Donald Trump quiere salir como vencedor indiscutible del conflicto con Irán, reconocido como el dirigente capaz de doblegar la resistencia de Teherán y de imponer sus condiciones: renunciar a su programa nuclear, a su programa de fabricación de misiles, y su apoyo a su red de aliados regionales en Líbano, Palestina, Siria, Irak y Yemen, además de garantizar la libertad de navegación en Ormuz.
Irán, por su parte, aspira a aprovechar los errores de sus adversarios para asegurar la supervivencia del régimen, lograr el alivio de las sanciones y obtener compensaciones económicas por los daños sufridos, sin renunciar a sus principales activos estratégicos e incluso aumentando su capacidad de presión sobre Ormuz.
El problema fundamental para ambos es que ninguno está en condiciones de alcanzar todos sus respectivos objetivos Eso explica que tanto Washington como Teherán sigan jugando simultáneamente sus cartas diplomáticas y militares, alternando ofertas de negociación, campañas propagandísticas y golpes limitados de fuerza, mientras esperan que el paso del tiempo termine inclinando la balanza a su favor.
Trump necesita frenar el deterioro de su apoyo dentro del movimiento MAGA y limitar el desgaste político de cara a las elecciones de medio mandato del próximo noviembre. Para ello…
