Cada crisis en Ceuta plantea la misma cuestión de fondo: cómo debe España proteger la ciudad frente a posibles formas de coerción marroquí. La respuesta no consiste simplemente en acumular capacidades militares sobre el terreno. España necesita poder disuadir la coerción y preservar su libertad de acción, evitando en la medida de lo posible que la competencia convierta a Marruecos en un enemigo permanente. El desafío consiste en combinar disuasión y cooperación sin confundir su jerarquía: asegurar primero la capacidad de España para proteger sus intereses y, sobre esa base, construir una relación estable y cooperativa con Marruecos.
Responder exige empezar por no exagerar Ceuta. La ciudad autónoma no constituye por sí sola el centro de gravedad de la seguridad española ni cabe convertir cada tensión con Marruecos en una amenaza existencial. Su defensa presenta además dificultades evidentes: distancia respecto de la península, vulnerabilidad logística, necesidad de proyectar recursos y posibilidad de que una eventual presión adopte formas ambiguas o “híbridas” y permanezca por debajo del umbral de un ataque militar convencional.
Precisamente por ello, Ceuta debe analizarse como parte de un sistema geopolítico más amplio. Junto con Melilla y Canarias, forma parte del perímetro meridional de España y contribuye a proporcionar profundidad estratégica a uno de los espacios marítimos más importantes del mundo: el Estrecho de Gibraltar. La profundidad no exige controlar políticamente territorios más allá de las propias fronteras. Consiste en disponer de distancia, acceso, posiciones, capacidad de proyectar poder y un entorno regional que permita anticipar y gestionar las amenazas antes de que alcancen el territorio principal.
Desde finales del siglo XV, la configuración geográfica de la península llevó a España y Portugal a buscar profundidad estratégica hacia el Atlántico y el norte de África. Durante siglos, una red cambiante de posiciones –desde Canarias y los archipiélagos…



