En marzo de 2021, el presidente egipcio Abdelfattah Al Sisi afirmó que la inauguración de la Nueva Capital Administrativa (NAC en sus siglas en inglés), un megaproyecto que pretende sustituir a la antigua metrópoli de El Cairo, marcaba el “nacimiento de una Nueva República”. Para el presidente, que dirige el país con mano férrea desde que liderase un golpe de Estado en 2013, el término “Nueva República” es un recurso retórico que refleja su voluntad de modernizar Egipto y dar comienzo a una nueva era en la que promete prosperidad, renovación y aviva el orgullo nacional.
Esta “Segunda República” se encuentra en proceso de formación. Por el momento, se está traduciendo en la reconstrucción de los espacios urbanos y las infraestructuras del país, así como en la modernización de sus Fuerzas Armadas, para lo cual el régimen ha recurrido principalmente a la financiación mediante préstamos e inversiones extranjeras por valor de miles de millones de dólares, procedentes tanto de países del Golfo –Emiratos Árabes Unidos o Arabia Saudí– como de instituciones financieras internacionales o de la Unión Europea. Por lo tanto, el intento de modernización aparentemente dinámico es mucho menos sostenible de lo que Al Sisi y su régimen sugieren insistentemente.
Asimismo, este proyecto está mostrando señales de alejamiento de trayectorias pasadas, en lo que podría describirse como un proceso de ruptura con elementos del orden sociopolítico anterior. Son frecuentes los análisis que presentan paralelismos entre el modo de gobernar de Al Sisi y el de anteriores presidentes egipcios, especialmente Gamal Abdel Nasser (1954-1970). Sin embargo, los parecidos se quedan en la superficie. La naturaleza del régimen que actualmente está en el poder, centralizado y respaldado por el ejército, con un hombre fuerte a la cabeza, podría representar más una ruptura con sus predecesores que una continuidad.
Esto se traduce…
