Europa, sola en el mundo
Autor: Arancha González Laya
Editorial: Arpa
Fecha: 2026
Páginas: 240

Europa, sola en el mundo

La exministra de Exteriores no escribe un réquiem por Occidente, sino un manual de supervivencia para Europa cuando más lo necesita.
Antonio García Maldonado
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“Occidente ha muerto. Europa está sola”. En las primeras páginas ya encontramos una de las virtudes de este libro, que es su claridad. Tanto en la forma de explicar sus ideas, como en la rotundidad de sus tesis. Pero no son disparos al aire o afirmaciones epatantes. Porque otro de los elogios que cabe hacerle a Solos en el mundo es su afán pedagógico, su interés en remontarse a los orígenes de los distintos contextos actuales, de ahí el peso que tiene la historia contemporánea en estas páginas.

Este es un libro sobre Europa y su papel en un mundo cuyas reglas multilaterales –que la propia autora ayudó a forjar en muchos casos– se han debilitado. Habla de España en la medida en que lo hace de una Unión Europea (UE) que busca su sitio entre el repliegue estadounidense, el belicismo ruso y la asertividad china. Pero es un libro que podría leer con el mismo interés un lituano, un francés o un polaco. Y hay aquí coherencia: si defendemos la integración europea para competir y prosperar en un mundo que parece renegar de su aspiración kantiana, si de alguna forma se aspira a un demos europeo que dé contenido a unas instituciones comunitarias que han de ser más fuertes y operativas, qué mejor manera que escribir un libro para el lector europeo. 

Varias ideas fuerza recorren los distintos capítulos. De fondo, la idea de que “depender de otro, por cercano que sea, implica un riesgo estructural”, algo que obliga a la UE a actuar en distintos frentes, con una mirada abarcadora. Porque “en este siglo distópico, el futuro no se decide donde brillan los satélites, sino donde se siembra el grano, donde se extrae el litio y las tierras raras y donde se negocia una barra de pan con una bandera extranjera”. Tan importante es el ciberespacio y el espacio como el comercio o la defensa dura. Porque el fin de Occidente es “el fin de una comodidad histórica, el momento en el que Europa descubre que para seguir siendo relevante debe aprender a sostenerse por sí misma”. Un momento gatopardiano.

 

«El fin de Occidente es el momento en el que Europa descubre que para seguir siendo relevante debe aprender a sostenerse por sí misma»

 

Los procesos históricos son largos y las fuerzas que lo impulsan se nutren de muchos acontecimientos que, observados por separado, parecen menos trascendentales. González Laya cuenta cómo muchos de ellos convergieron en 2008, año de inicio de la Gran Recesión, y año que “inauguró el siglo XXI, el económico y también el geopolítico”. Fue, también, el año en el que los Estados Unidos de Obama viraron hacia Asia, en el que Rusia invadió Georgia, y en el que China cambió de actitud hacia el mundo tras la puesta en escena de la inauguración de los Juegos Olímpicos. Han sido casi dos décadas en las que la UE se ha quedado atrás en muchos sectores punteros, y que obligan ahora a redoblar esfuerzos, como nos han recordado los informes Draghi y Letta, para alcanzar la autonomía estratégica.

Entre esos retos, el de mejorar las capacidades defensivas. Hay que coordinar mejor las que ya tienen los Estados miembros, pero no hay que engañarse: hay que invertir más, no solo mejor, con el objetivo de no perjudicar los bienes públicos que dan sentido y valor al modelo europeo. Europa tiene, sobre todo, una “dificultad psicológica para asumir que la fuerza sigue siendo condición de la paz”. Y hay que velar por la salud de nuestras libertades regulando la manipulación algorítmica que llega del otro lado del Atlántico a través de unas megacorporaciones que ponen en jaque la noción de poder democrático. Más aún con la irrupción y despliegue de la IA como herramienta geopolítica. Porque “sin regulación solo habrá abismo”.

La tarea es compleja, pero González Laya propone algunos ejes innegociables. En sus palabras, la UE necesita hacia dentro “menos fetichismo institucional, menos procesos y más resultados”, y, hacia fuera, “no vacilar ante Rusia, reducir dependencias estratégicas de Estados Unidos en materia de defensa y no caer en brazos de China. Esta es la cuadratura del círculo europeo. Como un funambulista en la cuerda floja, así debe navegar Europa el futuro”.