Cada vez que la frontera de Ceuta o Melilla se convierte en noticia, el debate público español recorre el mismo ciclo: sorpresa, gestión de urgencia, apelación a la cooperación con Rabat y, en cuestión de semanas, olvido. La crisis actual invita a romper ese ciclo, no porque sus dimensiones sean mayores que las de episodios anteriores, sino porque permite ver con nitidez lo que llevamos años prefiriendo ignorar: que no estamos ante una sucesión de incidentes aislados, sino ante la manifestación recurrente de una misma estrategia. Lo que mayo de 2021 anunció –y algunos advertimos entonces– la crisis presente lo confirma: Marruecos ha modificado su perspectiva sobre Ceuta y Melilla y ha decidido canalizar sus apetencias sobre ambas ciudades a través de un conflicto en la zona gris.
Conviene precisar qué significa eso, porque el concepto se ha banalizado. La zona gris no es una metáfora sobre relaciones bilaterales difíciles: es una categoría estratégica que designa el espacio intermedio entre la paz basada en la confianza mutua y la guerra abierta. Su rasgo definitorio es la combinación de fines maximalistas con medios blandos. Quien opera en la zona gris persigue objetivos que históricamente han exigido una ruptura de hostilidades –la anexión de un territorio ajeno, sin ir más lejos–, pero renuncia deliberadamente a cruzar los umbrales que activarían la respuesta ante un ataque militar. Pretende, en suma, alcanzar los fines de una guerra sin guerra. Marruecos encaja en ese esquema con una precisión incómoda: es el único Estado que desafía la integridad territorial española, mantiene una reivindicación explícita y sostenida sobre ambas ciudades y sus aguas, y puede permitirse operar con lo que la literatura denomina paciencia estratégica, convencido de que factores como la demografía juegan a su favor a largo plazo.
Dentro de ese repertorio, la presión migratoria ocupa un lugar central, y no por casualidad. Es el instrumento que mejor condensa las virtudes que la zona gris exige a sus herramientas. Permite la negación plausible: los flujos existen con independencia de la voluntad del régimen marroquí –la diferencia de renta en esa frontera es una de las más acusadas del mundo–, de modo que abrir o cerrar el grifo siempre puede presentarse como relajación administrativa, desbordamiento o incapacidad, nunca como agresión. Convierte en arma un ámbito que la Unión Europea ha configurado como espacio de cooperación retribuida, transformando al socio en gestor de una palanca de coerción financiada por el propio coaccionado. Y, sobre todo, coloca a la población civil en el epicentro del conflicto: instrumentaliza a los propios ciudadanos –y a los más vulnerables entre ellos– como estilete de una reivindicación territorial, jugando con su seguridad para tensar la del vecino.
La eficacia del instrumento contra una democracia como la española opera además en un segundo plano, menos visible que las imágenes de la valla. Cada crisis migratoria refuerza ante la opinión pública peninsular una visión problematizada de Ceuta y Melilla: dos ciudades que aparecen en el debate nacional únicamente asociadas a la conflictividad fronteriza. Esa reducción no es un daño colateral, sino un objetivo funcional de la estrategia. Un territorio percibido como problema es un territorio cuya defensa resulta progresivamente más difícil de justificar ante el electorado, y cuyo abandono paulatino puede acabar pareciendo una liberación antes que una pérdida.
«En la lógica de la zona gris, la cordialidad intermitente no contradice la hostilidad de fondo: la protege»
Sin embargo, el elemento que más ha distorsionado el análisis de las élites españolas es otro: la alternancia entre momentos de conflictividad y periodos de aparente sintonía. Cumbres bilaterales, declaraciones de amistad, cooperación antiterrorista eficaz, gestos de buena vecindad. La lectura dominante ha interpretado cada uno de esos momentos como el retorno a la normalidad y cada crisis como una anomalía pasajera. Es exactamente la lectura equivocada. En la lógica de la zona gris, la cordialidad intermitente no contradice la hostilidad de fondo: la protege. La premisa es evitar las represalias que generaría desafiar abierta y explícitamente la soberanía de la otra parte. Los gestos cooperativos son la envoltura que hace posible la estrategia: alimentan la ambigüedad, desactivan la respuesta del adversario, fragmentan la percepción de que hay un patrón y compran tiempo para que la erosión gradual siga operando. No hay contradicción entre estrechar la mano en una cumbre y asfixiar simultáneamente el comercio fronterizo; hay división del trabajo.
Pero esa pauta solo se hace visible cuando se lee en conjunto. Tomadas una a una, cada medida adoptada durante la última década admite una explicación inocente: soberanía aduanera, lucha contra el contrabando, reorganización administrativa, incidentes no deseados. Es un rasgo de diseño, no un accidente. La acumulación de indicios dibuja, en cambio, una secuencia coherente de degradación deliberada de las condiciones de vida en ambas ciudades, ejecutada con gradualismo e intensidad calibrada para no franquear nunca el umbral de la respuesta. La configuración del entorno, en la terminología del conflicto en zona gris: crear pacientemente las condiciones que permitan, llegado el momento oportuno, ejercer una coerción mayor.
España ha preferido, durante todo este periodo, ignorar esa verdad incómoda. Hemos prestado atención selectiva a los elementos que denotaban buena sintonía y hemos apartado la vista de los que reflejaban el despliegue de la estrategia. Las razones son comprensibles y forman parte, precisamente, de las vulnerabilidades que Rabat explota: el escaso peso demográfico y político de ambas ciudades en la agenda nacional, el desinterés de una opinión pública absorbida por otros problemas, la dependencia de la cooperación marroquí en materia migratoria y antiterrorista, y la ausencia de cobertura explícita del artículo 5 de la OTAN, que introduce una duda permanente sobre el respaldo aliado en el peor escenario. El resultado ha sido una política reactiva, concebida crisis a crisis, que ha administrado síntomas mientras la enfermedad avanzaba.
La crisis actual ha tenido, al menos, una virtud: la pérdida –quizá definitiva– de la inocencia respecto a Marruecos. Ya no es sostenible ante la ciudadanía la tesis del socio esencialmente cooperativo. Pero un estado de opinión no es una política, y aquí reside el riesgo de los próximos meses. Las estrategias en zona gris prosperan sobre un cálculo muy simple de sus impulsores: la convicción de que no pagarán precio alguno, ni por el éxito ni por el fracaso. Cada acción que queda sin respuesta valida ese cálculo y ensancha el margen de la siguiente. La disuasión no es aquí una opción entre otras, sino la única variable que el adversario incorpora realmente a su ecuación.
«La paciencia estratégica del rival solo puede contestarse con una combinación de paciencia equivalente y disuasión creíble»
De ello se derivan dos exigencias inmediatas e inseparables. La primera, revertir la degradación de la vida social y económica de Ceuta –y, por extensión, de Melilla– con una política de Estado sostenida: no como gesto compensatorio tras cada crisis, sino como negación deliberada del objetivo central de la estrategia marroquí, que es hacer inviable la españolidad de ambas ciudades. Mientras la asfixia progrese, el régimen gana sin necesidad de hacer nada más. La segunda, adoptar represalias de calado contra Marruecos, capaces de alterar su estructura de incentivos en los ámbitos donde es sensible: el económico, el diplomático, el europeo. No se trata de escalar hacia la confrontación abierta –eso sería asumir el terreno que la zona gris precisamente evita–, sino de demostrar que la ambigüedad ha dejado de proporcionar impunidad y que cada movimiento tendrá un coste identificable.
Si España no lo hace, la conclusión que se extraerá es inequívoca: se ha abierto una ventana de oportunidad que conviene aprovechar en el corto plazo. La modernización militar marroquí de los últimos años –orientada hacia Argelia, pero perfectamente reutilizable como blindaje de una zona gris frente a España– apunta a que esa lectura ya se está preparando: unas capacidades crecientes de negación y control de la escalada reducen el riesgo de avanzar de manera más explícita en la absorción de ambos territorios. La paciencia estratégica del rival solo puede contestarse con una combinación de paciencia equivalente y disuasión creíble. España no puede impedir que Marruecos mantenga sus aspiraciones territoriales, pero sí puede modificar el cálculo sobre los medios empleados para perseguirlas. La cuestión ya no es si volverá a producirse otra crisis, sino qué conclusión extraerá Rabat de la respuesta española. En la zona gris, la ausencia de reacción también comunica una decisión.
