La vida cotidiana en el Malecón de La Habana el 6 de noviembre de 2025. GETTY

Cuba, Estados Unidos y la agonía del castrismo

El castrismo encara su hora más difícil. Asfixiada por una crisis económica estructural y bajo una renovada presión de Estados Unidos, Cuba se adentra en una fase de incertidumbre donde la continuidad del régimen ya no parece garantizada.
José Hernández de Echevarría
 |  30 de abril de 2026

Dentro de las relaciones internacionales, uno de los conflictos más longevos y enconados de la historia reciente es el que afecta a los Estados Unidos y Cuba. Desde el triunfo del régimen de Fidel Castro en 1959, ambos vecinos han atravesado profundas crisis, al tiempo que Estados Unidos observaba la consolidación del comunismo en la isla caribeña y la presencia soviética a escasos kilómetros de sus costas. A este escenario se ha sumado durante décadas la política de sanciones y embargo económico impuesta por Washington, configurando un elemento estructural del conflicto bilateral. Tras casi siete décadas de enfrentamientos, el conflicto ha vuelto a acaparar la atención internacional. La llegada de Donald Trump a la presidencia y el nombramiento del cubanoamericano Marco Rubio en la Secretaría de Estado han aumentado la presión sobre el régimen castrista. Con la captura de Nicolás Maduro, Cuba no solo sufrió la caída de su aliado más cercano, sino la pérdida del acceso preferencial al petróleo venezolano, lo cual ha tenido un impacto directo en la generación de energía en la isla.

Actualmente, el colapso del sistema energético cubano es generalizado, golpeando a una economía que nunca se recuperó de los efectos de la pandemia y que encadena años de decrecimiento. Todo ello se encuentra agravado en un panorama de dolarización parcial, inflación y escasez de divisas, al que también contribuyen las restricciones derivadas del embargo en el acceso a financiación y comercio internacional. Pero, además de las valoraciones del contexto económico y energético cubano, este país se encuentra en un histórico punto de inflexión. Su modelo autoritario se enfrenta en este 2026, coincidiendo con los 100 años del nacimiento de su fundador, a la prueba más severa en décadas. Y lo hace con un pueblo exhausto, mermado por el éxodo de millones de cubanos en los últimos cinco años, y con un liderazgo desgastado que insiste en la retórica de la “resistencia” sin ofrecer alternativas viables para solucionar la crisis nacional.

Debemos añadir en este último aspecto que el régimen cubano, en su prepotencia y desconexión, niega cualquier cambio democrático en el país. De esa épica Revolución de 1959, que en su momento despertó los sueños de justicia social y progreso económico de un país y de todo un continente, ya no queda absolutamente nada. Además de una élite dirigente anclada en el pasado y un relato corroído, solo persiste una dictadura que ha evolucionado con el paso de las décadas para perpetuarse en el poder a cualquier costo. La nueva generación de dirigentes cubanos insiste en la inmovilidad del castrismo sin los Castro. A la sostenida crisis económica, a la escasez total de productos, al hartazgo y a la desesperanza social, vino a poner el puntillazo final la pandemia de la Covid-19, con una caída masiva del turismo y de las remesas.

El gobierno de Miguel Díaz-Canel recurre a esta resistencia numantina, invocando la defensa de la soberanía nacional mientras reprime cualquier disidencia política y niega el desarrollo de reformas políticas tangibles. Pero a nivel social, la población está al límite. Más allá de la propaganda oficial y las movilizaciones militares, el descontento se hace palpable en las calles cubanas, que dibujan un escenario dramático. Dentro de la isla, el castrismo hace mucho tiempo que perdió el relato y, fuera, salvo algunos nostálgicos de la “Revolución”, cada vez son más las voces críticas con el régimen y con sus violaciones a los derechos humanos.

Dentro de esta incertidumbre dominante, se visualizan algunos escenarios para los próximos meses. Previamente, resultaría oportuno realizar dos observaciones. En primer lugar, el desarrollo de estos escenarios estará condicionado a la finalización de las acciones militares de Estados Unidos contra Irán, lo cual desplazará la atención de Donald Trump hacia su vecino caribeño. Trump, con sus formas características, no se ha escondido al afirmar que Cuba es el siguiente objetivo de su agenda después de neutralizar a Nicolás Maduro y Alí Jameneí.

En segundo lugar, se debe señalar la premisa de que el régimen cubano no responde a un diseño similar al venezolano. En Cuba, el poder es mucho más opaco y gravita en torno al núcleo histórico del castrismo y a una élite militar-empresarial poco visible, que controla los resortes económicos y de seguridad del Estado. No se trata de un liderazgo individual e indiscutido como en tiempos de Fidel o Raúl Castro, sino de una estructura cerrada, difícil de desarticular mediante la simple remoción de una figura. A esto se le añade que, después de 67 años de dictadura, dentro de la isla existe una nimia sociedad civil y una cultura política democrática totalmente por articular si se plantea un proceso de transición democrática. Sin descartar la capacidad de resiliencia del castrismo, resulta evidente el agotamiento de su modelo político y económico.

Pero, de cara a los próximos meses, a partir de lo descrito con anterioridad, la incógnita sobre la evolución de los acontecimientos en Cuba dependerá en última instancia de tres factores: la presión externa de Estados Unidos, la voluntad evolutiva del régimen y la respuesta de la sociedad cubana.

Todo ello vislumbra al menos tres escenarios generales. Uno de estos sería la continuidad del castrismo. El régimen aumentaría la represión, mantendría en una movilización constante a sus disminuidas bases e intentaría ganar tiempo bajo la certeza de que Trump, como mucho, durará hasta 2028. Aquí resultaría un factor interesante la propia existencia de Raúl Castro como figura de poder real y cohesión dentro de la cúpula del régimen. El general cumplirá 95 años en junio, por lo que su muerte constituye una importante variable a incluir en estos análisis y que no puede ser obviada.

En un segundo lugar se encuentra un escenario de implicación directa de los Estados Unidos, muy similar a Venezuela. Esto podría incluir una agresión militar directa que podría derivar en la captura de Miguel Díaz-Canel o su sustitución por una figura del Partido Comunista dispuesta a asumir un rol genuinamente reformador para estabilizar el sistema, responder a los intereses de Estados Unidos e iniciar unos cambios políticos más tangibles. Por la propia naturaleza del autoritarismo cubano, este escenario rompería con la trayectoria del régimen cubano y sus principales figuras, que han realizado un reiterado alarde de inmolación por la “Revolución”. En este punto, debemos comentar que sería clave el papel que puede desarrollar la influyente comunidad cubana de Florida y su implicación en estas reformas.

Un tercer escenario sería el aumento descontrolado de las protestas en la isla, con movilizaciones masivas que harían caer al régimen o, al menos, provocar un cambio interno que arrastre a buena parte de la actual cúpula comunista. Sin embargo, en las actuales circunstancias, no resulta un escenario tan probable. Debemos señalar el hecho de que, si algo ha cuidado la dictadura cubana, ha sido la cohesión de su aparato represivo y militar, optimizado tras las protestas del 11 de julio de 2021. Un levantamiento de este estilo parece descartable dadas las circunstancias actuales.

Fuera de este análisis, existe la sensación de que el escenario político cubano se encuentra bloqueado, con poco margen para movimientos o estrategias. La crisis nacional es claramente multifacética y, para muchos cubanos, la caída del castrismo, más que una necesidad política, representa algo ya existencial, ante el declive de Cuba como nación. El régimen continuará evaluando opciones de supervivencia que dependerán, en mayor o menor medida, de la efectividad de las presiones desde Estados Unidos o de que pueda desbordarse la contención del descontento interno. Resulta previsible que al régimen se le hará más difícil continuar maquillando la desesperada realidad que sufre el país. Continuar con la negación de un cambio democrático en Cuba no solo es insostenible, sino que sería suicida. Y el pueblo cubano, al parecer, no quiere suicidarse.

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