INFORME SEMANAL DE POLÍTICA EXTERIOR  >   NÚMERO 1487

Luiz Inácio Lula da Silva ondea una bandera brasileña durante un mitin de cierre de campaña en la avenida Paulista, São Paulo (Brasil), el 24 de octubre de 2026. ALEXANDRE SCHNEIDER/GETTY IMAGES.

Lula resiste, el bolsonarismo avanza

Luiz Inácio Lula da Silva ha sido reelegido presidente de Brasil con el 51,79% de los votos, frente al 48,21% de Flávio Bolsonaro, tras una segunda vuelta marcada por una intensa movilización electoral. A sus casi 81 años, Lula ha confirmado su fama de superviviente político.
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Aunque haya logrado interrumpir una sucesión de victorias de la derecha en América Latina, Lula tendrá que lidiar con un Congreso dominado por la derecha bolsonarista y los partidos del llamado Centrão, que, si unen sus fuerzas, contarán con mayoría en la Cámara de Diputados, de 513 escaños, y en el Senado.

El bolsonarista Partido Liberal (PL) casi duplicó su representación en el Senado, pasando de 15 a 28 escaños de los 81. En conjunto, las fuerzas conservadoras podrían reunir 49 senadores y convertir la cámara en un importante foco de oposición a las iniciativas del Gobierno.

La división política del país quedó reflejada también en la reacción al resultado. Flávio Bolsonaro cuestionó el desenlace electoral y no reconoció inmediatamente su derrota, en medio de controversias por la ampliación del horario de votación en algunas zonas.

Brasil es el centro de gravedad regional: la mayor economía de América Latina y uno de los pocos países del Sur Global con suficiente dimensión económica, territorial, demográfica y diplomática para influir en el sistema internacional.

El resultado refleja además la capacidad de movilización de la coalición encabezada por el Partido de los Trabajadores (PT), una de las principales referencias de la izquierda latinoamericana. Lula creció más que Bolsonaro en todos los estados. El mérito es doble porque la afiliación sindical es una sombra de lo que fue. El crecimiento del trabajo autónomo y de las nuevas formas de empleo ha transformado la base social a la que tradicionalmente se dirigía el PT.

Lula, que durante años se resistió a utilizar teléfonos móviles, comenzó a publicar vídeos y selfies en Instagram y, entre otras cosas, presionó al Congreso para que aprobara la reducción de la jornada laboral semanal. También prometió condonar las deudas tributarias de los autónomos y aumentar las transferencias monetarias a las familias pobres.

El coste de estas propuestas podría alcanzar los 58.000 millones de dólares a finales de 2027, alrededor del 2% del PIB, según las estimaciones citadas durante la campaña. Hasta Bolsonaro terminó votando a favor de la reducción de la jornada laboral, pese a que sus asesores económicos anunciaron un plan para recortar el gasto público en un 2% del PIB.

Flávio se presentó como una versión más moderada que su padre, Jair Bolsonaro, y el PL consolidó su presencia en estados decisivos como São Paulo, Río de Janeiro y Minas Gerais, que concentran más de la mitad del PIB brasileño. Su agresividad en los debates presidenciales también generó controversia. En el último, dijo que prefería mantener la distancia con Lula “para que no le robara la cartera”.

En la segunda vuelta estaban en juego los votos de quienes habían apoyado a otros candidatos, se habían abstenido o habían votado en blanco o nulo en la primera. Lula consiguió tres de cada cuatro de esos votos. Entre el 4 y el 25 de octubre sumó 10,4 millones de votos, frente a los 3,7 millones de su rival. El llamado “Ejército de Lula” en WhatsApp pasó de 50.000 a casi 11 millones de seguidores. El canal paralelo “La Tropa de Flávio” solo alcanzó los dos millones.

La victoria de Lula tendrá repercusiones más allá de Brasil. Si los republicanos pierden las elecciones legislativas de noviembre en Estados Unidos, el Escudo de las Américas, un pacto contra el “narcoterrorismo” al que se han adherido 15 países, podría perder impulso político. En mayo, Donald Trump recibió en la Casa Blanca a Flávio, que le pidió que designara a las principales organizaciones criminales brasileñas como organizaciones terroristas extranjeras. Trump formalizó la designación.

La campaña mostró la polarización del país, agravada, a su vez, por las dificultades económicas. Las familias destinan el 30% de sus ingresos a pagar deudas. Aunque el desempleo es bajo y la inflación se ha mantenido dentro de una banda de entre el 1,5% y el 4,5%, el estado de las cuentas públicas es precario. Tras su victoria en 2022, una de las primeras decisiones de Lula fue flexibilizar las restricciones al gasto público. El FMI prevé que la deuda pública alcance el 97% del PIB este año, frente al 84% de 2022.

En la crisis cambiaria de finales de 2024, el real perdió el 15% de su valor en solo dos meses. Brasil destina cada año una cantidad equivalente al 8% del PIB al pago de intereses de la deuda pública, alrededor del 41% del gasto público. La tasa de ahorro, del 14% del PIB, está 12 puntos por debajo de la media mundial. En su campaña, Bolsonaro esgrimió unas tijeras gigantes, pero también prometió inversiones en infraestructuras por valor de 179.000 millones de dólares, equivalentes al 6,6% del PIB, durante cuatro años.

En un país donde solo el 36% de los homicidios se esclarecen, muchos de los legisladores electos respaldan propuestas de mano dura, como reducir la edad de responsabilidad penal o introducir la castración química para condenados por violación y pederastia. Otros defienden flexibilizar las licencias ambientales, debilitar a los organismos reguladores, conceder amnistías por la apropiación ilegal de tierras y paralizar la delimitación de territorios de pueblos originarios.

Algunas de esas iniciativas dependen de la firma del presidente, pero otras podrían prosperar en el Congreso, lo que anticipa una legislatura marcada por las disputas entre el Ejecutivo y el Legislativo.

Según Lula, en política exterior la multipolaridad no es una preferencia, sino la condición indispensable de la propia soberanía brasileña y de su comercio exterior. En 2025, el país alcanzó un récord de exportaciones: 348.700 millones de dólares, con un superávit de 68.300 millones, el tercero más grande de su historia. La reelección de Lula garantiza la continuidad de esa estrategia de diversificación internacional, pero no resuelve las contradicciones internas de Brasil. El presidente inicia su próximo mandato con una victoria ajustada, un Congreso más conservador y unas cuentas públicas que limitarán su margen de maniobra.