Desde el inicio de la invasión rusa de Ucrania, los ataques contra refinerías, depósitos de combustible, centrales eléctricas, infraestructuras químicas y oleoductos han multiplicado los riesgos de contaminación atmosférica, vertidos tóxicos y destrucción de ecosistemas en amplias zonas del este de Europa.
La destrucción de la presa ucraniana de Kajovka en junio de 2023 marcó uno de los episodios más graves. La ruptura liberó enormes cantidades de agua contaminada, arrasó ecosistemas enteros a lo largo del río Dniéper, destruyó sistemas de irrigación y dejó sin suministro hídrico estable a cientos de miles de personas.
A ello se suman los riesgos recurrentes en torno a la central nuclear de Zaporiyia, donde los combates y los ataques contra infraestructuras eléctricas han alimentado el temor a un accidente radiológico en la mayor planta nuclear de Europa.
Millones de hectáreas agrícolas ucranianas han quedado además contaminadas por minas, munición sin explotar, metales pesados y residuos químicos, comprometiendo durante años parte de la producción agrícola de uno de los principales exportadores mundiales de cereal.
Los daños no se limitan a Ucrania. Días antes del ataque contra la refinería rusa de Rosneft en Tuapse, en el mar Negro, cazas israelíes atacaron Asaluyeh y Marvdasht, las mayores…
