POLÍTICA EXTERIOR  >   NÚMERO 125

Un rey árabe sin corona

WALEED SALEH
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Cuando estalló la Primera Guerra mundial, los países árabes llevaban siglos bajo el dominio del Imperio Otomano. El imperio había perdido a principios del siglo XX la mayor parte de sus colonias europeas y con el fin de consolidar su posición en otras zonas sometidas a su poder, intentó establecer alianzas con los grupos étnicos más numerosos del territorio. En aquellos años, los árabes fueron sus mejores aliados, pese a que vivían una especie de renacimiento cultural unido a una conciencia nacional que no estaba en concordancia con la identidad otomana.

El Imperio Otomano entró en la guerra en alianza con Alemania, en contra de Gran Bretaña y sus aliados. Los británicos evitaron promover planes que tuvieran como fin la liquidación del Imperio Otomano por miedo a que partes importantes de este imperio cayeran en manos de Rusia. Lo cierto es que los británicos comenzaron a apoyar a líderes y corrientes que se oponían a las aspiraciones otomanas, tomando la ciudad de El Cairo como sede de sus actividades. Uno de sus logros más relevantes fue el establecimiento de relaciones fluidas con el jerife Hussein, príncipe de La Meca, que entonces contaba con una fuerza militar nada desdeñable y que podía desempeñar un papel dinámico en la guerra. La relación del jerife de La Meca con los otomanos era tensa debido a la política centralista que éstos seguían en sus colonias, y por el hecho de nombrar a Wahib Basha, valí de Hiyaz, concentrando en sus manos el poder civil y militar. La construcción de una vía férrea que conectaba Hiyaz con Damasco fue un motivo más de discordia. Los otomanos lo justificaron como un medio para facilitar la peregrinación. En cambio, el príncipe Hussein y los nacionalistas árabes lo vieron como una herramienta para la movilización rápida de las…

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