Autor: Enric Juliana
Editorial: Arpa
Fecha: 2020
Páginas: 360
Lugar: Barcelona

Estudiar o actuar

Los lectores de Enric Juliana reconocerán su sello en este libro: alfileres, elefantes, mapas, lo personal en lo político, el encaje de Cataluña en España, la relación entre cultura y política. Todo ello dentro de un relato sugerente y con vida propia.
JORGE TAMAMES
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Manuel Vázquez Montalbán, que hace un cameo en Aquí no hemos venido a estudiar, definiría este ensayo como un texto que va del alfiler al elefante. Método inductivo: de un enfrentamiento entre comunistas encarcelados, donde chocan personalidades fuertes y análisis contrapuestos sobre el futuro del franquismo, a una reflexión perenne sobre el sentido de la acción política. Los lectores de Enric Juliana –director adjunto de La Vanguardia– reconocerán su sello en este libro: alfileres, elefantes, mapas, lo personal en lo político, el encaje de Cataluña en España, la relación entre cultura y política, guiños ocasionales a Italia, donde fue corresponsal a finales de los años noventa.

1962, Prisión Central de Burgos, destino de los presos políticos del franquismo. Disyuntiva para el Partido Comunista de España, que entonces encabeza la oposición al régimen. Se debate si la oleada de huelgas tras el Plan de Estabilización –el giro económico que, a partir de 1959, lleva al régimen a abandonar la autarquía y crecer a un ritmo vertiginoso­– refleja el colapso inminente del franquismo o su capacidad de reinvención. Si los presos comunistas deben continuar con su paciente labor de instrucción clandestina o tensar la cuerda mediante una huelga de hambre.

El irundarra Ramón Ormazábal, recién encarcelado tras un juicio dramático, apuesta por confrontar: “¡Aquí no hemos venido a estudiar!”.  Manuel Mauricio Moreno, almeriense y badalonés de adopción, defiende la formación que supervisa en la cárcel desde hace 15 años. El resultado es conocido. Un PCE voluntarista subestimó la capacidad de la dictadura para presidir sobre un proceso de despegue económico y despolitización general. Tras la muerte de Franco no llegó el colapso de su régimen, sino la reforma pactada. Los comunistas quedaron desplazados: primero por Adolfo Suárez, después por el PSOE.

El episodio más conocido del debate interno no fue el choque entre Ormazábal y Moreno, sino el que enfrentó a Fernando Claudín, Jorge Semprún y Javier Pradera con Santiago Carrillo. También se zanjó sentenciando: Dolores Ibárurri calificó a los tres críticos –que pedían al PCE prepararse para un pulso prolongado en vez de un asalto al poder– como “intelectuales cabeza de chorlito”. Semprún inmortalizó ese intercambio en su Autobiografía de Federico Sánchez, que Juliana, ocasionalmente importunado por el ego de aquel autor, califica como “un gran triunfo de la literatura del Yo”. (Régis Debray plasmó sus contradicciones en una observación aún más lapidaria: “Semprún privatiza la Historia al mismo tiempo que “historiza” su vida”.)

La estructura narrativa de Aquí no hemos venido a estudiar, todo sea dicho, es similar a la que emplea Semprún en su Autobiografía. Mediante saltos temporales, la discusión entre comunistas se intercala con reflexiones sobre el desenlace de la guerra civil, el franquismo y el transcurso de la guerra fría fuera de España. (Digresión geopolítica: es una lástima que Juliana, amante de las tesis de Halford Mackinder, no las complemente con las de su discípulo y rival, Nicholas Spykman. Mackinder consideraba que Europa Oriental era clave para controlar la masa continental de Eurasia y, con ella, la mayor parte del planeta. Spykman destacaba la importancia de gobernar rutas marítimas y las regiones costeras del continente: un Rimland compuesto por Europa Occidental, Oriente Próximo, el sur de Asia y el archipiélago japonés. El desenlace de la guerra fría se puede interpretar, entre otras cosas, como una victoria de Spykman sobre Mackinder). Entrelazadas con todo lo anterior, las biografías de Ormazábal –rotundo e inflexible– y Moreno –prudente, dúctil, amigo y mentor de Juliana en su juventud, si bien este vínculo no se traduce en un relato maniqueo–. Sus trayectorias personales y maneras de ser son la clave de bóveda del relato.

Si la política es el arte de lo posible, lo esencial es saber asir la realidad y desentrañar su potencial. Entender cuándo hay que estudiar y cuándo actuar. Distinguir entre lo que Antonio Gramsci definió como guerras de posición y movimiento. Este ejercicio es difícil desde el penal de Burgos, una “caverna de Platón” donde algunas sombras se alargan y otras se achatan. Pero también en nuestra época de ruido y redes. Los debates de los partidos actuales, cartelizados y cesaristas, no son más plurales que los que tenían lugar en un PCE aferrado al leninismo. En la medida en que existe, como recientemente señaló Pedro Sánchez, un “hilo rojo” entre el PCE y Unidas Podemos –hilo que Juliana reconoce para poner en valor la contribución de la izquierda a la democracia española–, la incapacidad de gestionar debates internos se mantiene a la orden del día.

La historia del PCE, con su grandeza y miseria, es otro de los ejes conductores del libro. De nuevo destaca el interés del autor por personajes secundarios pero atractivos: disidentes como Jesús Monzón y Joan Comorera, fundador del Partido Socialista Unificado de Cataluña (el propio PSUC es una institución a la que Juliana dedica reflexiones valiosas). Otra figura catalana puesta en valor es la del economista Joan Sardá Dexeus, asesor de la Generalitat que terminará como arquitecto del Plan de Estabilización. Según Juliana, 1959 representó un punto de inflexión definitivo en la historia económica de la España contemporánea: “la política económica española ha seguido la misma guía desde entonces, sin modificación”. Tal vez la premisa más discutible del ensayo, en la medida en que minusvalora otro gran proceso de transformación de la economía española: la llegada al poder del PSOE y su programa de modernización liberal. Y, sobre todo, la existencia de un vínculo entre ambos: el Banco de España. Su influyente servicio de estudios, que Juliana identifica con acierto como un actor clave en 1959, también juega un papel decisivo en los años ochenta, a través de figuras como Mariano Rubio y Luis Ángel Rojo.

Se trata, en cualquier caso, de un desliz puntual en un ensayo más que recomendable. Quienes leen las columnas de Juliana encontrarán en Aquí no hemos venido a estudiar un destilado de sus ideas, dentro de un relato fascinante y con vida propia. Quienes descubren su prosa ahora disfrutarán con un libro original y sugerente.