El 10 de junio, Narendra Modi se convirtió en el primer ministro elegido democráticamente que más tiempo ha ocupado el cargo de forma ininterrumpida en la historia de India, al superar los 4.398 días de mandato de Jawaharlal Nehru, el gran referente de la independencia del país tras las primeras elecciones generales. Aunque Nehru gobernó durante cinco años antes de esos comicios e Indira Gandhi acumuló más tiempo en el poder –aunque no de manera continuada–, Modi se sitúa ya, sin duda, junto a ambos como uno de los tres dirigentes más influyentes de la India independiente. Su legado, como el de ellos, marcará el rumbo del país.
Modi ha impulsado la transformación más profunda de India desde 1947. Bajo su liderazgo, el país ha experimentado un extraordinario proceso de modernización económica y fortalecimiento de la capacidad del Estado, pero también preocupantes retrocesos en la independencia de las instituciones y la integración de las minorías. Analizar este balance no es solo un ejercicio académico: permite comprender cómo afrontará India los desafíos del siglo XXI.
Su principal logro ha sido la creación de una infraestructura física y tecnológica de vanguardia que ha transformado la vida de más de 1.400 millones de personas. Antes de su llegada al poder en 2014, cientos de millones de indios permanecían al margen del sistema bancario formal. Dependían de mecanismos informales que favorecían la corrupción y las habituales “fugas” de fondos públicos a través de intermediarios.
A partir de una iniciativa impulsada por su predecesor, Manmohan Singh, Modi supervisó la implantación de un sistema que prescindía de las estructuras bancarias tradicionales y conectaba cuentas bancarias sin saldo mínimo (Jan Dhan Yojana), documentos de identidad biométricos (Aadhaar) y números de teléfono móvil. Esta denominada “trinidad JAM” dio lugar al Unified Payments Interface (UPI), un sistema público de pagos instantáneos que permite procesar transacciones en tiempo real y sin comisiones, tanto a pequeños vendedores ambulantes como a grandes empresas tecnológicas.
Más importante aún, este modelo facilitó la expansión del sistema de Transferencias Directas de Beneficios (Direct Benefit Transfer, DBT), mediante el cual las ayudas y subvenciones públicas se ingresan directamente en las cuentas bancarias de los beneficiarios. Desde su puesta en marcha en 2013, el DBT, junto con otros programas sociales, ha contribuido a sacar de la pobreza multidimensional a unos 250 millones de personas. Además, al eliminar intermediarios, ha reducido de forma considerable la corrupción en la distribución de ayudas públicas, aunque esta siga presente en otros ámbitos de la economía.
Las infraestructuras constituyen otro de los grandes legados de Modi. Durante décadas, unas deficientes redes logísticas frenaron el crecimiento económico del país. Su Gobierno abordó este problema con un sentido de urgencia casi bélico, destinando inversiones récord a autopistas, aeropuertos y líneas ferroviarias de alta velocidad. Los puertos se están modernizando y ampliando, la electrificación rural está prácticamente completada y más de 100 millones de hogares rurales disponen ahora de agua potable canalizada, cuando antes dependían de pozos comunitarios.
En política exterior, Modi ha seguido en parte la estela de Nehru al reivindicar a India como un actor autónomo y de peso en la escena internacional. En lugar de alinearse de forma automática con alguno de los grandes bloques geopolíticos, ha mantenido el tradicional compromiso indio con la autonomía estratégica y ha desarrollado la doctrina del “multialineamiento”.
Ello se ha traducido en un fortalecimiento de las relaciones con las monarquías del Golfo, en una mayor presencia como portavoz del Sur Global en los foros internacionales y en la negociación de acuerdos comerciales con la Unión Europea y el Reino Unido. Al mismo tiempo, India ha preservado su relación con Rusia –principal proveedor de material militar estratégico– sin renunciar a una estrecha asociación con Estados Unidos. El país sigue siendo uno de los pilares del Diálogo de Seguridad Cuadrilateral (Quad), junto con Australia, Japón y Estados Unidos, aunque la Administración de Donald Trump ha sembrado recientemente dudas sobre el compromiso estadounidense con este mecanismo y con la estrategia de contener la creciente influencia de China.
También ha cometido errores. India, por ejemplo, probablemente habría debido presentarse como un actor neutral y un posible mediador durante la guerra con Irán, en lugar de transmitir la impresión de alinearse con Estados Unidos e Israel. Aun así, durante la etapa de Modi, India ha consolidado su posición como uno de los polos independientes del nuevo orden internacional.
Sin embargo, su balance también suscita importantes críticas. La filosofía política que inspira a su Gobierno, el Hindutva, pretende cimentar la identidad nacional en la herencia cultural hindú, compartida por el 80% de la población. Para las minorías musulmana y cristiana, este proyecto –junto con la intolerancia ideológica del Bharatiya Janata Party (BJP)– ha alimentado una creciente sensación de marginación política y social.
Quienes advierten del deterioro del carácter pluralista de India señalan como ejemplo la Ley de Enmienda de la Ciudadanía de 2019, que introdujo la religión como criterio para acceder a la ciudadanía por parte de los refugiados, excluyendo expresamente a los musulmanes. La creciente influencia del nacionalismo hindú más radical, unida a la retórica del partido gobernante que estigmatiza a las minorías –especialmente a la comunidad musulmana–, ha reforzado esas preocupaciones.
Más ampliamente, el Gobierno de Modi ha sido acusado de debilitar o cooptar instituciones esenciales para la democracia, desde los grandes medios de comunicación hasta organismos independientes de supervisión, como la Comisión Electoral o la Comisión de Información, e incluso algunos sectores del poder judicial. Periodistas independientes, organizaciones de la sociedad civil y dirigentes de la oposición se enfrentan con frecuencia a investigaciones judiciales y fiscales impulsadas por organismos estatales. Diversos observatorios internacionales sobre la calidad democrática han alertado del progresivo estrechamiento del espacio cívico en India y han llegado a definir el país como una “autocracia electoral” o una “democracia iliberal”.
India también afronta importantes retos económicos. Es cierto que se trata de la gran economía que más crece del mundo y que tanto la industria manufacturera como el ecosistema de empresas tecnológicas están expandiéndose con rapidez. Sin embargo, ese dinamismo todavía no genera suficientes empleos de calidad en el sector formal para absorber a los millones de jóvenes que se incorporan cada año al mercado laboral.
Para algunos, Modi es el dirigente que rompió definitivamente con el inmovilismo y construyó un Estado más eficiente, más capaz y con mayor peso internacional, sustentado además en una renovada confianza en la identidad civilizatoria de India. Para otros, es el líder que ha erosionado las normas de la democracia liberal y el vigor del debate público que durante décadas caracterizaron al país.
Ambas interpretaciones contienen parte de verdad. Y ambas son consecuencia de un mismo fenómeno: la concentración del poder. Los mismos cambios que permitieron desarrollar infraestructuras, reforzar el sistema de prestaciones sociales y proyectar la influencia geopolítica de India hicieron también más vulnerables sus instituciones pluralistas y facilitaron la normalización de la intolerancia y la intimidación contra las minorías.
La India de Modi no ha sido ni un milagro económico incontestable ni un simple ejemplo de retroceso democrático. Es una potencia ambiciosa, cada vez más influyente, que está trazando un camino propio. El resto del mundo debe relacionarse con ella aceptando esa complejidad.
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