El presidente de China, Xi Jinping (centro), el presidente de Estados Unidos, Donald Trump (izquierda), y Eric Trump (derecha) en su visita al Templo del Cielo, en Pekín, el 14 de mayo de 2026. GETTY

El mundo, en modo adolescente

El mundo ha entrado en ‘modo adolescente’, saltando de una crisis a otra, en una deriva peligrosa. Pues si entrar en ese modo no es malo en sí, hay que saber cómo salir de él.
Andrés Ortega
 |  8 de septiembre de 2026

El mundo entró hace un tiempo en modo adolescente. La geopolítica está en modo adolescente; Trump está en modo adolescente (Xi Jinping no); las gentes están en este modo. Quizás todos deberíamos aprender a entrar en él, pero también a salir, pues a ratos puede ser positivo, mas permanecer en ese modo resultará peligroso.

Manuel Cebrián, brillante tecnólogo multidimensional fallecido hace unos meses, propugnó las virtudes de este modo, aunque, consciente de los riesgos, pensaba en personas, o en movimientos políticos y sociales, no en instituciones como los Estados. Pero ahora es el mundo en su conjunto el que está en ese modo.

El concepto no es ajeno al de “deriva”, de Guy Debord, uno de los referentes situacionistas del Mayo del 68. Debord no habló del modo adolescente, pero en su Teoría de la deriva (1956 y luego en 1958 en el n.º 2 de Internationale Situationiste), la definió como un caminar sin rumbo por la ciudad y estar atento a todo lo que a uno le puede ocurrir en ese deambular. No es vagabundeo puro ni azar total. Para Debord, últimamente recuperado de la mano de Patrick Marcolini, la ciudad tiene un relieve psicogeográfico: corrientes, puntos fijos y remolinos que facilitan o dificultan el acceso a determinadas zonas. La deriva combina ese dejarse llevar con un conocimiento progresivo de esas variables. Si se añade un cierto malestar vital por carecer de rumbo, es una buena definición del modo adolescente.

Se corresponde también con esa idea del “flâneur”, que cultivaron Baudelaire, Rimbaud o, entre nosotros, el gran Ramón (Gómez de la Serna). Este, que sepamos, no utilizó el término, pero sí practicó su flaneurismo, como paseante. En esencia, Ramón era un flâneur que transformaba el paseo urbano en greguerías: pequeñas chispas de ingenio que capturaban lo insólito de lo cotidiano. La ciudad no era para él un fondo, sino un texto vivo que leer al deambular. Ahora es el mundo el que deambula por sí mismo.

El mundo, muchos de los que lo conducen, o creen conducirlo, y mucha gente de a pie, están en este modo. Saltan, saltamos, como paseando, a veces corriendo, de una crisis a otra, ora provocada por la naturaleza, ora por lo que hacen sin gran reflexión esos mismos poderosos dirigentes que incitan a ese modo de acumulación o sucesión rápida de crisis, ora por los saltos tecnológicos, provocados por empresas nada adolescentes (saben lo que hacen, aunque sea a veces como aprendices de brujo), o por movimientos sociales de flâneurs en masa, sin rumbo. A ello contribuye el sistema general mediático de lo instantáneo.

Donald Trump tiene un modo adolescente de conducir las crisis, cambiando constantemente de estrategia y de rumbo. Trump es un epifenómeno de adolescencia, consciente o inconsciente. Abre constantemente problemas que luego no sabe cómo resolver, generando otros nuevos; empieza movimientos, guerras, o se deja arrastrar. Lo hemos visto con Ucrania, Gaza o Irán, o en las relaciones con unos dirigentes chinos que tienen sus objetivos y caminos muy claros y saben aprovechar los vaivenes estadounidenses (y europeos).

Paradójicamente, cuando el mundo entra en modo adolescente, los adolescentes (de 16+) y jóvenes adultos, los que más usan las nuevas tecnologías, se muestran más inquietos ante ellas. Algunas encuestas en Occidente lo reflejan. La mayoría de los jóvenes se sienten más preocupados que entusiasmados por la IA (también los adultos). Entre quienes sí ven un impacto negativo, un tercio menciona la dependencia excesiva de la IA o la pérdida de pensamiento crítico y creatividad. Más que quienes mencionan (una cuarta parte) la pérdida de empleos.

Fue significativo el abucheo a Eric Schmidt, ex-CEO de Google, en la Universidad de Arizona hace unos meses, cuando en su discurso de la jornada de graduación dijo que la IA lo iba a transformar todo (“cada profesión, cada aula, cada hospital…”). Estos jóvenes en Occidente están en un estado de preocupación y viven cambios internos, biológicos, de los que no siempre son conscientes. Es lo que, a gran escala, le pasa al mundo. El modo adolescente ha destruido un orden mundial sin generar nuevas estructuras. El modo adolescente es un modo de desorden. Sus agentes no saben cómo salir de él.

No es que el mundo vaya a la deriva, sino que está en deriva. Es una condición actual. Con una psicogeografía que ha cambiado sus corrientes, puntos fijos y remolinos (aunque la geografía es terca). En parte –de ahí el malestar y la preocupación general– sabemos que nos pasa algo importante, pero no alcanzamos a saber lo que nos pasa, por parafrasear a Ortega y Gasset. Intuimos que nosotros y nuestra circunstancia estamos mutando, de la mano de tres vectores principales que interactúan entre sí: las transformaciones tecnológicas, la globalización y el auge de China y del llamado Sur Global. Hemos cambiado de mundo, pero demasiada gente, expertos incluidos, ha tardado demasiado en percatarse de ello, aunque finalmente lo ha percibido. Pero ante el proceso de cambios profundos que estamos viviendo, la gente, las instituciones, los dirigentes han entrado en ese modo adolescente. Lo que implica que, a su vez, se mueven en cambios constantes, no anticipados.

Para empezar, en nuestro entorno, Europa. Se lanzó hace un tiempo a ser gran potencia verde (con mucha tecnología china); ahora, ante los problemas para su industria y para muchas capas sociales, está optando por la Europa marrón, la de la industria militar (más bien, industrias militares nacionales) y la IA.

Quizás necesitemos que los adolescentes, con un espíritu crítico o al menos alerta, nos enseñen a despejarnos de este modo y a salir de él.

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