POLÍTICA EXTERIOR  >   NÚMERO 131

La revolución silenciosa de la mujer japonesa

GEORGINA HIGUERAS
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De la ciega obediencia al hombre a impulsoras del cambio, las japonesas continúan su batalla por un espacio legal, político, económico y social recientemente conquistado, más allá de su papel secular como responsables de la transmisión de los valores tradicionales.

Liberación, emancipación, apertura. Antes de analizar los avances logrados por las japonesas en las últimas décadas es necesario rendir homenaje a mujeres como Shizuko Abe, una de los cientos de miles de víctimas de la bomba nuclear lanzada por Estados Unidos sobre Hiroshima el 6 de agosto de 1945. Aquella mañana, Shizuko tenía 18 años y se encontraba a 1,5 kilómetros del epicentro de una explosión que la lanzó a 10 metros de distancia y que, aunque no le arrancó la vida, dejó bien marcadas sus feroces huellas. Entrevisté a Shizuko en Hiroshima con ocasión del 60º aniversario del bombardeo atómico. Se había sometido a multitud de operaciones para mejorar su movilidad y su aspecto. Sus deformaciones seguían siendo impresionantes, pero lo auténticamente aterrador fue su testimonio. Y no tanto por lo ocurrido aquel trágico día, sino por el martirio que después le infligió una sociedad implacable con las mujeres, y especialmente su suegra, esa persona que frecuentemente la tradición japonesa transforma de víctima a verdugo.

Shizuko Abe, como tantas hibakusha (supervivientes de los bombardeos nucleares), había vivido durante décadas olvidada por su gobierno, despreciada por sus congéneres y maldecida por su suegra, que no había podido evitar que su hijo se empeñara, al volver de la guerra, en casarse con lo que quedaba de la novia que había dejado atrás al irse al frente. La hostilidad no desapareció con el nacimiento de los hijos. «Mi suegra siguió diciendo a mi marido que me abandonara, que se merecía una mujer completa. Yo viví por él, pero sufría tanto que mi…

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