La salida de Emiratos Árabes Unidos de la OPEP y la OPEP+ tras casi seis décadas de pertenencia supone un duro golpe estructural para el cartel. La pérdida de su tercer mayor productor —capaz de bombear cerca de cinco millones de barriles diarios y con ambiciones de seguir aumentando esa capacidad— dificultará cada vez más la principal función del grupo: gestionar la oferta y estabilizar los precios del petróleo. A largo plazo, la libertad de Emiratos para producir sin restricciones, especialmente una vez reabierto el estrecho de Ormuz, probablemente ejercerá presión a la baja sobre los precios del crudo y aumentará la volatilidad del mercado.
Pero abandonar la OPEP es mucho más que un ajuste de política energética. Es la expresión más evidente hasta la fecha de la decisión emiratí de romper con el orden regional encabezado por Arabia Saudí. Sobre todo, refleja la apuesta de Abu Dabi por un futuro basado en una mayor alineación estratégica con Estados Unidos e Israel, así como en una integración más profunda en los mercados globales, por encima de la solidaridad del Golfo.
El momento elegido no es casual. Con el estrecho de Ormuz cerrado, los puertos iraníes sometidos a un bloqueo estadounidense y sin una resolución a la vista, todos los productores del Golfo afrontan ya importantes limitaciones. En este contexto, y como señaló el ministro de Energía Suhail Mohamed al-Mazrouei, la salida emiratí no afectará de manera significativa a los precios del petróleo a corto plazo, evitando así un impacto inmediato sobre la OPEP y, especialmente, sobre Arabia Saudí. Sin embargo, esta lectura implica reconocer de manera implícita que, en circunstancias normales de mercado, el movimiento habría sido mucho más disruptivo. También sugiere que Emiratos llevaba tiempo esperando el contexto político adecuado para anunciar una decisión probablemente tomada antes del inicio de la guerra.
Las implicaciones geopolíticas son profundas. Al abandonar la OPEP, considerada durante décadas una herramienta del poder saudí, Emiratos Árabes Unidos pone en cuestión el liderazgo de Riad al frente del principal cartel de materias primas del mundo.
Las relaciones entre ambos países ya venían deteriorándose mucho antes de la ruptura. En los últimos años, Emiratos ha firmado cerca de treinta acuerdos comerciales bilaterales al margen del marco del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG), reflejo de la creciente frustración de Abu Dabi ante lo que responsables emiratíes describen como la lentitud exasperante de los procesos de decisión del organismo. En respuesta, Arabia Saudí ha restringido las exportaciones emiratíes que no cumplen determinados requisitos laborales del CCG y ha presionado a multinacionales para trasladar sus sedes regionales a Riad como condición para acceder a contratos saudíes. Desde abril, esta exigencia se ha aplicado con mayor rigor, aunque se han concedido discretamente algunas excepciones.
Aunque es poco probable que se desmantele la densa red comercial y financiera que une a Emiratos y Arabia Saudí —sus economías siguen profundamente interconectadas—, la etapa de deferencia emiratí hacia Riad parece haber terminado. Abu Dabi ha dejado claro que no aceptará restricciones impulsadas desde el CCG que considera excesivamente limitantes, demasiado favorables a Arabia Saudí o ambas cosas a la vez.
Las implicaciones en materia de seguridad son igual de significativas. La guerra con Irán ha acelerado la consolidación de una arquitectura de seguridad trilateral entre Estados Unidos, Emiratos e Israel, cuyos cimientos ya habían sido establecidos por los Acuerdos de Abraham. Las autoridades emiratíes no ocultaron su descontento con la respuesta colectiva del CCG mientras el Golfo era golpeado por misiles y drones iraníes. Como consecuencia, Emiratos ha llegado a la conclusión de que sus verdaderos garantes de seguridad se encuentran en Washington y Jerusalén, y no en Riad. En este sentido, abandonar la OPEP constituye también un mensaje dirigido a Estados Unidos, Israel y los mercados globales: Abu Dabi pretende defender sus intereses a través de alianzas internacionales y no como socio subordinado dentro de un orden regional liderado por Arabia Saudí.
Las repercusiones de este giro ya empiezan a sentirse en toda la región. Debates antes impensables, como una eventual salida de la Liga Árabe o incluso del propio CCG, comienzan a surgir abiertamente en círculos políticos emiratíes. Aunque esto no implique una ruptura institucional inminente, sí indica que la primacía saudí —que ha marcado la diplomacia árabe durante medio siglo pese a las rivalidades y fragmentaciones regionales— ya no puede darse por sentada.
Dado que Arabia Saudí y Emiratos respaldan actualmente a facciones enfrentadas en Yemen, Sudán, Somalia, Siria y Libia, el deterioro de su relación probablemente alimentará aún más la inestabilidad en la periferia regional. El colapso de la coalición anti-hutí a finales de diciembre fue la manifestación más visible de esta creciente división, pero difícilmente será la última. A medida que disminuya la disposición de ambos países a cooperar, cada uno reforzará su apoyo a aliados y actores proxy, prolongando algunos de los conflictos más enquistados del mundo.
Para muchos responsables políticos occidentales, la salida emiratí de la OPEP podría interpretarse como una victoria clara: más petróleo, precios más bajos, un cartel debilitado y un socio del Golfo alineado firmemente con Washington. Aunque todo ello sea cierto, el movimiento también tiene costes. Un Emiratos más independiente estará menos ligado a Arabia Saudí, pero también más condicionado por otras potencias, incluido Estados Unidos.
Al mismo tiempo, una Arabia Saudí privada de su liderazgo regional asumido se verá presionada a reafirmar su influencia. Y con las dos mayores economías del Golfo dejando incluso de aparentar coordinación, los Estados más pequeños se verán obligados a diversificar alianzas y buscar nuevos patrocinadores. El riesgo de escalada, por tanto, aumentará.
Por disruptiva que pueda resultar la salida de Emiratos de la OPEP para los mercados energéticos, unos precios más bajos y una mayor volatilidad siguen siendo, en última instancia, manejables. Sin embargo, el deterioro de la arquitectura regional que ha mantenido unido al Golfo durante décadas podría abrir paso a un Oriente Próximo mucho más fragmentado. Lo que venga después será más fluido, más transaccional y mucho más difícil de prever.
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