La Guerra Fría fue un momento muy especial en el que la relación entre Estados Unidos y la Unión Soviética, con Europa como principal espacio de enfrentamiento, tuvo unas características muy particulares (que fueron variando entre 1948 y 1991). Son muy diferentes de las que se dan hoy entre China y Estados Unidos. Hablar de Nueva Guerra Fría no ayuda a entender la nueva situación: algo distinto, que está empezando y cuyos contornos se están definiendo.
La primera gran diferencia es cultural. El enfrentamiento con la Unión Soviética se dio dentro de una misma matriz cultural e intelectual, esencialmente europea. Ambos campos hablaban dentro de unas referencias compartidas, y era más fácil entenderse en la discrepancia. Con China no hay ese marco cultural común. La tradición liberal occidental se enfrenta a una China en la que confluyen el comunismo y una larga tradición confuciana, lo que incide también en las distintas percepciones de los tiempos.
Además, lo que China busca no es ser, sino volver a ser la gran potencia mundial que fue antes de lo que ellos perciben como el siglo de la humillación, entre 1839 (primera guerra del opio) y 1949, marcado por la intervención de potencias extranjeras y la pérdida de soberanía territorial. Cabe coincidir con un reciente informe de la RAND que señala que China no busca dominar la política mundial. «La competencia es claramente algo distinto a una transición clásica de poder», y las trayectorias no son lineales.
China, a diferencia de Occidente en su día, o del comunismo soviético, no pretende exportar su modelo político o ideológico, aunque sí su proyecta su modelo económico, social y de gobernanza. Hay ya en la actualidad –algo que no ocurría hace 20 años– una cierta competencia de modelos con Occidente, con la cuestión básica de quién atiende mejor las necesidades de sus ciudadanos en estos tiempos inciertos, con un mayor énfasis en la meritocracia. No con la democracia, o democracias, occidental, que los chinos ven en declive. La solidez de los respectivos sistemas nacionales se convierte en un elemento esencial de la Nueva Ecuación, algo que también pasó a finales de la Guerra Fría. Esta vez, según el citado informe, Estados Unidos aún no ha invertido lo suficiente en herramientas críticas para el arte de gobernar (statecraft). Diversas encuestas (Pew, Harvard) vienen reflejando cómo la confianza en las instituciones ha ido disminuyendo en Estados Unidos, y se mantiene muy alta en China. No así respecto a las libertades.
La Guerra Fría en sus inicios se basó en un equilibrio militar asimétrico. Estados Unidos contaba con la superioridad nuclear; los soviéticos, con la superioridad convencional. El rehén y objeto de este equilibrio fue Europa occidental. Posteriormente, el equilibrio se basó en una cierta equivalencia nuclear, sustentada en la perversa, pero eficaz doctrina MAD de la destrucción mutua asegurada (aunque la URSS no la compartiera oficialmente). También en Europa. No hubo guerras directas entre ambas superpotencias, sino conflictos indirectos y guerras por delegación.
Hemos entrado en una nueva bipolaridad –Estados Unidos y China–, acompañada de una naciente multipolaridad con potencias que ganan márgenes de maniobra (edge) entre las dos grandes. En la nueva situación, Europa ha perdido centralidad. La OTAN y la UE se han ampliado y la segunda ha ganado profundidad y mercado. Rusia ha perdido en gran parte su imperio (que pretende recuperar en parte), pero no le faltó razón a Obama cuando la calificó de “potencia regional”, aunque mantiene mucha capacidad de hacer daño por métodos híbridos y amenazas nucleares. Sus grandes instrumentos son la energía y las materias primas y sus capacidades militares (que han reaparecido en el Sahel, tras la retirada de varias potencias europeas, con los mercenarios de Wagner, reestructurados como “Africa Corps”). Pero Rusia está en declive económico, demográfico e incluso militar (sin haber logrado imponer en Ucrania los objetivos con los que inició la invasión).
La última actualización del Pentágono sobre la Estrategia de Defensa Nacional no parece preocuparse por Rusia. Estados Unidos reduce su presencia militar en Europa para concentrarse en los desafíos que le plantea Asia/China. No empezó con Trump, sino con Obama, aunque su “pivote a Asia” se vio en parte frustrado por Oriente Medio.
Aunque va modernizando y potenciando su arsenal nuclear, China no parece estar en una carrera por una equivalencia o paridad con Estados Unidos, aunque sí le preocupa la proliferación de estas armas por terceros. Su indudable gran empuje militar parece estar dirigido a garantizar el control de su entorno, especialmente el marítimo, vital para su economía, además de la cuestión de Taiwán, que podría desencadenar un conflicto. Hay nuevas carreras para el control de nuevos espacios, como el fondo marino, el Ártico, el espacio exterior y el ciberespacio.
Ambas potencias han reforzado además sus estructuras militares dedicadas al espacio. Estados Unidos ha anunciado que tiene armas en el espacio, y el jefe del Estado Mayor Conjunto apunta que hay que prepararse para batallas en torno a la Luna. Todo ello sin que exista un entramado comparable de acuerdos de control de armamentos (y ahora habría que añadir la IA y la biotecnología), que contribuyeron a estabilizar el sistema de la Guerra Fría, y que ha sido desmantelado en las últimas décadas, esencialmente por EEUU.
China no rechaza el orden mundial existente, ni es proclive al desorden. Es muy activa en sus organizaciones, especialmente en la ONU y su Consejo de Seguridad. Aunque en su reciente visita oficial a Washington, Xi Jinping no consideró necesario pasarse por la coincidente Asamblea General de Naciones Unidas en Nueva York. A la vez, China está impulsando un orden paralelo, en torno a nuevos marcos como los BRICS o la Organización de Cooperación de Shanghái.
Su estrategia de influencia, más de preponderancia que de hegemonía, se basa en la economía, no en el control territorial. Salvo por el petróleo y el gas, en la Guerra Fría la Unión Soviética no participó en las cadenas globales de valor que han caracterizado la creciente globalización. China está de lleno en ellas, lo que hace muy difícil un “desacoplamiento” (decoupling). Un instrumento esencial de China es la llamada Nueva Ruta de la Seda, programa de inversiones, esencialmente en infraestructuras y en el Sur Global. También lo son la penetración a través del comercio y las inversiones, sin subordinarlas necesariamente a otras consideraciones. Predomina ahora un juego de Go mundial, más que la idea del ajedrez, propia de la Guerra Fría.
Y, naturalmente, está la carrera científica y tecnológica, en la que se juega la capacidad de preeminencia, o, al menos, la capacidad de impedir la hegemonía del rival. Con repercusiones en todos los ámbitos, empezando por el militar. Los terceros actores, las potencias medias, no dominan las tecnologías críticas más avanzadas. Es una carrera mucho más interrelacionada entre las dos potencias que en tiempos de la Guerra Fría. Baste, aquí, un dato de un reciente informe de Carnegie: En comparación con 2022 (año en que se lanzó la IA generativa), la proporción de talento en inteligencia artificial de origen chino (definido como quienes obtuvieron títulos universitarios en China) aumentó 11 puntos porcentuales hasta el 57% en 2025, mientras que la cuota estadounidense cayó al 13% (aunque, pese a la retórica, la proporción de los científicos y tecnólogos chinos empleados en EEUU sigue creciendo).
Estamos al principio de una nueva configuración global. Pensar en términos de Nueva Guerra Fría impide ver la nueva situación y actuar sobre ella desde los márgenes de maniobra que ofrece.



