Alfombra roja: Haider al-Abadi

POLÍTICA EXTERIOR
 |  1 de julio de 2016

APODO: El azote de Dáesh.

FRASE: “No hay sitio para el Estado Islámico en Irak”.

CURRÍCULO: Desde se juventud, Haider al-Abadi mezcló dos mundos opuestos. Estudio en su infancia en uno de los mejores colegios de Bagdad. En 1967, con solo 15 años, se unió al Partido Islámico de Dawa y en 1975 se licenció en Ingeniería Eléctrica en la Universidad Tecnológica de Bagdad. En 1977 fue nombrado jefe del partido en Londres y en 1981 obtuvo su doctorado en Ingeniería Electrónica en la Universidad de Londres. Para aquel entonces, Sadam Husein ya había llegado al poder en Irak y Al-Abadi se mantuvo exiliado en Reino Unido hasta la invasión de Estados Unidos de Irak en 2003. Durante esa época, su familia permaneció en el país. Su padre fue obligado a dimitir por no militar en el partido Baaz, dos de sus hermanos fueron ejecutados por su pertenencia a Dawa y otro hermano fue condenado a diez años de prisión. Durante su exilio, Al-Abadi trabajó en empresas tecnológicas.

Cuando regresó a Irak, Al-Abadi se mostró escéptico con el plan de privatización de la Autoridad Provisional de la Coalición al no partir de la base de un gobierno legítimo, pero a pesar de ello fue nombrado ministro de Comunicaciones. En 2005, después de las primeras elecciones, fue elegido disputado del Parlamento, trabajó como consejero del primer ministro y participó en el Comité de Economía, Inversión y Reconstrucción. Desde entonces, su nombre sonó en varias ocasiones como candidato a primer ministro, reconociéndose su papel clave en la reconstrucción de Irak.

MÉRITOS: Gracias a su reputación como moderado y conciliador, en 2014 Al-Abadi fue el encargado de formar un nuevo gobierno tras la renuncia de Nuri al-Maliki a raíz de la toma de Mosul por parte del Estado Islámico (EI). Aunque Irak se encuentra todavía en un complicado momento de transición, su marcado contraste con la mano dura de Al-Maliki hizo que desde un primer momento se hablara de una nueva etapa para el país. Uno de sus primeros pasos como primer ministro fue intentar poner freno a la corrupción sistémica y reducir el marcado sectarismo que el anterior ejecutivo había fomentado. Pero, sin duda, su prioridad en estos dos años ha sido la liberación de los territorios conquistados porque el EI, que llegaron a suponer casi un tercio del país. En diciembre de 2015, Al-Abadi prometió que para finales de este año el grupo yihadista habría desaparecido de Irak.

Al-Abadi lo dejó claro. Pediría ayuda a quien fuera necesario para mejorar sus capacidades militares, incluso a Irán, en caso de que EEUU rechazara hacerlo. Y lo cierto es que la relación con Washington no se encuentra en su mejor momento, según las recientes declaraciones de Barack Obama. A pesar de ello, desde enero de este año los avances sobre el terreno del ejército iraquí son numerosos. Avances que se confirman con la recuperación de Faluya, todo un éxito para la gestión de Al-Abadi, quien ha declarado que sus tropas también se encuentran luchando en Mosul, uno de los grandes bastiones del EI.

A pesar de estos innegables avances, Al-Abadi no está exento de críticas. Se ha cuestionado su capacidad para reemplazar a su gabinete, que sigue fuertemente marcado por la corrupción, lo que está siendo aprovechado por los líderes religiosos, encabezados por Ali Hosein Sistani, quien llamó hace dos años a las armas para frenar al EI.

En Irak ya podemos hablar de un califato menguante y Al-Abadi debe sentirse orgulloso de ello. Alfombra roja para el azote de Dáesh.

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