones del Este europeo desde el fin de la Guerra Fría. Ha derivado en la idea de que aquella tierra es suya, y que para garantizarla se necesita un Gran Israel, sin amenazas externas, como la de Irán, Hezbolá en el Líbano o Hamás en Gaza. El Gran Israel es una concepción geopolítica, sí, y también religiosa/cultural. Incluso hay cierta religiosidad en estas grandes familias monoteístas en la idea de la omnipotencia del instrumento militar, propia del Antiguo Testamento.

Muchos de los fundadores de Israel no eran creyentes, aunque sí culturalmente judíos. Una parte de los judíos ultraortodoxos de siempre rechaza el sionismo, el Estado de Israel, y se niega al servicio militar. A diferencia del cristiano y el musulmán, el monoteísmo judío no es proselitista. Su Dios es para ellos. Pero en ese “para ellos”, pueden llegar a empujar a los otros, como está volviendo a pasar, especialmente en Gaza y en (guerra poco hablada) Cisjordania. El 8 de octubre de 2023, tras los atentados de la víspera por Hamás, se generó una ola bastante amplia de simpatía hacia Israel, que su gobierno echó a perder con una respuesta desproporcionada. Resultado: El antisemitismo está creciendo. También porque los israelíes, o los judíos, que son contrarios a estas guerras temen, salvo excepciones minoritarias, expresar públicamente sus críticas, cuando el apoyo a la visión de seguridad total y definitiva de Netanyahu ha aumentado.

El monoteísmo cristiano está dividido ante estas guerras. Hay una parte del cristianismo estadounidense profundamente sionista. Los evangélicos blancos conservadores lo son en su mayor parte. Apoyan al materialista Trump, no porque lo consideren un referente moral, sino porque ven en él un instrumento político y religioso. Para ellos el sionismo cumple el designio divino, lo que se complementa con la idea del “destino manifiesto” de Estados Unidos, un país cuyos orígenes religiosos no cabe olvidar. A lo que hay que añadir la influencia del “lobby judío”, o más precisamente sionista, en unos Estados Unidos. Netanyahu ha sabido utilizarlo.

La retórica religiosa está muy presente en los que han lanzado esta guerra desde Washington. El presidente, además de encomendarse a Dios, usa referencias apocalípticas. El secretario de Defensa (sigue siendo su título oficial pese a que Trump lo rebautizara Departamento de la Guerra), Pete Hegseth, ha pedido a sus conciudadanos que recen “cada día, de rodillas” por una victoria militar en Irán “en el nombre de Jesucristo”, algo rechazado de plano por el Papa León XIV, estadounidense que, no por ello “aliado objetivo” de los ayatolás iraníes, se ha convertido en uno de los referentes morales del mundo contra estas guerras que ha calificado como “un escándalo para toda la familia humana”. Más aún cuando las autoridades israelíes impidieron al patriarca latino de Jerusalén celebrar la misa del Domingo de Ramos en el Santo Sepulcro, aunque luego rectificaran. El sionismo tiende a cancelar la dimensión histórica cristiana en la llamada, por esta, Tierra Santa.

Ni los cristianismos ni el catolicismo están unidos. Representante de catolicismo más conservador es el vicepresidente de Trump, J.D. Vance, que algunos apuntan como posible candidato republicano en 2028, aunque él mismo hace malabarismos políticos, pues sabe que muchos de sus seguidores católicos están en contra de esta “guerra de Trump”. Paradójicamente, el presidente ha logrado unir a los obispos estadounidenses, habitualmente divididos entre conservadores y progresistas, frente a una Administración más nutrida de católicos que nunca.

Luego están los que, en torno a Trump como Peter Thiel, el tecnomagnate que está detrás de un gran uso de la inteligencia artificial en esta guerra con su empresa Palantir, habla del Anticristo, y proclama como paz justa esto que pretende la Administración con la que tiene gigantescos contratos. “Estados Unidos es, ahora mismo, el candidato natural para encarnar el katechon (el que frena el caos) y el Anticristo, el punto cero del Estado mundial, el punto cero de resistencia al Estado mundial. La policía global estadounidense es el único país verdaderamente soberano”, proclama Thiel. Algo que, desde el Vaticano, ha unido a muchos católicos en su contra.

En cuanto a los musulmanes, no es novedad que estén también divididos. Para empezar, entre chiíes, predominantes en Irán con su república islamista, y los suníes cuyo foco religioso es La Meca en Arabia Saudí. Lo que da una pátina religiosa al gran enfrentamiento geopolítico en la zona, que no es solo entre Israel e Irán, u otros árabes, sino entre Irán, que no es árabe, y Arabia Saudí. Desde Riad, aunque con más disimulo que desde Israel, se ha empujado a Trump a acabar con el régimen de los ayatolás. Y con este conflicto toma más vuelos el papel regional de Turquía, con Erdogan impulsando un islamismo no árabe. Naturalmente, todo no es blanco y negro, sino muy complejo. Mucho iraní está harto del régimen mal llamado teocrático, aunque otros muchos lo apoyan. Muchos suníes, tras los ataques de Irán contra objetivos en el Golfo y el cierre parcial del estrecho de Ormuz, ven a Irán como un enemigo con dientes afilados. Pero no se trata de ninguna guerra santa ni yihad. Aunque augura un auge del terrorismo yihadista.

Rodney Stark, gran sociólogo de las religiones, partía en su libro One True God (2003) de que los tres grandes monoteísmos habían cambiado todo, con su enorme capacidad de unir y dividir. Lo estamos viendo de nuevo. La religión funciona como un potenciador de la identidad, en unas luchas por poder, territorio, supervivencia de los regímenes e influencia. Aunque la religión no explica por sí sola estos conflictos, los intensifica y dificulta su solución.

Estas divisiones pueden parecer lejanas. No lo son. Las tenemos en nuestras sociedades europeas. En España, PP y Vox compiten por atraer el voto católico más conservador, “identitario” según Abascal. En nuestra propia polis española hay crecientes divisiones políticas entre católicos y un sentimiento antimusulmán que tiende a aumentar con la inmigración, junto con un ascenso del antisemitismo propiciado por las guerras de Israel. Todo esto repercutirá en las próximas elecciones españolas, cuyo eje, aún más tras estos conflictos, puede ser el de una guerra de religiones, o de culturas, interna. Cuidado.

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