Carteles electorales del Likud, partido del primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, tras su intervención ante los simpatizantes de la formación en la noche electoral. Jerusalén, 28 de octubre de 2026. (Chris McGrath/Getty Images)

¿El comienzo de una nueva etapa para Israel?

El rechazo a Netanyahu entre sus antiguos aliados y el peso decisivo de los partidos árabes complican la formación de gobierno, mientras se abren distintos escenarios para el futuro político del país.
Alberto Priego
 |  3 de noviembre de 2026

Las pasadas elecciones en Israel no han resuelto la inestabilidad política del país. Aunque el primer ministro Benjamin Netanyahu ha logrado frenar su caída, la alternativa encabezada por Gadi Eisenkot no ha logrado movilizar suficientemente al electorado, a pesar de su trayectoria como antiguo jefe del Estado Mayor israelí.

Con la publicación definitiva de los resultados, prevista para el 4 de noviembre, el presidente Herzog dispone de unos 90 días para proponer a un candidato capaz de aglutinar los 61 votos necesarios para formar gobierno. De no ser así, se disolvería la Knéset y se convocarían nuevas elecciones.

Las elecciones del 27 de octubre han dividido al siempre fragmentado Parlamento israelí en dos grandes bloques de partidos. Por un lado, se encuentra el bloque de partidos de derecha y formaciones nacionalistas y religiosas, liderado por Benjamin Netanyahu, que ha obtenido un total de 53 escaños, distribuidos de la siguiente manera: el Likud, 27; Poder Judío, de Itamar Ben Gvir, 7; el ultraortodoxo Judaísmo Unido de la Torá, 7; el también ultraortodoxo Shas, 6; y Sionismo Religioso, de Bezalel Smotrich, 6. Frente a este bloque se erige el heterogéneo grupo opositor, que ha obtenido 48 escaños, repartidos de la siguiente forma: Yashar (Rectitud), de Gadi Eisenkot, 21 escaños; B’Yachad (Juntos), del ex primer ministro Naftali Bennett, 12; la coalición HaDemokratim, compuesta por Meretz y HaAvoda (laborismo), 8; y Yisrael Beiteinu, del exministro de Defensa Avigdor Lieberman, 7.

Como partidos no alineados con ninguno de los bloques se encuentran los llamados partidos árabes de la Lista Conjunta y Raam, que, con 11 y 8 escaños, respectivamente, suman un total de 19 diputados, lo que los convierte en una fuerza decisiva para el futuro gobierno de Israel. La Lista Conjunta está integrada por los partidos Ta’al y Hadash. Mientras que el primero es una agrupación árabe, el segundo es un partido árabe-judío de orientación socialdemócrata.

Con estos resultados podemos anticipar tres posibles escenarios. El primero –y el más probable– sería la formación de un gobierno articulado en torno a la idea de que Netanyahu no puede seguir siendo primer ministro. En este caso, el primer ministro sería Gadi Eisenkot y formarían parte del gobierno Yashar, B’Yachad, HaDemokratim y Yisrael Beiteinu. Sin embargo, los 48 diputados que aglutinaría esta heterogénea coalición gubernamental se quedarían muy lejos de los 61 escaños necesarios para alcanzar la mayoría parlamentaria, por lo que tendría que atraer a algún partido del bloque de derechas o contar con el apoyo de los partidos árabes, al menos para la investidura. Esta particularidad tendría consecuencias en la orientación del futuro ejecutivo, sobre todo en su relación con los palestinos, ya que, si Eisenkot quiere contar con el respaldo de los partidos árabes, tendría que modificar su posición respecto de Gaza. No debemos olvidar que las posiciones de Eisenkot respecto de Gaza y Hamás no son muy diferentes de las de Netanyahu, pero la necesidad de escaños podría moderarlas.

Algunos analistas han señalado que los partidos árabes podrían tener reticencias a pactar con líderes como Eisenkot o Bennett, pero no podemos olvidar que la última vez que Netanyahu abandonó el poder, en 2021, fue gracias al partido islamista Raam, que no solo apoyó al derechista Bennett, sino que además participó en la coalición gubernamental. Existe una larga historia de colaboración entre los partidos árabes y los gobiernos israelíes. En las primeras décadas de la existencia de Israel, partidos árabes como la Lista Democrática de Nazaret, Progreso y Trabajo o Cooperación y Hermandad colaboraron con los gobiernos laboristas de David Ben-Gurión. También en los años noventa, tanto Isaac Rabin como Simón Peres contaron con el apoyo de los partidos árabes, aunque en esta ocasión fue de carácter puntual y desde fuera del gobierno. Por ello, hoy en día no es un disparate pensar que tanto la Lista Conjunta como Raam pudieran formar parte de la mayoría parlamentaria que sustentara un futuro gobierno alternativo a Netanyahu.

Otra incógnita por resolver sería si el gobierno estaría presidido únicamente por Eisenkot durante toda la legislatura o si podría compartir la jefatura del ejecutivo con otro líder político de la coalición, por ejemplo, con Bennett. Si bien es cierto que Yashar prácticamente dobla en escaños a la agrupación electoral B’Yachad, no es menos cierto que Naftali Bennett es especialmente hábil en las negociaciones para formar gobierno. En 2021, Bennett fue capaz de acceder a la jefatura del ejecutivo con tan solo siete diputados, compartiendo el cargo con Yair Lapid, quien casi triplicaba su número de escaños, con 17. En aquellas elecciones, ambos encabezaban formaciones distintas.

La segunda opción de gobierno, que a día de hoy es menos probable, es un ejecutivo presidido por Netanyahu. A pesar de que esta segunda opción está más cerca de los 61 escaños necesarios para formar gobierno, el rechazo que suscita Netanyahu entre buena parte de sus antiguos aliados dificulta considerablemente que algún partido del bloque de Eisenkot cambie de posición y hace especialmente improbable que los partidos árabes le presten su apoyo. En el hipotético caso de que Netanyahu lograra atraer a un dirigente del otro bloque, las dos opciones más claras serían Bennett y Lieberman, dos líderes que, ideológicamente, no están muy lejos del actual primer ministro, pero que mantienen profundas diferencias personales y políticas con él. En el caso de Bennett, no solo fue su jefe de gabinete (2006-2008), sino que también llegó a ocupar dos carteras –Educación y Defensa– en los gobiernos de Netanyahu. En realidad, Bennett ha desarrollado buena parte de su trayectoria política bajo la influencia de Netanyahu, antes de emprender su propio camino con una formación independiente.

En el caso de Lieberman, la relación es diferente. No hay amistad ni admiración entre ellos, sino reproches. Netanyahu culpa a Lieberman de la caída de su gobierno en 2018, tras su dimisión como ministro de Defensa, mientras que las posteriores disputas sobre el reclutamiento de los ultraortodoxos agravaron sus diferencias. Por su parte, Lieberman acusa a Netanyahu de ser demasiado blando con los haredim (ultraortodoxos), lo que hace muy difícil que Judaísmo Unido de la Torá y Shas formen parte de un gobierno en el que también esté Lieberman. Así pues, por un lado, resulta poco probable que Bennett entre en un gobierno liderado por Netanyahu, ya que aspira a sustituirlo al frente del ejecutivo; y, por otro, resulta muy difícil que Lieberman forme parte de un gobierno en el que participen partidos ultraortodoxos.

Si ninguno de los dos escenarios se cumple, podríamos plantearnos una tercera opción: la disolución de la Knéset. Este escenario ocurrió en dos ocasiones consecutivas en 2019, y en una de ellas Lieberman tuvo un papel protagonista. Este escenario, si bien es más probable que el anterior, parece menos viable que el primero. Por lo tanto, a pesar de que la formación de gobierno no va a ser sencilla, el rechazo político que suscita Netanyahu entre sus posibles socios, unido al hecho de que la sociedad israelí quiere pasar página sin renunciar a la seguridad, hace del primer escenario –un gobierno en minoría de Eisenkot– una posibilidad difícil, pero plausible.

En el tratado Pirkei Avot de la Mishná se puede leer que “no está en tus manos completar la tarea, pero tampoco eres libre de abandonarla”. Las elecciones del 16 de Jeshván no permiten a ningún partido cumplir con la tarea de formar gobierno, pero tampoco le permiten renunciar a la encomienda.

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