En enero, el primer ministro canadiense, Mark Carney, instó a las potencias medias a reconocer lo que denominó una “ruptura” geopolítica, dejar de acomodarse individualmente a las exigencias de las dos grandes potencias rivales y unir fuerzas para “crear una tercera vía con impacto”. Esta vía, sugirió, podría articularse mediante coaliciones cuya profundidad reflejara los valores compartidos por sus integrantes. Debería incluir tanto inversiones conjuntas para reforzar su resiliencia como esfuerzos por construir un orden internacional “mejor, más sólido y más justo”.
Nueve meses después, algunas potencias medias parecen realmente dispuestas a explorar nuevas formas de cooperación. Pero lo que están construyendo tiene poco que ver con la “tercera vía con impacto” que imaginaba Carney. Las medidas adoptadas por sus dirigentes y las posiciones expresadas desde enero apuntan a un consenso emergente entre las potencias medias en torno a los componentes menos ambiciosos de la propuesta del primer ministro canadiense: cooperar para alcanzar objetivos más limitados, mediante fórmulas de colaboración más restringidas y en ámbitos en los que las grandes potencias están dispuestas a ceder espacio. Los nuevos datos de opinión pública también indican que buena parte de la población del Sur Global ve oportunidades en lo que Carney describió como una “ruptura”.
«Lo que están construyendo tiene poco que ver con la ‘tercera vía con impacto’ que imaginaba Carney»
Una “ruptura” sobre todo para Occidente
Según Carney, las potencias medias se enfrentaban a un entorno internacional marcado por la creciente coerción de las grandes potencias y el desmantelamiento de las normas e instituciones internacionales que hasta entonces habían contribuido a la estabilidad. Sin embargo, los datos de opinión pública recopilados para la Conferencia de Seguridad de Múnich en países considerados potencias medias sugieren que esta preocupación por la “ruptura” es exclusiva de Occidente.
De hecho, la mayoría de los encuestados en el Sur Global considera que su país tiene ahora más influencia que hace un año, cuando los efectos del segundo mandato de Donald Trump –origen de la “ruptura” descrita por Carney– ya eran innegables. En Brasil, India, Indonesia, Sudáfrica y Turquía, son más quienes creen que su país ha ganado influencia durante el último año que quienes consideran que la ha perdido. Por el contrario, en los países europeos incluidos en la encuesta –Alemania, Francia, Italia y Reino Unido–, una mayoría relativa o incluso absoluta de los participantes considera que su país ha perdido influencia durante ese periodo.
Aunque las potencias medias discrepan sobre si los acontecimientos actuales representan una oportunidad o un motivo de preocupación, las propuestas de Carney sobre cómo dar forma al mundo emergente suscitan muchas menos controversias. Sin embargo, este amplio consenso se ha traducido en la elección del camino de menor resistencia y ambición.
¿Cooperar para qué?
En su discurso, Carney planteó tanto el objetivo más limitado de ampliar conjuntamente el margen de maniobra de las potencias medias frente a las presiones de las grandes potencias como una meta de mayor alcance: trabajar juntas para mejorar el orden internacional. Es el primero de estos objetivos el que ha encontrado mayor acogida.
Durante los últimos meses, distintos países han intensificado su cooperación para reforzar capacidades estratégicas y reducir dependencias que entrañan riesgos. Solo en el ámbito de la seguridad han proliferado las alianzas: los Estados del Golfo han establecido acuerdos de cooperación con Ucrania en materia de drones; India ha alcanzado un acuerdo con Alemania para construir una nueva generación de submarinos convencionales; y la Unión Europea ha firmado nuevos acuerdos bilaterales de seguridad y defensa con Noruega, Ghana y otros diez países.
«Para muchos gobiernos del Sur Global la prioridad no es construir conjuntamente un nuevo orden, sino mejorar su capacidad para desenvolverse en el caos»
Hasta ahora, sin embargo, pocos gobiernos de potencias medias parecen dispuestos a perseguir el segundo objetivo formulado por Carney: contribuir a la construcción de un orden internacional. Como han señalado algunos observadores, para muchos gobiernos del Sur Global la prioridad no es construir conjuntamente un nuevo orden, sino mejorar su capacidad para desenvolverse en el caos. En Occidente, los dirigentes de las potencias medias pueden seguir subrayando la importancia de fortalecer las normas internacionales e invertir en las instituciones encargadas de afrontar los problemas globales. Pero todavía no han acompañado estos ambiciosos compromisos de medidas concretas a la altura de sus declaraciones.
La importancia de los valores compartidos
También, en cuanto a las posibles modalidades de cooperación entre potencias medias, muchos países prefieren la fórmula menos ambiciosa. Cuando Carney habló de alianzas cuya “profundidad refleje nuestros valores”, el primer ministro canadiense se refería tanto a formas de colaboración más limitadas y centradas en cuestiones específicas como a una cooperación más profunda, aunque apenas definida, entre países que comparten valores liberales.
Existen indicios de un apoyo creciente entre las potencias medias occidentales a este tipo de alianzas más limitadas y flexibles, la “geometría variable” a la que se refirió Carney. Aunque los encuestados en Alemania, Italia y Reino Unido siguen prefiriendo colaborar con democracias, una proporción considerable considera que su país debería trabajar con el mayor número posible de Estados, aunque no todos sean democráticos. En Canadá y Japón, una mayoría relativa incluso prefiere este tipo de cooperación.
Sin embargo, mientras que las sociedades occidentales parecen haberse acercado a las fórmulas flexibles de cooperación que muchos dirigentes del Sur Global ya practican, no hay indicios de que esté ocurriendo lo contrario: que las potencias medias democráticas del Sur Global estén ahora más dispuestas a asumir compromisos más estrechos con otras democracias.
Acostumbradas desde hace tiempo a buscar fórmulas de cooperación muy flexibles, muchas siguen recelando de las alianzas profundamente institucionalizadas que los países occidentales han establecido entre sí. Aunque la creciente coincidencia en torno a la “geometría variable” puede facilitar la colaboración entre potencias medias, también limita sus posibilidades. El desarrollo conjunto de capacidades en ámbitos sensibles, una cooperación que ofrezca una capacidad disuasoria real y las inversiones ambiciosas para construir elementos de un nuevo orden internacional exigen claramente una colaboración mucho más estrecha.
La ausencia de un contrapeso
Por último, cuando se trata de contrarrestar el poder de las grandes potencias, tampoco abundan las iniciativas audaces de las potencias medias. En su discurso, Carney dio a entender que una tercera vía con impacto difícilmente podía conciliarse con las actuales políticas de acomodación de las potencias medias frente a las grandes potencias. Sin embargo, pocas parecen considerar viable la posibilidad de actuar decididamente como contrapeso a Estados Unidos y China.
La resistencia a las medidas adoptadas por la administración estadounidense desde el regreso de Trump al poder, a comienzos de 2025, ha sido limitada, y todavía más escasas han sido las respuestas colectivas. La acomodación también se ha producido a menudo a costa de estrechar los vínculos entre las propias potencias medias. Por ejemplo, cuando los gobiernos europeos evitaron criticar explícitamente la vulneración de la soberanía de Venezuela por parte de Estados Unidos, su preocupación por no irritar a Trump pesó claramente más que el temor a distanciarse de los vecinos de Venezuela, alarmados por lo sucedido.
Resulta interesante que, en todos los países encuestados, salvo Brasil, sean más quienes desaprueban esta actitud deferente que quienes la respaldan. En Alemania, Italia y Reino Unido, una mayoría absoluta considera que la posición de su gobierno es excesivamente complaciente. En Canadá, Francia, India, Indonesia, Japón, Turquía y Sudáfrica, quienes describen la política de su gobierno hacia Estados Unidos como “demasiado complaciente” superan tanto a quienes la consideran “adecuada” como a quienes la juzgan “demasiado confrontativa”. Brasil es el único país donde son más quienes consideran que la postura de su gobierno frente a Estados Unidos es “demasiado confrontativa”.
Mientras Carney hablaba de construir una “tercera vía con impacto”, el único proyecto en el que las potencias medias parecen coincidir por ahora consiste en ayudarse mutuamente a mejorar sus propios caminos. Aunque un grupo más reducido de países, compuesto principalmente por democracias occidentales, afirma estar dispuesto a emprender iniciativas de mayor alcance –forjar coaliciones más estrechas para participar realmente en la construcción de un orden internacional–, sus dirigentes todavía han hecho poco para llevarlas a la práctica.
Así pues, lo que las potencias medias parecen dispuestas a construir es una red de caminos individuales que discurren cerca de las rutas de las grandes potencias y ofrecen poco al conjunto de la comunidad internacional. Gracias a la cooperación entre ellas, sin embargo, esos caminos son cada vez más numerosos, están mejor acondicionados y se encuentran progresivamente más conectados.
Este tipo de cooperación entre potencias medias no carece de ventajas. Al participar en ella, los países ya están reduciendo su exposición a la coerción de las grandes potencias y aumentando su capacidad de negociación frente a Washington y Pekín. Al reforzar conjuntamente su capacidad para desenvolverse en un mundo sin un orden establecido, las potencias medias también están creando las condiciones necesarias para definir proyectos de mayor alcance en el futuro.
A medida que sus caminos se vuelvan más sólidos, numerosos y estén mejor conectados, es posible que se atrevan a alejarse de las rutas marcadas por las grandes potencias. Y cuanto más se acostumbren los Estados a construir unos junto a otros, menor será el paso necesario para empezar a construir algo en común. Lo que están levantando ahora puede distar mucho de ser una “tercera vía con impacto”. Pero sus ambiciones podrían crecer a medida que adquieran experiencia en la tarea de construir.
Publicado originalmente en Internationale Politik Quarterly (IPQ).

