Por si quedara alguna duda sobre la importancia que Teherán concede a lo que se conoce desde hace años como el “eje de la resistencia” –es decir, los peones regionales que lleva tiempo empleando en Oriente Próximo y Oriente Medio–, basta para despejarla con atender a lo que ocurrió el pasado 7 de junio: por primera vez en décadas, Irán lanzó misiles desde su propio territorio contra Israel como respuesta a los ataques de las Fuerzas de Defensa Israelíes (FDI) contra objetivos de Hezbolá en Líbano. Es una clara señal de la capacidad y la voluntad del régimen iraní para preservar una de sus principales bazas de retorsión ante la amenaza que representan conjuntamente Israel y Estados Unidos para sus intereses.
La ecuación es bien conocida. Por un lado, Washington y Tel Aviv llevan prácticamente desde 1979 tratando de echar abajo al régimen iraní. La revolución islámica liderada entonces por el ayatolá Ruhollah Jomeini se convirtió en un quebradero de cabeza tanto para los demás países del Golfo como para las capitales occidentales, en la medida en que no solo había derribado al sah Reza Pahlevi, un sólido aliado estadounidense, sino que propugnaba un modelo político antioccidental y pretendía expandirlo a toda la región. Suponía, por tanto, un desafío a un statu quo diseñado desde Occidente para garantizar a toda costa su seguridad energética manteniendo bajo control una región, conviene tenerlo siempre presente, que concentra más de la mitad de todas las reservas probadas de petróleo y gas del planeta.
Con ese propósito compartido, Washington y Tel Aviv –aunque no siempre en sintonía– han ensayado desde entonces diferentes métodos, sin que ninguno de ellos haya logrado el objetivo buscado. Por parte estadounidense, su principal estrategia de acoso y derribo ha consistido en aplicar la “máxima presión”, aprobando sucesivas rondas de…



