Resulta paradójico que, según las estimaciones de la ONU, el «año de negociaciones» de Donald Trump se haya convertido en el periodo más mortífero para los civiles ucranianos desde el inicio de la invasión rusa a gran escala. En 2025 la cifra de muertos y heridos registró un repunte del 31% respecto a 2024 y, lejos de amainar, la tendencia este año no hace sino agravarse: en los seis primeros meses de 2026 los datos reflejan un aumento del 37% en víctimas mortales y heridos en comparación con el récord alcanzado en 2025. De hecho, junio de 2026 se ha consolidado como el mes más sangriento para la población civil de Ucrania desde abril de 2022.
Esta situación es una consecuencia directa de la pérdida de la dimensión humana en los procesos políticos internacionales. Durante las negociaciones, los estadounidenses han centrado su atención en los recursos minerales, las pretensiones territoriales rusas y los intereses geopolíticos, priorizando un enfoque meramente transaccional. Al abordar la suerte de los territorios ocupados, por ejemplo, daban la impresión de hablar de tierra vacía. No parecían tener en cuenta que todavía hay millones de ucranianos viviendo en ellos; ucranianos que, no obstante, se han visto privados de la posibilidad de proteger su libertad, su patrimonio, su vida y la de sus seres queridos. El Kremlin captó el mensaje de que los civiles no parecen interesar a nadie y eso ha otorgado a los rusos vía libre para actuar a su antojo.
Consecuentemente, Rusia ha intensificado sus ofensivas lanzando drones y misiles contra ciudades muy alejadas del frente. Mientras la cúpula militar estadounidense desplegaba la alfombra roja para Vladímir Putin, los proyectiles aterrorizaban sin tregua a la población ucraniana y destruían sistemáticamente las infraestructuras del país. Y en la base de datos de nuestra iniciativa «Tribunal para…



