Superar un sistema migratorio roto
La inmigración ocupa desde hace años un lugar central en el debate político europeo. Sin embargo, sus múltiples dimensiones –desde el impacto en los servicios públicos hasta la integración de los migrantes– suelen abordarse desde posiciones más emocionales que empíricas, en un debate público marcado por la inmediatez y la polarización de las redes sociales.
Este vacío, el de un análisis riguroso y en profundidad, es el que pretende abordar el libro Contra las fronteras, de Gonzalo Fanjul, investigador especializado en pobreza y desigualdad de la Fundación porCausa y con una larga trayectoria en el estudio de las migraciones. Uno de los méritos de la obra es que consigue combinar profundidad y brevedad: se trata de un libro de bolsillo de apenas 120 páginas. Además, este es, ante todo, un ejercicio práctico con una clara voluntad propositiva, como deja claro su subtítulo: Cómo reemplazar un régimen migratorio roto.
El título de la obra es ya toda una declaración ideológica, que el autor deja clara desde la primera página en un acto de honestidad. Fanjul desearía construir un mundo sin fronteras nacionales, o al menos, un mundo en el que estas fueran simples líneas divisorias en los mapas y no obstáculos al derecho a la movilidad de las personas. Ahora bien, renglón seguido, reconoce que su posición es minoritaria y que una solución al actual drama vinculado a la migración, que ha provocado decenas de miles de víctimas en la última década, solo se conseguirá a través de un consenso basado en el reconocimiento del derecho de los Estados a regular los movimientos migratorios. Simplemente, así lo quiere una amplia mayoría de la ciudadanía.
En la primera parte del libro, Fanjul ofrece los datos y argumentos con los que cuestiona la eficacia y la legitimidad del actual sistema migratorio. Por un lado, la obsesión europea por el control de las fronteras exteriores se ha traducido en un sinfín de abusos de los derechos humanos, que suponen también vulneraciones de las propias leyes de los Estados y contribuyen a deslegitimar sus políticas migratorias. Pero esta política de control fronterizo, que en la Unión Europea ha costado unos 10.000 millones de euros en dos décadas, se combina con otra realidad mucho menos visible: la llegada de flujos migratorios mucho más numerosos a través de los aeropuertos internacionales del espacio Schengen.
De hecho, según los datos que recoge Fanjul, aproximadamente el 90% de los migrantes llega a Europa por estas vías, y no en patera o saltando vallas fronterizas. Muchos acceden al continente con visados de turista y luego regularizan su situación, a menudo tras un periodo de irregularidad administrativa. Sin embargo, el foco principal, tanto del discurso político como de buena parte de la cobertura mediática, se posa sobre ese porcentaje minoritario de llegadas irregulares por las fronteras exteriores. Es ahí donde tienen lugar algunos de los abusos más graves, como las torturas documentadas en los centros de detención de Libia. Las imágenes de pateras y saltos de vallas terminan así por monopolizar el imaginario colectivo y condicionar la respuesta de los poderes públicos.
Si a todo este panorama añadimos la necesidad de mano de obra de los mercados de trabajo europeos a causa del envejecimiento demográfico, tenemos el último elemento de la “paradoja migratoria”: miles de personas mueren cada año en el intento de emigrar a un continente que las necesita para sostener su economía y sus sistemas de pensiones. La solución que propone Fanjul se basa en la creación de vías legales y ordenadas de migración por parte de los Estados para que estos procesos dejen de convertirse en una carrera de obstáculos en la que la suerte, la nacionalidad o la clase social determinen quiénes son los ganadores y quiénes se quedan en el camino.
En este apartado de las soluciones, Fanjul cita diversos ejemplos: los visados temporales de trabajo de Nueva Zelanda y el programa alemán de formación de futuras enfermeras migrantes en origen, en países como Túnez. Estas iniciativas, sostiene, demuestran que existen alternativas al actual modelo de gestión de los flujos migratorios. Su aplicación a mayor escala exigiría, sin embargo, un acuerdo entre los actores centrales del sistema político, que deberán hacer acopio de valentía para desafiar algunos de los lugares comunes que dominan el debate público.
La principal incógnita que deja la propuesta de Fanjul es hasta qué punto la apertura de vías legales permitiría reducir los intentos de entrada irregular. La demanda de movilidad hacia Europa probablemente supera con creces las necesidades de sus mercados laborales. El libro no termina de explicar cómo resolver esa brecha entre las aspiraciones de quienes desean emigrar y las posibilidades de acogida de los países de destino. Una cuestión que no invalida las alternativas planteadas, pero que revela la dificultad de sustituir un sistema migratorio cuyas contradicciones parecen mucho más fáciles de identificar que de resolver.

