Vista general de la ciudad de Dresde destruida después de los ataques con bombas aliadas del 13 y14 de febrero de 1945/GETTY

75 años del infierno de Dresde

MARCOS SUÁREZ SIPMANN
 |  13 de febrero de 2020

Se cumplen 75 años del bombardeo de Dresde. La noche del 13 de febrero de 1945, martes de carnaval, aviones ingleses dejaron caer, en sucesivas oleadas que se prolongarían hasta el día 15 con apoyo de fuerzas estadounidenses, cerca de 4.000 toneladas de bombas explosivas y dispositivos incendiarios. Muchos de los aviadores participantes vivieron traumatizados al descubrir la magnitud de su acción.

La apocalíptica tormenta de fuego mató a más de 25.000 personas. En su mayoría civiles: mujeres, niños y ancianos. También a refugiados que huían del avance soviético. Es tan solo la estimación que pudo hacerse a partir de los montones de cadáveres calcinados y miembros mutilados. Más de 10.000 fueron enterrados en fosas comunes y otros tantos incinerados en improvisadas piras humanas en los días posteriores. La mayoría jamás pudo ser identificada. Otras víctimas se transformaron en ceniza.

A comienzos de 1945 los habitantes de la capital de Sajonia se sentían relativamente seguros. Sufrían el racionamiento, la marcha de los hombres al frente y la reorientación de su producción industrial a la guerra. Pero los bombardeos nunca habían llegado tan al este. Dresde está a 150 kilómetros de Praga y cerca de la frontera polaca. Solo había padecido dos pequeñas incursiones sobre sus reducidos suburbios industriales. Y el fin de la guerra parecía inminente. Pensaron que se respetaría su ciudad, joya de la cultura europea, y no construyeron refugios.

La conocida como Elbflorenz (Florencia del Elba) por su riqueza patrimonial y una de las grandes urbes germanas, había sido hasta principios del siglo XX abierta y cosmopolita, centro receptor de múltiples influencias en todos los campos, como la arquitectura y música. Un ambiente que llevó, por ejemplo, al escritor Stefan Zweig a ir a vivir allí desde Viena para trabajar con Richard Strauss en la famosa ópera de la ciudad. Todo cambió con la llegada al poder de Hitler en los años 30. Los nazis sabían que tenían que controlar la cultura y lo hicieron de forma eficaz. Se aplicó la censura y una opresiva vigilancia con detenciones arbitrarias. A los judíos, más que nadie: de los 6.000 que vivían en Dresde, en 1933 solo quedaban 170. El resto o consiguió emigrar a tiempo o había sido exterminado.

Los aliados sabían que era una base manufacturera y un nudo ferroviario clave para el ejército alemán. Al parecer los soviéticos les habían pedido en la Conferencia de Yalta concluida dos días antes que atacaran la ciudad. Sin embargo, cientos de bombarderos cargados de material incendiario no buscaban destruir líneas férreas o fábricas de armamento, sino causar el mayor daño posible. Machacar calles, plazas, mercados, el casco antiguo…

 

Dresde, objetivo prioritario

Dresde fue incluida en la lista de objetivos prioritarios. La ofensiva recibió el nombre de Operación Trueno. Las condiciones para atacar la histórica ciudad eran muy favorables para los fines anglosajones: buenas condiciones meteorológicas, escasez de refugios adecuados, un gran número de habitantes… Y la ausencia casi total de defensas, las armas antiaéreas, que debían manipular muchachos de 15 años, se habían trasladado al Frente Oriental.

La noche del bombardeo la ciudad estaba llena de refugiados huyendo del Ejército Rojo. Caballos, carretas, convoyes militares en las calles… Cuando sonaron las sirenas a las 21:39 horas, las bengalas llamadas ‘árboles de Navidad’, señalaron los blancos del bombardeo, que comenzó a las 22:13. Las bombas explosivas taladraron los edificios haciéndolos reventar desde el tejado hasta las plantas bajas. En el segundo ataque, a la 1:05 de la madrugada, las bombas incendiarias los cubrieron de sustancia inflamable y convirtieron la ciudad en una tea ardiente. Al mediodía siguiente y el 15, aparatos norteamericanos arrasaron lo que quedaba en pie.

Solo había barricadas de protección en los sótanos. Una trampa mortal donde la muerte se produjo por asfixia. En el exterior la acumulación de edificios ardiendo a lo largo de manzanas enteras, provocó un fenómeno consistente en la formación de fuertes corrientes de aire que atraen hacia las llamas todo lo que se encuentra a su alrededor. Un horno alimentado con un torbellino ígneo catapultado por el viento causado por el mismo bombardeo. Soplaba a más de 150 kilómetros por hora. Levantaba y sacudía los restos de los inmuebles. Tornados de fuego empujaban a las personas hacia los restos de las edificaciones convertidas en calderas. Mujeres y niños huyendo en las calles se convirtieron en antorchas humanas cuando sus ropas empezaban a arder o caían desplomados cuando los adoquines ardientes derretían las suelas de sus zapatos. Quienes creyeron estar a salvo refugiándose en tanques de agua, acabaron cocidos. Todo fue devorado por las llamas. El comandante británico al mando informó: “Dresde, ese lugar, ya no existe”.

El libro del británico Sinclair McKay, Dresde 1945, fuego y oscuridad, describe el desarrollo del horror. Recoge de forma rigurosa decenas de testimonios directos rescatados de los archivos entre otras fuentes. Relata asimismo cómo la vida siempre encuentra el camino para salir adelante. “La gente comenzó a moverse por impulsos, buscando a sus parientes y amigos entre los cuerpos… desorientada porque con todo destruido no había puntos de referencia”. Los relatos de los voluntarios demuestran una valentía heroica. El instinto de la gente fue en un primer momento ayudar, hacerse cargo de los menores abandonados y después restaurar cierto orden en el caos. De forma increíble y pese a todo, empezaron a organizarse de nuevo. “Esa noche pudo verse lo peor y lo mejor de la condición humana”.

De lo que apenas hay testimonios es del trauma que se produjo en los años posteriores, porque en aquel entonces la gente no hablaba de ese tipo de cosas. Los que lo presenciaron ¿se vieron acosados por pesadillas? El escritor americano de origen alemán Kurt Vonnegut fue preguntado sobre esto en los años 80. Respondió: “nunca, ni siquiera una vez, he tenido una pesadilla así. Quizá hay cosas tan horribles que ni siquiera entran en los sueños”. Vonnegut fue uno de los siete prisioneros de guerra estadounidenses que sobrevivieron a la destrucción de Dresde. Fue en el sótano de un matadero lo que inspiró su famosa novela antibelicista de 1969 Matadero Cinco. La obra fue de lectura obligada en las universidades norteamericanas durante la debacle de Vietnam.

La pavorosa operación, y en general los ataques aéreos contra ciudades alemanas – Dresde no fue el peor –, en el contexto del final de la guerra intentaron justificarse. Los ingleses planificaron el “bombardeo estratégico”, que llevaría a cabo su Fuerza Aérea (RAF): destrozar con bombarderos de largo alcance y gran capacidad de bombas la retaguardia enemiga. No solo sus fábricas y redes de transporte, sino sobre todo la moral de la población civil.

La justificación es cuando menos polémica. En todo caso es claro que el desánimo y el hartazgo de la guerra ya era patente entre la población, cada vez más consciente de que la capitulación era inevitable. Y tras el fracaso que supuso la Ofensiva de las Ardenas (16 de diciembre, 1944 – 7 de enero, 1945), la sensación de derrota tambien se había generalizado entre los militares. Los esfuerzos de los jerarcas nazis para levantar la moral de los soldados fueron vanos. Valgan como muestra las numerosas ejecuciones sumarias de combatientes acusados de derrotismo.

El economista John Kenneth Galbraith, investigó los efectos de los ‘bombardeos estratégicos’ al final de la contienda. Su análisis: “no ganaron la guerra, ni siquiera está claro que contribuyeran a acortarla”. Se ratificó en ello 50 años más tarde.

Los nazis no dudaron en bombardear ciudades desde el principio. A partir de 1943, cuando Hitler ya había perdido la supremacía aérea, las acometidas aéreas aliadas se multiplicaron. La primera en experimentar los denominados “bombardeos de terror” fue Hamburg con 45.000 muertos. Hacia el final de la contienda prácticamente todas las poblaciones germanas importantes se habían visto afectadas por estas ofensivas. Tan solo durante los meses que duró la guerra europea en 1945, los aliados lanzaron sobre el III Reich más del doble de explosivos (471.000 toneladas) que durante todo 1943.

Para hombres como el mariscal Arthur ‘Bomber’ Harris (a cargo de los ataques aéreos de la RAF en territorio alemán desde 1942 y conocido por sus hombres como “El Carnicero” el objetivo era provocar la devastación absoluta para terminar con el conflicto en pocos meses. Desmoralizar a los civiles y a los restos de las tropas alemanas.

Además, tanto el primer ministro Winston Churchill como Harris querían realizar una demostración de poderío. Era un mensaje no solo a Hitler sino a Stalin, cuyas tropas avanzaban imparables hacia el oeste. Según varias fuentes, al finalizar la contienda global la Unión Soviética trató de incluir los bombardeos contra civiles dentro de la lista de crímenes de guerra juzgados en Nürnberg. Gran Bretaña se opuso de forma categórica. Hubiera significado sentar en el banquillo a altos cargos de la RAF, entre ellos ‘El Carnicero’.

La prensa británica defendió en un primer momento el ataque basándose en los informes militares que señalaban Dresde como un objetivo bélico, mas la magnitud de la masacre consternó al propio Churchill. Llegó a enviar una carta a Harris, responsable de la operación, acusándole de haber participado en un acto terrorista. Preguntaba: “¿Acaso somos bestias?” y se cuestionaba “la forma que tienen los aliados de llevar a cabo sus bombardeos”. Quizá fuera sincero aunque asoma la hipocresía. El ‘premier’ estaba perfectamente informado de la planificación y resultado de los bombardeos. En sus memorias dedicó dos líneas a la destrucción de Dresde.

 

El ‘holocausto de las bombas’

Al terminar la guerra el régimen estalinista de la República Democrática Alemana (estado en el que quedó Dresde) convirtió el bombardeo en instrumento de propaganda antiimperialista y lo redujo a un eslogan: “El terrorismo de los bombardeos angloamericanos”. En la actualidad los neonazis aprovechan para hablar de “holocausto de las bombas”, en un intento de equipararlo con el verdadero Holocausto.

Y cada año con el aniversario se reabren falsos debates como el de si fue o no un cimen de guerra son juicios retrospectivos que no proceden. Tampoco se puede confundir la causa con la consecuencia.

Lo peor son las manipulaciones. Por mucho que se empeñe la extrema derecha alemana nunca podemos olvidar que la Alemania nazi provocó la guerra con sus millones de muertos y fue responsable del Holocausto. No pueden equipararse barbaries como la de Dresde con el genocidio. Ni compararse a los aliados con la tiranía criminal de los nazis. El Gobierno alemán y las autoridades de Dresde rechazan – siempre lo han hecho – todo intento de apropiación de sus víctimas por el nacionalismo y la extrema derecha.

Lo ocurrido en Dresde marcó – más que los límites – la radical indecencia de la “guerra total”. Un concepto utilizado con anterioridad por Goebbels, ministro nazi de Propaganda.

La reconstrucción fue muy lenta. El régimen comunista de la RDA tenía poco dinero. Poco a poco se edificaron casas porque Dresde perdió el 75% de las viviendas. Monumentos como el Palacio Zwinger y la Ópera siguieron en ruinas. Hoy se han reconstruido. Así como la Frauenkirche (Iglesia de Nuestra Señora), emblema de la ciudad. La compañía británica “Dresde Trust” contribuyó con más de un millón de euros de donativos. En décadas anteriores donativos alemanes habían llegado para Coventry. La ciudad, hermanada con Dresde desde 1959, había sufrido bombardeos masivos de los alemanes en 1940.

Dresde ha quedado en el subconsciente como paradigma de destrucción. Fue una atrocidad que escapa a lo racional. Sed de venganza, destrucción y masacre inútiles. Ha de permanecer como recuerdo del espanto que nunca debe volver a repetirse. Y, sobre todo, como símbolo de reconciliación y esperanza.

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