El cierre del estrecho de Ormuz es solo el más reciente de una serie de grandes shocks de oferta que la economía mundial ha experimentado desde 2020. Sin embargo, en cada ocasión, la escasez resultante parece tomar por sorpresa a los responsables políticos. Desde los equipos de protección personal al inicio de la pandemia de COVID-19 hasta los fertilizantes y el azufre en la actualidad, los principales cuellos de botella y las complejas interdependencias de las cadenas de suministro que provocan estas carencias siguen siendo poco comprendidos, y a menudo solo se hacen visibles cuando las crisis ya están en marcha.
Las consecuencias posteriores de la crisis actual aún no se han materializado y pueden tardar meses en sentirse plenamente. Sin azufre no hay ácido sulfúrico, lo que a su vez amenaza la producción de cobre en Chile. Mientras tanto, el aumento de los precios de los fertilizantes probablemente afectará al suministro de alimentos y elevará los precios al consumidor a finales de este año, afectando de manera desproporcionada a las economías dependientes de las importaciones.
Esto plantea una cuestión crítica: ¿qué otros cuellos de botella y escaseces surgirán en los próximos años? Cabría esperar que los gobiernos mejoraran la supervisión de las vulnerabilidades de las cadenas de suministro, pero pese a las repetidas interrupciones, los avances en la cartografía de estas redes y en la construcción de resiliencia han sido limitados. Como resultado, la economía global está condenada a volver a verse desprevenida.
Es cierto que se han producido algunos avances desde la pandemia. La base de datos de comercio en valor añadido de la OCDE, por ejemplo, proporciona información útil sobre los flujos de componentes, bienes y servicios, arrojando luz sobre la estructura oculta de las redes de producción global. Pero sigue siendo un complemento de las estadísticas comerciales tradicionales, ofreciendo datos agregados que solo llegan hasta 2022 y que, por tanto, capturan solo una pequeña parte de un panorama en rápida evolución. La visibilidad en tiempo real sigue estando fuera del alcance de la mayoría de los gobiernos.
Otras iniciativas, como el Observatory of Economic Complexity, ofrecen datos más detallados, incluso a nivel de empresas individuales. Algunas vulnerabilidades ya son bien conocidas. En particular, Taiwán domina la producción de semiconductores avanzados a través de TSMC, que representa más del 90% del suministro global.
Aun así, los gobiernos deben hacer mucho más para identificar los puntos débiles de sus economías y afrontar esas vulnerabilidades de frente. Muchos insumos esenciales se producen en mercados altamente concentrados, a menudo en solo un puñado de países. Y dado que incluso los componentes simples o baratos pueden ser indispensables en etapas posteriores de la cadena de suministro, una perturbación aparentemente menor puede convertirse rápidamente en una gran crisis de abastecimiento que repercuta en toda la economía mundial.
Piénsese, por ejemplo, en la industria de la bicicleta: la mayoría de las bicicletas dependen de componentes fabricados por el productor japonés Shimano, que en los últimos años ha tenido dificultades para satisfacer la demanda. Del mismo modo, las cadenas de suministro del sector automotriz están dominadas por proveedores especializados, y una o dos empresas suelen concentrar la mayor parte de la producción del sector. Aunque estas dependencias son bien conocidas dentro de estas industrias, los responsables políticos rara vez siguen la prensa especializada, donde los problemas suelen aparecer primero.
Dado que aproximadamente dos tercios del comercio mundial de bienes manufacturados consisten en componentes intermedios en lugar de productos terminados, esto dista mucho de ser una preocupación marginal. La globalización ha creado cadenas de suministro vastas e intrincadas que impulsaron el crecimiento económico mientras profundizaban la interdependencia. Como observó Adam Smith en La riqueza de las naciones hace 250 años, la especialización impulsa la prosperidad. Pero también depende del tamaño del mercado: tiene poco sentido producir 1.000 alfileres al día en lugar de cien si la demanda de alfileres no crece.
Si bien la globalización ha ampliado los mercados más allá de las fronteras nacionales, muchos componentes especializados no tienen productores alternativos. Su mercado está, en última instancia, limitado por la demanda global del producto final, lo que deja poco margen para la diversificación del lado de la oferta y hace que los shocks repentinos sean más difíciles de absorber o compensar.
Lo que está en juego es enorme. Un retraso en la entrega de una bicicleta nueva es molesto, pero las interrupciones en los sistemas de alimentos y agua o en los suministros médicos tendrían consecuencias mucho más graves.
De manera alentadora, algunos responsables políticos han comenzado a identificar sectores estratégicamente importantes. La creciente incertidumbre geopolítica ha impulsado la inversión en capacidad manufacturera nacional, especialmente en la producción de semiconductores en Estados Unidos. Pero la persistencia de cuellos de botella en las cadenas de suministro subraya la necesidad de replantear la política industrial. En particular, los responsables políticos deberían adoptar una visión más amplia, incluyendo el refuerzo de las fortalezas existentes, en lugar de centrarse exclusivamente en tecnologías emergentes como la energía limpia y la inteligencia artificial.
Sin embargo, en la mayoría de los países, las vulnerabilidades de las cadenas de suministro siguen siendo en gran medida ignoradas en los debates políticos. Eso podría ser un error costoso. Dado que nuevas perturbaciones son prácticamente inevitables, los gobiernos deben ser capaces de actuar con rapidez para asegurar insumos vitales y contener riesgos emergentes. La resiliencia económica es ahora inseparable de la seguridad nacional. Los países que no logren construir una base productiva flexible y robusta lo aprenderán por las malas.
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