Un agente del Servicio Federal de Protección (FSO) vigila la Plaza Roja ante un gran panel con la imagen de un desfile del Ejército soviético, en vísperas de las celebraciones del Día de la Victoria. 9 de mayo de 2026. GETTY

Los soldados de la guerra de Putin

Los drones han transformado la guerra en Ucrania, pero no han eliminado una de sus constantes más antiguas: la necesidad de efectivos para combatir. El conflicto ha reactivado un mercado internacional de mercenarios alimentado por el desgaste de ambos contendientes.
Luis Esteban G. Manrique
 |  9 de junio de 2026

“Lo que nos atormenta no son los muertos, sino los vacíos que nos dejan sus secretos”. Nicolas Abraham, Notes sur le fantôme (1975)

 

Ante la amenaza de ataques ucranianos, Moscú celebró el pasado 9 de mayo el Día de la Victoria en la Plaza Roja sin tanques, misiles ni otro equipamiento militar pesado. Vladimir Putin llegó incluso a recurrir a Donald Trump para que pidiera a Volodímir Zelenski que evitara cualquier acción contra el desfile.

Aunque Zelenski anunció una tregua temporal, ninguna de las partes respetó finalmente el alto el fuego de 72 horas. Días antes, helicópteros militares habían sobrevolado la capital rusa para interceptar drones similares a los que, el 2 de junio, alcanzaron una refinería en San Petersburgo pocas horas antes de que Putin inaugurara la versión rusa del Foro de Davos.

La guerra soviética contra la Alemania nazi duró, según la narrativa oficial rusa, 1.418 días. La invasión de Ucrania ya ha superado los 1.500. También rebasa la duración de la participación del Imperio ruso en la Primera Guerra Mundial. En un conflicto cada vez más estancado, la ausencia de avances significativos empieza a parecerse más a una derrota que a una victoria.

Putin, como Trump en Irán, creyó que podría doblegar a su adversario en cuestión de días. Sin embargo, Kiev heredó una parte sustancial de la industria militar soviética y ha sabido adaptarla para desarrollar armas relativamente baratas y eficaces. Gracias a ellas ha logrado contener al mayor ejército de Europa y, de paso, acelerar una profunda transformación de las tácticas, tecnologías y estrategias militares.

La demostración más espectacular llegó en junio de 2025, cuando 117 drones ucranianos ocultos en camiones destruyeron alrededor de una veintena de bombarderos estratégicos rusos Tu-95 y Tu-22M en una base aérea de Siberia.

 

Davids y Goliats

Cada uno a su manera, Kiev y Teherán han conseguido poner en aprietos a potencias muy superiores. Pero mientras Trump afirma ahora que le gustaría reunirse con el ayatolá Mojtaba Jamenei, Putin sabe que una fotografía junto a Zelenski podría costarle el poder y, quizá, algo más. La historia rusa ofrece precedentes inquietantes: la derrota de los Romanov en la Primera Guerra Mundial precipitó el colapso del régimen zarista, mientras que el fracaso soviético en Afganistán contribuyó a acelerar la desaparición de la URSS.

Si aceptara congelar la actual línea de frente, Putin apenas podría presentar como logro una estrecha franja territorial en el sur de Ucrania. Según estimaciones de la OTAN, Rusia sufre hoy unas 35.000 bajas mensuales, una cifra superior a su capacidad de reclutamiento, situada en torno a los 30.000 efectivos. Desde febrero de 2022, las pérdidas rusas –entre muertos y heridos– habrían alcanzado 1,4 millones de personas, cerca del 3% de la población masculina en edad militar.

Por ahora, el Kremlin ha conseguido financiar la guerra y evitar una movilización general. Sin embargo, las tensiones son cada vez más visibles. Putin apenas aparece ya en público y pasa buena parte de su tiempo entre distintas instalaciones protegidas repartidas por el vasto territorio ruso.

En abril, por primera vez desde el verano de 2024, el ejército ruso perdió terreno, según el Institute for the Study of War. Ese mismo mes, ataques ucranianos obligaron a cerrar temporalmente los cuatro aeropuertos internacionales de Moscú. En mayo, centenares de drones alcanzaron la región de la capital en una sola noche. Mientras tanto, en la Duma, el veterano líder comunista Valeri Ziugánov advirtió que en otoño “nos espera una repetición de 1917”.

Reuters estima que los ataques contra infraestructuras energéticas han reducido significativamente las exportaciones rusas de crudo. Paralelamente, Ucrania ha logrado llevar a cabo operaciones de sabotaje y asesinatos selectivos en territorio ruso. En Russia in Public Affairs, son cada vez más frecuentes artículos que sostienen que el objetivo de eliminar un gobierno prooccidental en Kiev sin ocupar la totalidad de Ucrania fue siempre inalcanzable.

 

El nuevo dios de la guerra

En el frente del Donbás, una franja de terreno devastado de hasta veinte kilómetros separa posiciones que apenas se mueven. Cruzarla se ha convertido en una tarea extremadamente peligrosa.

Ser soldado de infantería nunca ha sido fácil. Pero los sensores, cámaras, satélites y sistemas de vigilancia actuales hacen casi imposible ocultarse, desplazarse y sobrevivir durante mucho tiempo. En Ucrania, muchos veteranos mantienen las ventanas cubiertas y las luces tenues incluso a cientos de kilómetros del frente.

Stalin llamaba a la artillería “el dios de la guerra”. Hoy ese título pertenece a los drones. Pocas semanas después de los atentados del 11 de septiembre, Estados Unidos comenzó a utilizar los Predator y Reaper contra Al Qaeda y los talibanes. Sin embargo, según Shashank Joshi, editor de Defensa de The Economist, el aparato que cambió definitivamente las reglas del juego fue el Bayraktar TB2 turco, cuya eficacia quedó demostrada en Libia, Siria y el Cáucaso.

En febrero de 2022, estos drones ayudaron a frenar el avance ruso sobre Kiev. Desde entonces han surgido modelos más pequeños, baratos, inteligentes y difíciles de detectar. Entre ellos destacan los FPV (First Person View), que permiten al operador observar el campo de batalla desde la perspectiva del aparato y atacar objetivos con gran precisión. Según diversas estimaciones, son responsables de la mayoría de las bajas rusas en el frente.

Las pérdidas ucranianas, sin embargo, también son enormes. Se calcula que uno de cada dieciséis ciudadanos ucranianos de entre 18 y 49 años ha muerto o resultado herido desde el inicio de la guerra.

 

Mercenarios para una guerra de desgaste

Hay algo que no ha cambiado en los campos de batalla: la presencia de combatientes extranjeros. Los mercenarios son casi tan antiguos como la guerra. Las primeras referencias se remontan al antiguo Egipto, donde, hacia el año 1500 a. C., Ramsés II empleó a miles de nubios, hititas y filisteos en sus campañas militares, recompensándolos con parte del botín.

A excepción de sus mandos superiores, los ejércitos cartagineses de Aníbal estaban integrados por mercenarios procedentes de toda la cuenca mediterránea. Entre los siglos XV y XVII, los lansquenetes alemanes y suizos se convirtieron en una de las fuerzas más temidas de Europa gracias a sus largas picas y disciplina, hasta que la evolución de la artillería acabó restándoles protagonismo.

Mucho más tarde, en la China de los señores de la guerra, mercenarios británicos y estadounidenses como Homer Lea, Philo Norton o Morris Cohen hicieron fortuna sirviendo a distintas facciones militares. En Irak y Afganistán reaparecieron bajo una nueva denominación: contratistas privados. La empresa más famosa fue Blackwater, fundada en 1997 por Erik Prince para prestar servicios de seguridad al Pentágono.

 

«En países que van de Cuba y Venezuela a Kenia, Nepal o India, redes de contratación ofrecen miles de dólares mensuales por enrolarse en uno u otro bando»

 

En 2004, cuatro de sus empleados fueron asesinados en Faluya y sus cuerpos colgados de un puente. El episodio desencadenó una de las batallas más sangrientas de la guerra de Irak, que costó la vida a más de un centenar de soldados de la coalición y a más de un millar de insurgentes iraquíes.

Los tiempos actuales resultan especialmente favorables para este tipo de combatientes. Entre 2021 y 2024, las guerras causaron unas 750.000 muertes directas en todo el mundo. Muchas más personas fallecieron a consecuencia de la hambruna, las epidemias y el colapso de servicios básicos provocado por los conflictos.

Según la Universidad de Uppsala, 2025 registró el mayor número de conflictos interestatales desde 1946. En este contexto, no sorprende que tanto Rusia como Ucrania hayan recurrido al reclutamiento internacional de “voluntarios”.

Desde Cuba y Venezuela hasta Kenia, Nepal o India, redes de contratación más o menos clandestinas ofrecen salarios que pueden alcanzar los 4.000 dólares mensuales a quienes estén dispuestos a combatir en uno u otro bando. Medios peruanos han documentado decenas de casos de personas que terminaron alistadas en el ejército ruso contra su voluntad. Algunos de los que consiguieron regresar describen procedimientos de captación difíciles de distinguir de la trata de personas.

 

Desplome demográfico

La guerra coincide con una crisis demográfica de largo recorrido. Durante los años noventa, la natalidad rusa se desplomó. La pandemia agravó aún más la situación, provocando alrededor de un millón de fallecimientos por encima de la mortalidad habitual.

Entre 1993 y 2007, la tasa de fertilidad cayó por debajo de 1,5 hijos por mujer, muy lejos del nivel de reemplazo generacional de 2,1. Hoy Rusia cuenta con unos 12,5 millones de habitantes de entre 30 y 34 años, pero apenas 6,5 millones entre los 20 y los 24. Si la tendencia continúa, el país podría perder cerca del 10% de su población antes de mediados de siglo.

En 2025, Rosstat, la agencia estatal de estadística, dejó de publicar determinados datos sobre natalidad y mortalidad. La medida dificulta calcular cuántos rusos mueren cada año por encima de los nacimientos y evaluar el impacto real de la guerra sobre la población.

La opacidad también rodea las cifras de bajas militares y el número de personas que abandonaron Rusia para evitar el reclutamiento. Muchos trabajadores procedentes de Asia Central, especialmente uzbecos y tayikos, han preferido emigrar a los países del Golfo o al Sudeste Asiático antes que asumir el riesgo de verse arrastrados al conflicto.

 

Las redes de la araña

Ucrania estima que más de 27.000 extranjeros combaten actualmente en las filas rusas. Las redes de reclutamiento utilizan métodos similares desde Nairobi hasta Hyderabad: anuncios de empleo que prometen trabajos en construcción, logística o seguridad. Una vez en territorio ruso, numerosos reclutas denuncian que se les retira la documentación y son enviados al frente tras apenas unos días o semanas de entrenamiento. El propio Narendra Modi trasladó personalmente sus quejas a Putin por la situación de ciudadanos indios atrapados en estos circuitos de reclutamiento.

Tras la muerte de decenas de peruanos y nepalíes en Ucrania, los gobiernos de Lima y Katmandú, entre otros, han recomendado o restringido los viajes de sus ciudadanos a Rusia. A comienzos de 2025, Moscú difundió discretamente una lista que excluía a nacionales de India, Kenia, Nepal, Perú, Cuba y Colombia de determinadas campañas de captación.

 

«Las redes de reclutamiento utilizan redes sociales, plataformas de videojuegos y canales de Telegram o VKontakte para localizar candidatos»

 

En Foreign Policy, Nosmot Gbadamosi relató el caso del keniata Clinton Nyapara Mogesa. En octubre de 2025, cuando su contrato laboral en Qatar estaba a punto de concluir, comunicó a su familia que había encontrado una oportunidad de trabajo en Rusia. Dos días después de llegar a Moscú llamó de nuevo para informar de que iba a recibir entrenamiento militar. Fue la última vez que sus familiares supieron de él. Meses después, la inteligencia militar ucraniana notificó a su hermano que había muerto en enero en una zona ocupada por Rusia.

Las redes de reclutamiento utilizan redes sociales, plataformas de videojuegos y canales de Telegram o VKontakte para localizar candidatos. En algunos casos han contado con la colaboración de funcionarios corruptos encargados de facilitar la salida de los reclutas.

En Camerún, Nigeria, Sudáfrica, Ghana, Tanzania, Uganda y Botsuana han aparecido investigaciones periodísticas sobre estructuras similares. En noviembre, Kiev afirmó haber identificado ciudadanos de al menos 36 países africanos combatiendo para Rusia.

En abril, el gobierno de Yaundé confirmó la muerte de varios ciudadanos cameruneses en Ucrania. Poco antes, Sudáfrica había colaborado con Moscú para facilitar el regreso de 17 nacionales que habían firmado contratos con unidades militares rusas. En Kenia, una nueva legislación prohíbe expresamente alistarse en fuerzas armadas extranjeras sin autorización previa del gobierno.

 

Colombianos en guerra

Colombia se ha convertido en uno de los principales mercados para los reclutadores militares. Tras décadas de conflicto interno, el país cuenta con miles de exmilitares y expolicías con experiencia de combate, una cualificación muy valorada en los conflictos contemporáneos. Un reportaje de El Colombiano identificó mercenarios colombianos en al menos 16 países, entre ellos México, Haití, Irak, Somalia, Libia, Nigeria y Ucrania. Según afirmó el ministro ruso de Exteriores, Serguéi Lavrov, unos 300 colombianos habían muerto ya en la guerra de Ucrania hasta finales de 2024.

Su familiaridad con armamento occidental y procedimientos de la OTAN los convierte en un recurso especialmente apreciado. A cambio, reciben salarios difíciles de igualar en Colombia, aunque las compensaciones prometidas a sus familias rara vez se materializan en las condiciones anunciadas. Con frecuencia, el cobro de seguros depende de la recuperación e identificación de los cuerpos, un proceso largo y costoso.

Algunos cárteles colombianos han enviado además a sus miembros a Ucrania para adquirir experiencia en el manejo de drones y otras tecnologías militares. Según Mario Ureña-Sánchez, investigador de la Universidad del Rosario, unos 3.000 colombianos han combatido en Ucrania para uno u otro bando, uno de los mayores contingentes extranjeros presentes en la guerra. El mismo experto calcula que al menos 10.000 exmilitares colombianos participan actualmente en conflictos exteriores o trabajan para empresas de seguridad y organizaciones criminales internacionales.

La transición a la vida civil resulta especialmente difícil para muchos de ellos. Las pensiones militares rondan los 400 dólares mensuales en un país que posee el segundo mayor ejército de América Latina, solo por detrás de Brasil. En diciembre, por iniciativa de Gustavo Petro, Colombia ratificó la convención de Naciones Unidas contra el mercenarismo. Rusia, por su parte, castiga formalmente esta actividad con penas de hasta quince años de prisión, aunque en junio de 2025 un tribunal condenó a 28 años de cárcel a un colombiano que había combatido en las filas ucranianas.

Los nuevos soldados contratados por el ejército ruso reciben alrededor de 2.400 euros mensuales, más del doble del salario medio ruso. Ucrania, por su parte, mantiene abiertas sus legiones internacionales y ofrece primas de combate de hasta 3.000 dólares al mes.

Pero exportar combatientes tiene costes que van mucho más allá de lo económico. Colombia suministra mano de obra militar a un mercado opaco en el que confluyen intereses geopolíticos, redes de reclutamiento irregulares y organizaciones criminales. La implicación de sus ciudadanos en violaciones de derechos humanos o crímenes de guerra constituye un riesgo permanente. El asesinato del presidente haitiano Jovenel Moïse en 2021, en el que participaron 26 exmilitares colombianos, sigue siendo el ejemplo más conocido.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *