POLÍTICA EXTERIOR  >   NÚMERO 232

Tecnología y poder

La inteligencia artificial y la computación cuántica se han convertido en activos estratégicos de primer orden. De las decisiones que se adopten hoy dependerá no solo la competitividad de las economías, sino también la calidad de las democracias y el equilibrio del orden internacional.
Carta a los lectores
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¿Cuál es el techo de la inteligencia artificial y la computación cuántica? ¿Cuáles son las implicaciones económicas, políticas y militares de quedarse fuera de la carrera por las tecnologías del siglo XXI? ¿Cuáles son los límites propios y ajenos de los pocos hombres y menos mujeres que la lideran?

Hay quien considera, como Darío Gil, el español que dirige el mayor programa científico de la administración Trump, que el principal peligro de Occidente es frenar la innovación y perder el liderazgo tecnológico frente a China. Hay quien reconoce su inquietud, como el catedrático Claudio Feijóo, por las consecuencias globales de una competición descarnada entre Pekín y Washington. Hay quien teme, como la filósofa Carissa Véliz, que la penetración de unas tecnologías diseñadas para la acumulación de capital y poder se lleve por delante nuestras democracias. Hay quien promueve, como la investigadora Gry Hasselbalch, una política tecnológica que sitúe la dignidad humana en el centro del desarrollo de la inteligencia artificial.

No hay respuestas definitivas para todas las preguntas que se plantean en este número. Pero sí asoman algunas certezas. El éxito de las sociedades occidentales dependerá de su capacidad para afrontar los desafíos de su tiempo sin dejarse arrastrar por los impulsos autoritarios del populismo ni por los cantos de sirena de nuestros adversarios. Las actuales divisiones políticas exigen más esfuerzos por tender puentes que por volarlos por los aires.

El desafío inmediato es atender cada una de las preocupaciones planteadas en este número sin caer en el pánico ni en el nihilismo, vigilar los riesgos aparejados a las nuevas tecnologías sin comprometer la prosperidad económica ni las libertades individuales y las instituciones democráticas que sustentan nuestras sociedades. De esta tarea depende, en buena medida, qué lugar ocupará Europa en el mundo que viene.

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