Las tendencias de transformación del orden liberal internacional que se edificó tras la Segunda Guerra Mundial marcan la prevalencia en el siglo XXI de un nuevo concepto de poder. Está basado en la lógica de la fuerza, el imperio, la ocupación y las zonas de influencia.

La hora de los depredadores
Giuliano da Empoli
Seix Barral, 2025
184 págs.
Las nuevas tecnologías alteran los equilibrios de poder, mutan su naturaleza, son en sí mismas una nueva forma de poder y han reconfigurado la subjetividad en la arena internacional: corporaciones tecnológicas adquieren rango de Estado nación.
En su libro La hora de los depredadores, Giuliano da Empoli traza un fresco de la trampa de Tucídides. Enfrenta el declive y la dejadez de la democracia occidental, el deterioro del multilateralismo y el desmantelamiento de un orden global basado en reglas a, por una parte, la emergencia de una autocracia populista extendida y, por otra, la insurgencia imperial del desafío político de la Inteligencia Artificial (IA). Es común la referencia al imperio de la IA en la carrera por la supremacía tecnológica donde se baten Estados y empresas (Karen Hao, Empire of AI, Penguin Press, 2025; Nick Srnicek, Silicon Empires, Polity Press, 2025; Kai-Fu Lee, AI Superpowers: China, Silicon Valley, and the New World Order, Harper Business, 2018).
Da Empoli, autor antes de El mago del Kremlin, convoca al lector con episodios vivenciales protagonizados por figuras del proscenio político-empresarial global. No son próceres. Son depredadores del sistema basado en normas y límites, demiurgos, les apoda el autor.
Los utiliza para presentar cómo su convergencia –unos en el espacio de la autocracia emergente, otros en el de la IA insurgente–, define un punto de inflexión: la eclosión del orden westfaliano, que se viene desdibujando tiempo atrás. Da Empoli refiere dos clases de depredadores: los dirigentes gubernamentales autócratas-autoritarios y los “señores” de las tecnológicas.
En cuanto a los primeros, entiende que el “ardor guerrero” –y su rentabilización política– es eslogan propio no solo de regímenes autoritarios in illo tempore, sino también de otros “alógenos”. Pasa revista a Trump, Bukele, Bolsonaro, Milei, Mohammed bin Salman… El recurso a la fuerza se ha tornado instrumento principal de la política exterior en un vaciamiento de la canónica diplomacia persuasiva: el ataque cuesta menos que la defensa. Subyace la idea de la guerra asimétrica y la amenaza híbrida. Las alusiones al destino de la democracia depositado en la “plataformización” política son expresas. Es un regreso de la realpolitik al dictado temerario de estos nuevos Borgia, como les retrata Da Empoli.
«Hay dos clases de depredadores: los dirigentes gubernamentales autócratas-autoritarios y los ‘señores’ de las tecnológicas»
Respecto de los segundos, su confluencia con los borgianos es estructural, ya indisimulada. El relato se centra en la IA y sus conquistadores. Tecnología maquiavélica, autoritaria, desregulada, opaca e incomprensible a lo Kafka, así se refleja en esta obra. Para Da Empoli, la IA no se puede entender en clave racional. Y tilda el predicamento de sus hacedores como mesiánico y kierkegaardiano.
Difiero con mucho de cuanto se expone sobre la IA. Orilla su vasto ecosistema de ciencia, innovación y prosperidad, o contribución a una democracia renovada. Con todo, no existe la política sin la tecnología, ni esta es apolítica.
Una reflexión que apunta esta crónica: los defensores de la libertad parecen profundamente inhábiles y a la intemperie para encarar la geopolítica del siglo XXI en esa entropía y expansión del caos. Creo que es tiempo idóneo para que reverbere la luz socrática del Gorgias: no hay buen poder sin justicia, como contrapeso a Calicles, que en ese diálogo de Platón defiende el carisma del autoritarismo del más fuerte.
La hora de los depredadores es un libro ideal para el lector interesado en una aproximación no rigorista al cambio geopolítico y tecnológico, que desenvuelva debates complejos en coordenadas casi binarias, pues es en esos límites extremos donde se puede disparar la conciencia situacional de la criticidad del cambio actual.

