Basado en la novela del mismo título, El mago del Kremlin, de Giuliano da Empoli (Seix Barral), el filme nos adentra desde la gran pantalla en el corazón del poder moscovita que trazó la estrategia que hizo posible que Rusia volviera a ser una potencia temida. El relato cinematográfico no solo describe un ascenso político, sino también la construcción de una narrativa nacional destinada a devolver orgullo e influencia a un país marcado por el colapso soviético. Para conseguir semejante metamorfosis hacían falta un visionario y un ejecutor.
Este thriller político –que, como apuntan varios críticos cinematográficos de la prensa anglosajona– tiene toques de comedia negra. Se basa en las maniobras de un visionario para acelerar el proceso de devolver a Rusia todo su esplendor y potencia militar, tras la extinta Unión Soviética y el turbulento período de la Federación Rusa. La película reconstruye ese ambiente de incertidumbre y decadencia que dominó los años noventa en Moscú, cuando el país buscaba desesperadamente una nueva identidad política y estratégica. El visionario en la película es un personaje ficticio, Vadim Baranov, interpretado por Paul Dano.
Baranov quiere un agente del KGB para que lidere y ejecute ese nuevo gran proyecto y se decide apostar por el joven espía Vladímir Putin, interpretado por Jude Law. The Times opina que Law es “perfecto como un petulante Putin”.
Una vez que los dos están de acuerdo, pactan sus agendas personales y trazan sus objetivos. Putin alcanza la presidencia con la garantía que le han ofrecido: ejercer el poder como él crea que debe hacerse.
El personaje de Vadim Baranov está inspirado en Vladislav Surkov, un empresario de éxito reconvertido en político e influyente ideólogo al que le gustaban tanto las intrigas que era conocido como “el cardenal” e incluso como el “Rasputín…



