Han pasado treinta años desde la publicación de El choque de civilizaciones. Cuando el fin de la Guerra Fría parecía confirmar el triunfo de la democracia liberal, el libro de Samuel Huntington auguraba que las diferencias culturales y civilizatorias cobrarían un peso creciente en los conflictos internacionales.
Hoy, las civilizaciones, las naciones y las religiones han ganado fuerza como elementos de identidad colectiva y movilización política. Su afirmación refleja una búsqueda de pertenencia en un mundo globalizado. Aunque esa necesidad es natural y humana, amenaza con relegar los principios universales de dignidad, libertad e igualdad.
Frente a las identidades que aspiran a imponerse como verdades absolutas, el ideal ilustrado de la razón se distingue por reconocer sus propios límites. En política, ese reconocimiento se traduce en el Estado de derecho, los derechos fundamentales y unas relaciones internacionales sujetas al derecho.
Como escribe Michael Ignatieff, vivimos envueltos en un cúmulo de identidades en constante tensión que intentamos reconciliar a lo largo de la vida. La identidad ya no es solo una definición heredada, sino también una aspiración: aquello que anhelamos llegar a ser. Una de las grandes promesas del liberalismo es precisamente la libertad del individuo para decidir quién quiere ser.
Emilio Lamo de Espinosa nos habla del retorno de las lógicas imperiales. El lenguaje de las civilizaciones permite presentar las aspiraciones de poder como defensa de una cultura. Xi Jinping apela al orgullo nacional; Putin recurre a un pasado idealizado y al revanchismo contra Occidente; el trumpismo adquiere entre sus seguidores más fervientes una dimensión casi religiosa.
La democracia, nos recuerda Joseph Weiler, necesita un demos, una comunidad política que comparte un proyecto colectivo. Pero esa pertenencia no tiene por qué ser excluyente: podemos compartir varias lealtades.
Por encima de todas ellas debe prevalecer la igual dignidad de…



