POLÍTICA EXTERIOR  >   NÚMERO 62

Fotografía de Josep Pla.

JOYA DE ARCHIVO: Josep Pla y la Gran Guerra

Josep Pla llegó como corresponsal extranjero a París en 1920. Sus reflexiones y pensamientos están recogidos en este artículo, ya que el impacto que causó en él la Primera Guerra mundial no ha recibido la atención merecida.
VALENTÍ PUIG
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El joven escritor Josep Pla llegó como corresponsal a París en la primavera de 1920 y una de sus primeras experiencias fue ver de cerca al mariscal Joffre, en su despacho de la Escuela Militar, con un grupo de catalanes que iban a ofrecerle una placa. Joffre –dice Pla– era “la personalidad militar más grande de su época”. Había frenado la arrolladora presión alemana en el Marne, empezando después “la espantosa guerra de trincheras” que Robert Graves describe en sus memorias Adiós a todo eso. Pla sopesa los dos criterios sobre la conducción de la Gran Guerra: la escuela alemana con el plan de ofensiva según Schlieffen y la escuela francesa, partidaria –como es sabido– de la estrategia defensiva. “Tenía razón. Alemania nunca fue vencida en el terreno militar. Siempre fue vencida por el bloqueo, por el hambre, es decir, por la defensiva”. Lo define como el triunfo de la inteligencia sobre el instinto.

En su libro Guerra en la historia europea, el profesor Michael Howard explica la coincidencia de los tratadistas de estrategia militar a finales del siglo pasado al considerar que el ataque sólo podía tener éxito acumulando una mayor intensidad de fuego que la defensa. La nueva tecnología artillera lo hizo posible, del mismo modo que la caballería perdía su razón de ser como impacto decisivo en toda batalla, aunque en 1914 todos los ejércitos europeos aún mantenían caballería armada con sables y lanzas. En La Gran Guerra y la memoria moderna, Paul Fussell insiste en que en Inglaterra, Francia o Alemania, nadie –ni tan siquiera los generales– tenía ni siquiera una ligera idea de lo que iba a ser la guerra de trincheras, pero fue en aquellas zanjas encharcadas, entre cráteres de obuses y cadáveres embarrados, donde transcurrió la historia fundamental del frente de Occidente. Allí iba a perecer lo mejor de toda una generación europea. Así se encarnaban realidad y retórica de las “naciones en armas”. Cada nación pensó –dijo A. J. P. Taylor– que estaba defendiendo su existencia, aunque el método de defensa fuese invadir el territorio de otra nación.

Pla escribía en la inmediata posguerra que la formación de la alianza anglo-franco-rusa produjo en Alemania un pathos de miedo que la llevó a rearmarse y formar una potente escuadra. De esta forma prosperaba un malentendido que ya nunca pudo deshacerse. Años más tarde, Pla insiste en que “fue la rivalidad franco-alemana –cuyo origen está en el mito de las fronteras naturales– lo que condujo a Europa a la decadencia de 1945”. Al orquestarse las negociaciones del tratado de Versalles, escritores nacionalistas como Barrés o Maurras hablaban “como los poetas, los juristas arcaicos, los inciertos personajes de un reino oscuro: ¡el Rin francés!”. Es decir, ochocientos o setecientos años después de la articulación “de los derechos de la casa reinante a la obtención de las fronteras naturales” se retornaba a un lenguaje idéntico: “Alsacia y Lorena, perdidas en la guerra de 1870, fueron recuperadas en la guerra de 1914”, dice Pla. La posterior ocupación francesa del Rhur fue considerada ilegítima por los juristas de la Corona británica.

En términos generales, el estado mayor alemán había tenido que decidir cómo luchar en una guerra con dos frentes, Francia y Rusia. Era una concepción a contrarreloj de los avances en la implantación del sistema ferroviario ruso. De cualquier modo, al arrumbarse la política de Bismarck de aislamiento de Francia, manteniéndose en buena relación con los imperios ruso y austrohúngaro, la guerra pudo ser una simple cuestión de tiempo al establecer su “entente” Francia y Rusia en 1891. Entonces cuaja –dice Howard– el plan Schlieffen, en nombre del conde Alfred von Schlieffen, jefe del estado mayor alemán, que consistía en un amplio movimiento por el flanco a través de Bélgica para atrapar a Francia por detrás, situar el ejército francés contra sus propias defensas y destrozarlas de una forma tan fulminante que permitiría trasladar el grueso del ejército alemán hacia el Este, para enfrentarse al ejército ruso, una amenaza más grande pero más lenta. A consecuencia de las necesidades de tropa implícitas en el plan Schlieffen, toda Europa tuvo que idear formas de recluta- miento masivo y un sistema ferroviario estratégicamente adecuado. Quien ganase ventaja en ambas iniciativas –escribe Howard– “podía transformar el mapa político de Europa casi de la noche a la mañana”.

En su despacho, el mariscal Joffre se muestra frío y mesurado, sin gesticular. “Era un hombre que había mandado sobre millones de seres humanos pero que, a su vez, había estado a las órdenes del poder civil”, dijo Pla. Había resuelto la invasión alemana frenándola en el Marne; Pétain defendió Verdún; Foch mandaba en el momento del armisticio.

La conferencia de San Remo fue el primer encuentro de los aliados, después del “desgraciado tratado de Versalles”. “En realidad, era la primera crisis del tratado de Versalles”, dice Pla. Ciertamente, no sería la última. En lugar de pedirle la información al novelista Edmond Jaloux, jefe de prensa del ministerio de Asuntos Exteriores francés, Pla actúa con precipitación y echa mano de un artículo de Le Temps. Titula su artículo para La Publicidad de Barcelona: “El cielo de San Remo es demasiado azul”. Jaloux lee el artículo con cierta indignación: un Pla inexperto no ha captado los matices de la política nacional francesa que gravita sobre San Remo. Jaloux le echa en cara que ha escrito “un papier philosophique sur Sant-Remo”: “Cést la politique qui nous interesse”. Es una de las primeras lecciones prácticas del Pla corresponsal. En cuanto a la conferencia de San Remo, convocada entre otras cosas para decidir el futuro del imperio otomano vencido, los historiadores explican que tuvo como consecuencia el tratado de Sévres que, a su vez, fue sustituido por el tratado de Lausana. La circunstancia permite evocar el nihil sub sole novum: en San Remo quedaron sobre la mesa la autonomía kurda y la independencia armenia; Francia obtuvo un veinticinco por cien del petróleo iraquí.

 

Una época de fraseología

En toda la obra de Pla tiene plena vigencia un recuerdo muy vívido de su primera llegada a París, después de una guerra mundial que “produjo once millones de muertos, la destrucción de los imperios alemán y austrohúngaro y la revolución rusa”. Más tarde, hablará de la Gran Guerra como una “horrorosa hecatombe”. Era la “Entente” contra la “Tríplice”: es asesinado en Sarajevo el príncipe heredero de Austria. “La guerra es inminente. ¿Quién la provocó? ¿Alemania? ¿Francia? ¿Rusia? Todavía no se ha esclarecido ni se esclarecerá nunca”. “Era una pura bestialidad. Era la guerra indefectible y total”.

Ya se ha cumplido el centenario del nacimiento de Josep Pla (1897–1981) y han aparecido estudios sobre su vida y su gran obra literaria, pero tal vez sin subrayar suficientemente el impacto que la Gran Guerra significó para el joven escritor, que contaba con diecisiete años cuando comienza la conflagración, siendo luego corresponsal en prácticas en París al acabarse las sesiones del tratado de Versalles. Era demasiado joven para ser corresponsal al estallar la Primera Guerra mundial y tampoco salió de España en los años de la Segunda Guerra mundial. Fue corresponsal de entreguerras –entreacto entre dos Reich alemanes y dos catástrofes bélicas mundiales– y escritor viajero años después del final de la Segunda Guerra mundial, pero la huella de la Europa fracturada por la guerra de 1914 es tan permanente en su obra como lo sería la inflación de la República de Weimar y la atrocidad nazi. En los cuantiosos volúmenes de su obra completa están el narrador, el viajero, el escritor político, el cronista parlamentario, sus aforismos y biografías, memorialista en definitiva, sabedor de que la clave de toda felicidad –por hipotética que sea– es la vida, y no el arte; la posesión y no la reflexión; la voluptuosidad, no el sueño. Quizá ya se acepte que Pla fue un gran escritor, pero algunos todavía se empeñan en demostrar que nunca tuvo razón.

Resulta una de las mejores páginas sobre la Gran Guerra el relato escueto –casi brutal– que el historiador A. J. P. Taylor escribió de aquella jornada del absurdo en Sarajevo, cuando media docena de estudiantes –adoctrinados y armados por una sociedad secreta serbia– se apostaron en las calles para asesinar al archiduque. El primero no logró desenfundar la pistola, otro regresó a casa arrepentido, un tercero lanzó una bomba pero sin acertar. El archiduque decide salir de la ciudad pero el chófer no capta la orden, coge la dirección equivocada, para y da marcha atrás. Otro estudiante, casi por sorpresa, se ve ante el coche, se monta en el estribo, mata al archiduque de un disparo y después a su esposa. Estaríamos siempre en las encrucijadas entre el azar y la necesidad.

En su vejez, Pla recuerda su llegada a París y reflexiona: “Fue esta terrible guerra que inició una etapa de la historia que, a mi modesto entender, ha sido y es la más salvaje y espantosa que los hombres han transitado, una época, sin embargo, que siempre se ha presentado envuelta en una fraseología progresiva, de papel fino y siempre elegante, de la Sociedad de Naciones y de organismos internacionales de espíritu suizo, de una ineficacia total”. El tratado de Versalles había sido la conclusión formal de la Gran Guerra y la complejidad –o incluso, el simplismo, en ocasiones– de los acuerdos tomados por los ganadores dan una idea aproximada de los intereses nacionales en confrontación durante la guerra. En las páginas de la obra catalana completa de Josep Pla aparecen enumerados algunos de los acuerdos esenciales: la evidencia es que, fundamentalmente, Alemania perdía territorio. Alsacia y Lorena retornan a Francia; Eupen-Meldy a Bélgica; el Saar queda bajo la tutela de la Sociedad de Naciones; se desmilitariza el Rhineland y Polonia “resurrecta” obtiene un paso hacia el Báltico. Danzig se acoge al estatuto de ciudad libre y la unión austro-germánica queda prohibida. En porcentajes, Alemania perdía un 33,5 por cien del territorio, un trece por cien de la capacidad productiva y un diez por cien de la población. También perdía todas las colonias y el ejército se reducía a cien mil hombres, con la correspondiente mengua de poder naval y aéreo.

Inevitablemente, otra cláusula fue todavía peor: el artículo 231 en el que el concepto de “culpa” achacaba toda la responsabilidad a la Alemania perdedora por daños y pérdidas causados por la guerra. Pronto fue obvio para Estados Unidos y Gran Bretaña que los costes cuantificados eran punitivos y poco realistas. Había triunfado el talante “revanchista”, como diría Pla. No pocos historiadores coinciden en que como tratado de paz, Versalles fue ejemplar, si es que se trataba de propiciar una futura guerra. Pla pronto fue uno de los observadores realistas que consideraron Versalles como el inicio de otro gran trastorno histórico.

Acudiendo a alguna página de Maquiavelo, Pla insiste en que entre Enrique IV de Francia y Napoleón, todas las guerras giran en torno a Francia, a causa de “la unidad del país basada en la obtención de las fronteras de la Galia romana, o sea, de los ‘bornes’ físicos, de las fronteras naturales”. Es decir: el Atlántico, los Pirineos, los Alpes, el Rin en toda su extensión. Napoleón también estuvo “imbuido de la trágica monomanía de las fronteras naturales de Francia, que es la idea romana del précarré. Para Pla, esta monomanía francesa era “la clave, el motor de la historia moderna de Europa” y había costado millones de muertos.

 

«Acudiendo a alguna página de Maquiavelo, Pla insiste en que entre Enrique IV de Francia y Napoleón, todas las guerras giran en torno a Francia»

 

El británico hace política exterior porque necesita las vías del mundo abiertas para proveerse de los elementos que le son vitales para subsistir, mientras que el francés –según compara Pla– supedita la política exterior a la interior, aunque después de la guerra de 1914 tuviera que interesarse más por la estrategia internacional, sobre todo debido a la presencia de Alemania. “La política extranjera es la tristeza del francés. Puesto que no puede poner una muralla china en la frontera alemana, se defiende, como el avestruz, escondiendo la cabeza bajo el ala”, escribió Pla. Recién acabada la guerra, indaga similitudes y contraposiciones: Francia, país de individualistas que tienden a lo concéntrico; el mundo alemán, tendente al paralelismo, por propensión no siempre racional al sentimentalismo de lo diverso. “El mundo alemán tiene un sistema de ríos paralelos. El sistema francés tiende a la irradiación”. Francia, país de escépticos; Alemania, país de dramáticos. En 1965, Pla cita a Giraudoux: “Se ha de proyectar más poesía sobre Francia y más ‘sagesse’ sobre Alemania” y le parece “un excelente programa europeo”.

“Con momentos de lucidez única producidos probablemente por el alcohol”, Bismarck había sido “el hombre de acción más grande de su tiempo”: gana tres guerras, culmina la unidad imperial, sostiene la hegemonía prusiana sobre el Reich y convierte a Alemania en una gran potencia europea. Entre 1871 y 1890 observa la situación de los Balcanes “como terreno de una posible guerra entre Austria y Rusia –terreno creado por la decadencia ineluctable del califato de la Puerta”. Entonces Bismarck propone a las dos potencias –Rusia apoyaba a los eslavos del sur, la aristocracia del imperio austro-húngaro quiere tierras vírgenes– sendos tratados secretos, estableciendo que si Austria o Rusia fuesen atacadas, Alemania mantendría una neutralidad total. La estrategia bismarckiana constituía una filigrana pacificadora que se desmoronó cuando el Káiser echó a Bismarck de la cancillería “escaleras abajo” –según Pla, cita las memorias del gran canciller–. En seguida comenzó la confrontación austro-rusa en los Balcanes y Rusia firmó el tratado con Francia. Una vez más la Realpolitik había conseguido el –digamos– milagro de una precariedad equilibrada que la política de instintos arruinaría en dos días. Llegaron las sucesivas conflagraciones balcánicas y después, la Gran Guerra.

Pla tenía por obra maestra el testamento de estadista de Bismarck: buena relación con Rusia como prioridad y eso quería decir “evitar siempre la guerra en dos frentes simultáneos”. Muy al contrario, cuando el Káiser denuncia los tratados con Rusia, Rusia se aproxima a Francia; además, el Káiser impone una política naval que trunca la neutralidad victoriana. Como consecuencia, se crea la “Entente” y llega la guerra de 1914.

La volubilidad del Káiser se manifiesta en su viajar constante, el placer de los desfiles o en los discursos imperiales: “Se dieron casos de hablar hoy de Rusia contra Inglaterra y al cabo de tres dí- as despotricar a favor de Inglaterra contra Rusia. Considerado su inmenso cargo, fue el peor loco de todos los locos posibles –el loco de un manicomio moderado–”. Sobre el tributo del Káiser a la destrucción de la Europa tradicional, Pla escribió: “Como destructor lo hizo muy bien –casi tan bien como si su trono hubiese estado ocupado por un anarquista del sur, italiano, ibérico o catalán–”.

En Francia, la actitud de Clemenceau en el fondo había sido “revanchista” porque era un hombre que había vivido la guerra franco-prusiana. Para Clemenceau, “los alemanes fueron siempre los bárbaros del tiempo de César”. Era revanchista, como Poincaré, pero a la vez “republicano, legalista, parlamentarista y antimilitarista”. De acuerdo con la opinión pública, impuso el mando militar único. Foch se lo pide y Clemenceau accede. Después Foch y Poincaré conspiraron en su contra: no cedió ni un palmo. “Clemenceau ganó la guerra”, y con el Parlamento abierto, precisa Pla.

 

Un idealismo profesional

La primera vez que el director de su periódico le envía a una conferencia internacional en Génova, Pla pretende zafarse del compromiso porque dice que no entiende suficientemente la política internacional, pero de inmediato observa que los grandes perio- distas de la época –cita a Larboin de Le Matin, Bidou de Le Temps, los grandes corresponsales de Londres, Bernhard de la Worsiche Zeitung, Lumanar del Corriere della Sera o Salvatorielli de La Stampa– “decían lo que les dictaban los ministros de sus respectivos países”. Añade: “Es casi seguro que había algún corresponsal ruso. Éste debía ser el más exacto”.

Por primera vez después de la guerra, la URSS y Alemania estaban representadas. Con una enorme concentración diplomática y de intereses, la conferencia de Génova –dice Pla– era la primera gran reunión de los vencedores y vencidos de la Gran Guerra: Lloyd George y Louis Barthou, por Gran Bretaña y Francia; Alemania había enviado a Walter Rathenau y los rusos tenían allí a Txixerin, un exaristócrata pasado al comunismo. Después de las esperanzas iniciales, Pla pronto comprendió que el espíritu no era de acerca- miento: “Más bien tuvo un sentido contrario”. Estados Unidos había ganado la guerra y no estaba en la conferencia: se produjo “una acentuación del sentido separatista y de alejamiento”.

Ante la mirada del joven Pla pasaba Lloyd George, pequeño, de acerados ojos azules y de sonoridad magnífica; Barthou, nasal y granítico, asesinado en Marsella con el rey Alejandro de Yugoslavia por federalistas sureslavos; Rathenau, pálido, alto y corpulento, después asesinado por los nazis; Txixerin, “trágicamente fatigado”, “reía de una manera invisible”. George parecía dispuesto “a dar a Alemania una forma de entrada en la gran política” pero Francia se oponía. Así fue como Alemania se acercó a Rusia y ocasionó –según Pla– el tratado de Rapallo, “que produjo una burbuja inmensa y contribuyó a la apertura del período trágico de aquella posguerra”. En los años de entreguerras, el diario a menudo le envía a Ginebra para asistir a las asambleas de la Sociedad de Naciones. Siempre recordó los entrecots de los restaurantes ginebrinos y la fraseología del profesor Leon Bourgeois, importante delegado francés, paradigma de la retórica de la Sociedad de Naciones.

En Diplomacia, Henry Kissinger deja expresada con claridad la tesis de que únicamente con los principios del presidente Wilson se puede ir a pocas partes. Si el objetivo del estadista que hace política exterior es una estabilidad basada en un equilibrio de poderes, seguramente Theodore Roosevelt estuvo más acertado. Para toda acción política, la experiencia y la lucidez han de calibrar hasta qué punto el estadista debe asumir unos principios o no ignorar las otras realidades: es el movimiento pendular entre la utopía de los principios wilsonianos y las necesarias contaminaciones de la Realpolitik. Es un hecho que, después de tanta inestabilidad que la historia genera en el territorio europeo, Kissinger opta más bien por los viejos principios de la razón de Estado y casi transforma el Congreso de Viena en una imagen del Edén. Pla también tuvo que entender con cierta celeridad que la Cruz Roja sería la mejor candidatura si la bondad tuviera que gobernar el mundo.

En la terraza del Romanisches Kaffee de Berlín, en 1922, Pla conoció al escritor Fritz von Unruh, un aristócrata autor de un libro de éxito, Verdun. La cuestión permanente de las tertulias era la relación posbélica franco-alemana. Se decía, por ejemplo, que el alemán admira las cualidades pasivas del francés y el francés las cualidades activas del alemán. Pla cita a André Gide cuando dice que entre Alemania y Francia siempre habrá la dicotomía geometría-música, y a la vez pone como ejemplo la jardinería geométrico- francesa de Le Nôtre y la síntesis germánico-musical de Wagner. En el fondo, quizá “la cultura francesa es esencialmente sintética; la alemana es paralela y analítica”. En consecuencia, la forma general del pensamiento alemán es el positivismo y la francesa es el intelectualismo racionalista –lo cual, para Pla, equivale a irrealismo–. En cuanto a Fritz von Unruh, después de “la atrocidad y la inutilidad idiota de la guerra”, se dedicó a “pedirle cuentas a Dios” y fue uno de los teóricos de la escuela pictórica expresionista.

Pla razonaba que cuando Keynes demostró que el tratado de Versalles no era económicamente factible, los británicos entendieron sus argumentos, pero Francia defendió un statu quo. Era natural, pero está por demostrar –añade Pla– que fuese inteligente: “Los aspavientos que hacía Herriot ante el lenguaje belicoso de Mussolini eran de la misma índole que los aspavientos alemanes antes del 14 cuando algún francés hablaba de la revancha. Este contraste, que pudiera haberse negociado, está en el origen de la Segunda Guerra mundial”.

Pla, europeísta, en 1929 escribe un artículo hablando de “cosa cómicamente triste” cuando Aristide Briand propone los Estados Unidos de Europa. El hecho de que Briand sea el representante de la nación que “personifica como nadie el bloque de países que han ganado la guerra” y que “han hecho lo que han querido” le induce al sarcasmo. Cuando se evidencia la necesidad de revisar los tratados de posguerra, Pla piensa que la propuesta de Briand sólo corresponde a la idea fija de la diplomacia francesa que es “natural- mente la intangibilidad de los tratados”. Briand ha hecho pura propaganda y quien quiera que en Europa sepa “el valor que han tenido siempre los idealismos gratuitos” verá –por contraste– aumentar la lógica revisionista. Es decir: era un dato aparatoso que el país que más tratados militares había negociado en los últimos diez años fuese capaz de imponer un proyecto de los Estados Unidos de Europa. En nombre de la experiencia de la historia, Pla recela del idealismo wilsoniano y de la retórica francesa: al fin y al cabo, incluso quizá es mejor que prepondere la Realpolitik, sin ideas geniales “para asegurar la paz perpetua”. Conviene distinguir las dosis de hipocresía que contiene el “idealismo profesional”, como es el caso del pacto Kellog-Briand –EEUU-Francia– realizado de espaldas a la Sociedad de Naciones, causándole una herida grave, del mismo modo que Pla ve que la propuesta de los Estados Unidos de Europa puede rematar la Sociedad de Naciones.

La transformación traumática de la conciencia europea con el choque de la Gran Guerra –cuatro años y medio de destrucción, más de diez millones de muertos– no logró la paz para el soldado desconocido. En las capitales de las potencias, las multitudes habían aclamado a los jóvenes que marchaban al frente. Al finalizar la guerra mundial, el caos, una gripe devastadora, la guerra civil en Rusia y el galope de la inflación contrastan con el entusiasmo de aquellos voluntarios que en 1914 quisieron ir al combate antes de que los centros de reclutamiento estuvieran a punto. Entonces el presidente Wilson pudo ser visto como salvador de Europa. Esas ilusiones acostumbran a ser transitorias. Lo cierto es que para Josep Pla como para tantas otras conciencias ajenas al trance iluso, la Gran Guerra puso fin a una época de paz europea sin muchos precedentes. Como recuerda el historiador Norman Stone, todas las víctimas de conflictos del siglo después de 1815 hasta 1914 no sobrepasaban en número las pérdidas humanas en una jornada cualquiera de las grandes batallas de 1916. Por lo demás, con la revolución rusa de 1917 había comenzado la guerra civil europea.