La narrativa convencional lleva años retratando a la generación Z, los nacidos entre 1997 y 2012, como un bloque demográfico apático, confinado al activismo digital y desconectado de los mecanismos tradicionales del poder. Pero, en los últimos años, una juventud movilizada por la precariedad material ha decidido transitar de la queja online a la ocupación efectiva del espacio público, desde las insurrecciones en el sudeste asiático hasta los estallidos sociales en África Subsahariana. No obstante, mientras algunas movilizaciones han logrado encauzar el descontento hacia reformas de calado, muchas otras terminan diluyéndose cuando la confrontación directa da paso a la compleja tarea de la incidencia institucional.
La irrupción en las calles no garantiza por sí sola una transformación estructural y plantea interrogantes fundamentales: ¿qué tienen en común estos movimientos?, ¿por qué algunas revueltas logran desmantelar estructuras desiguales mientras otras fracasan en el intento?, ¿serán capaces de construir la base de un desarrollo sostenido o, por el contrario, se trata de una especie de “revueltas del pan” de creciente violencia, que solo tendrán efectos temporales?
Si bien hay muchos ejemplos de protestas que han logrado forzar la rendición de cuentas en el corto plazo (como en Kenia), o incluso cambiar gobiernos (como en Bangladés), el reto reside en consolidar una alternativa que dé respuesta al descontento a largo plazo. Aunque la estructura horizontal y nativa digital que caracteriza a este movimiento se ha demostrado eficaz a la hora de plantar cara a sus gobiernos, la ausencia de un liderazgo tradicional dificulta la consolidación de reformas duraderas. Sin estructuras de mediación claras, el riesgo de que se produzca un vacío de poder es latente, lo que deja la puerta abierta a que fuerzas oportunistas o estamentos militares capturen los frutos de la lucha juvenil (como en Madagascar) o a que el Estado neutralice…


