POLÍTICA EXTERIOR  >   NÚMERO 44

La estatua más alta de Confucio, en la ciudad de Jining, provincia de Shandong, China. COSTFOTO/BARCROFT/GETTY

JOYA DE ARCHIVO: A propósito de Confucio

En el panorama que emerge tras la guerra fría, por primera vez desde hace mucho tiempo uno de los centros de poder mundial se sitúa en Oriente.
CARLOS ALONSO ZALDÍVAR
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En un reciente artículo, Kishore Mahbubani lo ha planteado con notable claridad: lo que está ocurriendo es obvio, pero Occidente tiene grandes dificultades para entenderlo. Lo sencillo es que en el panorama que emerge tras la guerra fría, por primera vez desde hace mucho tiempo uno de los centros de poder mundial se sitúa en Oriente. Las dificultades de Occidente para comprenderlo se ponen de manifiesto en las teo­rías con las que intenta dar cuenta de ello. Para unos, puede producirse un choque de civilizaciones. Para otros, el mundo camina hacia la universalización de la civilización occidental. Ni lo uno ni lo otro, responden desde Singapur: lo que se está produciendo en la orilla asiática del Pacífico es una fusión de civilizaciones. Los pueblos que la están llevando a cabo se modernizan sin “occidentalizarse” y no se enfrentan a Occidente. El problema de Occidente es interno, tiene que corregir los serios defectos de su civilización que hacen que su riqueza y su fuerza se vean acompañadas de decadencia social.

Este es el planteamiento suave de una discusión en la que máximas confucianas se mezclan con argumentos económicos, razonamientos geopolíticos, novedades tecnológicas y con los clásicos del liberalismo occidental y de la socialdemocracia. A su atractivo cultural y atrevimiento teórico hay que añadir que esta discusión tiene importantes consecuencias prácticas pues, a propósito de Confucio, se está hablando de políticas comerciales, de democracia y de esquemas de seguridad en Asia oriental. Este artículo quiere asomarse modestamente a la citada discusión.

En el origen está el trabajo de Huntington, Clash of civilizations?2 Su idea básica –la causa fundamental de los conflictos en el nuevo mundo no serán las diferencias de la ideología política o las desigualdades económicas, sino la diversidad cultural– parece una hipótesis con capacidad de explicación y de predicción apreciable, pero demasiado ambiciosa. Las percepciones propias de cada civilización están teniendo ya, y seguramente van a tener más aún en el futuro, un importante papel en la vida internacional; pero serán sólo una de las variables que influirán en ella. Al menos otros dos procesos parecen llamados a tener igual o mayor trascendencia. Uno es la formación de grandes áreas económicas regionales que está alterando el reparto mundial de poder y, otro, las dinámicas de globalización y exclusión que están dejando obsoleto el viejo ordenamiento internacional.

Si percepciones, poder y orden son los tres factores que rigen las relaciones internacionales, es posible que la tesis de Huntington acierte al subrayar un importante cambio que se está produciendo en la lógica de las percepciones, pero los otros dos factores citados inciden con no menos fuerza en la lógica del poder y en la del orden internacional. No me detengo más en esto. Si lo señalo, es sólo para establecer una diferencia básica con el enfoque de Huntington y, al tiempo, para reconocerle un importante valor parcial.

A Huntington se le ha criticado mucho su definición y clasificación de las civilizaciones. Sin duda, la manera en que hace ambas cosas es discutible. Además, es terreno propicio para que los críticos exhiban conocimientos exóticos y se vuelvan mordaces. Alguien le ha preguntado a Huntington a qué civilización pertenece Grecia, supuestamente base de la cultura occidental, pero distanciada de ella por su religión ortodoxa y por la prolongada ocupación otomana. Pero las críticas de este tipo no privan a la idea de civilización de la potencialidad –que Huntington le atribuye– para ser en el futuro la forma de agrupación de Estados más influyentes en la política mundial. En este sentido conviene recordar que los términos Este, Oeste y Tercer Mundo no se caracterizaron nunca por su precisión conceptual o geográfica, pese a lo cual resultaron útiles para comprender, prever y actuar incluso sobre los acontecimientos mundiales durante la guerra fría.

Una razón más seria para relativizar la hipótesis de Huntington es que los procesos antes citados de creación de áreas de concentración económica y las dinámicas de globalización y exclusión están dando lugar a otras agrupaciones de Estados que a veces separan a los de una misma civilización y otras veces reúnen a los de civilizaciones distintas. La Unión Europea divide, no une, a la civilización occidental; el Tratado de Libre Comercio entre Estados Unidos, Canadá y México también la separa y tiende a unir las civilizaciones norteamericana y latinoamericana, diferenciadas en la clasificación de Huntington; ASEAN y APEC son entidades notablemente multiculturales y, aunque el comercio intrarregional en el Asia-Pacífico no cesa de crecer, no hay organizaciones económicas exclusivamente confucianas, musulmano-malayas o hindúes. Pueden citarse otros ejemplos relacionados con los procesos de globalización y exclusión, pero ello nos desviaría de los objetivos de este artículo.

 

«La Unión Europea divide, no une, a la civilización occidental; el Tratado de Libre Comercio entre Estados Unidos, Canadá y México también la separa y tiende a unir las civilizaciones norteamericana y latinoamericana»

 

Otro de los aspectos criticados del trabajo de Huntington ha sido su creencia de que el eje de la futura política mundial será la confrontación entre “Occidente y el resto”; un conflicto por la distribución del poder (económico, militar, institucional) y por el predominio de valores y creencias. Su argumentación es que, en la nueva situación, Occidente está utilizando las instituciones internacionales, así como su poder militar y sus recursos económicos, para asentar su predominio y promover sus intereses y valores. Ante esto –dice– los países no occidentales van a reaccionar y pueden hacerlo siguiendo tres caminos: uno es optar por aislarse de una comunidad internacional dominada por Occidente; otro, tratar de incorporarse al grupo occidental asumiendo sus valores e instituciones; y el tercero, intentar equilibrar el poder y la influencia de Occidente cooperando entre ellos para desarrollar su capacidad económica y militar sin “occidentalizarse”.

Huntington considera que la primera vía ofrece escasas perspectivas para cualquiera que la intente. La segunda presenta dificultades que varían según los países: son menores para los latino­americanos y los europeos del centro y del Este, mayores para los países ortodoxos de la antigua URSS y muy grandes para las sociedades musulmanas, confucianas e hindúes. De aquí que países de este último grupo puedan optar por la tercera vía, es decir, por fortalecerse y cooperar para contrapesar a Occidente. En este sentido –dice Huntington– lo más importante que puede producirse es la “conexión confuciano-islámica” y apunta que esta unión ya opera a pequeña escala en el terreno militar, por ejemplo, cuando China facilita medios y tecnología a países como Irak, Irán o Libia. Occidente, por su parte, avanza propuestas de no proliferación y de control de armamentos, que tienen como fin impedir que otros puedan llegar a amenazarle militarmente en el futuro.

Tengo la impresión de que este planteamiento ha sido frecuentemente mal interpretado. Algunos de sus críticos dan la impresión de considerarlo una llamada al enfrentamiento entre los hijos de la razón, por un lado, y los siervos de Alá junto a los seguidores del mandato del cielo, por otro. Huntington no plantea tal cosa, sino que presenta una hipótesis de futuro bien razonada pero bastante débil. Su debilidad procede de que hay escasa evidencia a su favor; posiblemente abundan tanto las indicaciones de distanciamiento y tensión entre comunidades de cultura musulmana y confuciana como lo contrario. La hipótesis también es débil porque presupone que diversas civilizaciones van a actuar buscando racionalmente un equilibrio de poderes que neutralice la ventaja de la civilización occidental, lo que constituye una especulación más brillante que verosímil. De todas formas, no hay por qué considerar el conflicto entre Occidente y el resto de manera territorial o militar. Podría manifestarse en tomas de posición en los foros internacionales respecto a las políticas comerciales, los derechos humanos, la proliferación de armas nucleares y químicas, entre otros asuntos. Vista así, la hipótesis del conflicto entre Occidente y el resto toma más entidad.

Huntington concluye su trabajo caracterizándolo como un “conjunto de hipótesis plausibles sobre el futuro” y dice que Occidente debe derivar de ellas consecuencias políticas. Tales efectos, a su juicio, deberían consistir, a corto plazo, en consolidar la ventaja de poder económico y militar que hoy posee Occidente, pues la necesita para proteger sus intereses en el trato con otras civilizaciones y, a largo plazo, en aprender a coexistir con ellas, pues esas civilizaciones aumentarán su poder y conservarán unos valores diferentes. Es decir, se harán modernas sin hacerse occidentales y Occidente tendrá que buscar, en una mejor comprensión de estas culturas y de las percepciones que tienen sus pueblos, los elementos comunes y complementarios que hagan posible una fructífera coexistencia. En el futuro no habrá una civilización universal –concluye Huntington– sino un mundo con civilizaciones diferentes que tendrán que coexistir unas con otras.

El paradigma –si es tal cosa– del choque de civilizaciones prevé, pues, un declive relativo de Occidente y una política internacional futura que debería orientarse hacia el equilibrio de poderes entre civilizaciones. Esto es lo esencial del planteamiento de Huntington; un planteamiento que no tiene connotaciones agresivas hacia las civilizaciones no occidentales, sino que asume que éstas están llamadas a perpetuarse y fortalecerse, por lo que recomienda tratar con ellas en términos de realismo político y de acomodación cultural.

 

La expansión de Occidente

Frente a esa visión, en algunos medios intelectuales y políticos occidentales existe otra muy distinta que viene a decir que el poder de la civilización occidental no va a declinar frente al de otras culturas, ni en términos absolutos, ni relativos. Todo lo contrario, la civilización occidental se va a fortalecer porque se va a extender. Occidente está en expansión y el hundimiento de la Unión Soviética no es un dato menor al respecto. La fuerza dominante en el horizonte mundial es la búsqueda del desarrollo económico y tal desarrollo reclama democracia y autonomía personal. Súmese a lo anterior el imparable avance de las telecomunicaciones, que debilita a los gobiernos opresivos, y el resultado será la expansión de los fundamentos de la civilización occidental.

El futuro de otras civilizaciones puede estar más marcado por la división que por el fortalecimiento, pues no es fácil modernizarse sin “occidentalizarse”. De aquí que los fundamentalistas islámicos y la vieja guardia del comunismo chino se resistan a la modernización. Occidente no tiene por lo tanto que aceptar un mundo basado en el equilibrio entre civilizaciones, sino que puede aspirar a un mundo integrado según sus patrones, es decir, bajo la hegemonía occidental. Para avanzar en esa dirección debe combinar una política realista en las relaciones entre naciones, con otra de promoción de los derechos humanos bien administrada, lo que significa dirigida a debilitar a quien molesta y a no molestar a quien ayuda.3

Para quienes mantienen ese punto de vista, muchas de las tensiones existentes hoy en el mundo no son otra cosa que manifestaciones inevitables del avance de la modernización y de la “occidentalización”. Cuanto antes se consuman estos procesos, antes desaparecerán los factores de crisis. Al empujar en este sentido –dicen– Occidente promoverá la paz, pues, al multiplicarse las democracias, descenderán las posibilidades de guerra ya que los países democráticos no luchan violentamente entre sí.

Tras escuchar esto uno se pregunta, ¿es posible el desarrollo económico sin democratización y autonomía personal? O, dicho de otra forma, ¿es posible la modernización sin “occidentalización”? Bartley responde que no. Huntington dice que sí y pone los ejemplos de Japón y Singapur, países modernos y prósperos que no son occidentales. Su idea es que hoy la mayoría de las sociedades modernas son occidentales, pero mañana será de otra forma; cada día habrá más sociedades modernas no occidentales. Pensar lo contrario es pura arrogancia y ceguera histórica. No caminamos hacia una civilización universal, pues tal cosa sólo puede ser resultado de un poder universal. El colonialismo europeo en el siglo XIX y la hegemonía de Estados Unidos en la segunda mitad del XX han llevado muy lejos la civilización occidental. Pero el colonialismo europeo ha desaparecido y la hegemonía estadounidense está en retroceso. El declive del poder relativo de Occidente será seguido por el repliegue de su cultura. El mundo se seguirá modernizando sin adoptar necesariamente por ello la democracia occidental.

Aquí entra en la discusión la experiencia singapureña. A Singapur se le puede presentar recordando que es una ex colonia que ha superado en renta per capita a su antigua metrópoli. Es una ciudad-Estado con población mayoritariamente china (77 por cien), malaya (14 por cien) e hindú (seis por cien). Es decir, confucianos, musulmanes e hindúes, todos juntos y modernizándose rápidamente. ¿Qué está pasando? ¿Se “occidentalizan”? “Valoro la influencia occidental en Singapur en un 60 por cien frente a un 40 por cien de valores asiáticos. En 20 años, la influencia de Occidente en nuestros estilos de vida, comidas, modas, política y medios de comunicación, descenderá al 40 por cien y la influencia asiática ascenderá al 60 por cien”. Quien así habla es Lee Kwang Yew, crea­dor del Singapur moderno.4 Según él, su país no va camino de “occidentalizarse” sino de “asiatizarse” y la razón es que el confucianismo no sólo es compatible con la modernización, sino que resulta más adecuado para desarrollar sociedades modernas sin los peores defectos de que adolecen las sociedades occidentales. La matriz cultural confuciana permite la modernización y evita el declive social. Aunque rico, Singapur es un país muy pequeño, pero no conviene menospreciar la influencia de las ideas que proclama; se escuchan con interés en Pekín e inciden en la política de diversos países asiáticos.5

Recientemente, Kim Dae Young, uno de los políticos coreanos más caracterizados por su lucha en favor de la democracia, ha criticado las ideas de Lee Kwan Yew proclamando la importancia de la democracia para Asia.6 Pese a ello, cuando uno sigue con atención sus argumentos tiene la impresión de que para Kim Dae Young democracia no significa exactamente lo mismo que en Occidente. Asia –dice– tiene bases filosóficas propias en las que asentar su democracia y conseguir que supere las limitaciones del sistema occidental. En este sentido, destaca que es parte de la cultura confuciana aceptar “la voluntad del pueblo como el mandato del cielo” y que en el pensamiento budista “nada en el universo es tan noble como el yo” y “todos los seres son iguales”. En el sabor poético de estos manjares orientales, su parte dulce está acompañada de un componente agrio que, en este caso, viene a decir: Asia no quiere lecciones de democracia de países que la practican en su vida doméstica pero que no han dudado en explotar a otros pueblos para satisfacer intereses nacionales egoístas.

A veces la crítica pierde las resonancias poéticas y se hace directa. Kishore Mahbubani opina que Huntington tiene razón al señalar que Occidente está llamado a perder poder, pero –añade– olvida preguntarse por qué. Una razón es que sólo representa el 15 por cien de la humanidad y que una minoría así no podrá continuar imponiéndose al 85 por cien restante. Pero la respuesta de fondo –según él– es otra: no todos sus valores son adecuados, porque unos son buenos y otros son malos y porque su mezcla produce desarrollo y libertad pero también decadencia social. Occidente no se da cuenta y se muestra incapaz de revisar sus valores. Por el contrario –dice– Asia sabe diferenciar entre los valores buenos y los valores malos de Occidente, está aprendiendo a quedarse con los primeros y a prescindir de los segundos sustituyéndolos por otros suyos; está logrando desarrollarse como Occidente y evitar su decadencia social.

 

Capitalismo confuciano

Discursos y teorías al margen, ¿es verdad que existe un modelo de capitalismo confuciano diferenciable del occidental? La experiencia de diversos países y territorios del mundo confuciano –como Corea, Taiwan, Singapur y Hong Kong, sin excluir a Japón–, la actividad económica de las colectividades chinas en muchos países y ciudades de la ribera del Pacífico y el actual proceso de reforma y rápido crecimiento en la propia China, ofrecen un terreno amplio donde buscar respuesta a estas preguntas. Ello no quiere decir que sea fácil encontrarla y, en todo caso, requiere analizar lo que está pasando con sus economías y establecer con un mínimo de claridad lo que se quiere decir con el término confucianismo.

Empezaremos por lo segundo, tratando de hacerlo de una manera minimalista y exclusivamente orientada a los efectos de esta discusión. Lo primero es recordar que el confucianismo no es una religión, como ocurre con el cristianismo, el islam o el hinduismo; es una filosofía del buen gobierno y de la armonía social que puede coexistir con otras filosofías y religiones, incluso algunas tan dispares como el comunismo o el budismo. Confucio recomendó 500 años antes de que naciera Cristo no hacer a otro lo que no quieras que te hagan a tí; llevaba tiempo practicando el diálogo como método de investigación cuando Sócrates era un niño e inventó los exámenes y las oposiciones por la misma época. El confucianismo es hoy la matriz cultural en la que se educan más seres en el mundo.

Sus temas centrales son el orden, la meritocracia y la magnanimidad. La sociedad debe estar ordenada, su administración corresponder a los mejores y el ejercicio del poder debe llevarse a cabo con magnanimidad. Confucio vivió en tiempos terribles cuando su país era presa de los señores de la guerra y el pueblo padecía la arbitrariedad de los más crueles y dedicó su vida a estudiar cómo debía organizarse la sociedad y actuar el gobierno a fin de evitar tales cosas. No consiguió poder llevar a la práctica sus ideas, pero alcanzó un amplio reconocimiento social y tuvo numerosos discípulos, lo que hizo posible que, con el paso del tiempo, comenzaran a aplicarse.

El ideal confuciano es una persona inteligente y bien educada, conocedora y con un claro sentido del gusto y del estilo, con gran capacidad para disfrutar de las cosas buenas de la vida –la buena música y la buena pintura, la comida y los vinos de calidad, una larga noche de conversación fumando un rico tabaco–.7 Pero no es un esnob. Su posición se la ha ganado trabajando duro y en una competición feroz, sin contar inicialmente con ninguna ventaja social o económica. Es una persona que disfruta tratando a otras, es desenvuelto en compañía de reyes y se siente cómodo con gente que le es intelectual o socialmente inferior. Es un defensor fiero de su país y de su sistema de gobierno, aunque siendo estudiante sintiera alguna vez la obligación de corregir injusticias y de atacar a quienes consideraba responsables de ellas. Manifiesta un respeto ilimitado hacia sus padres, disposición a entregarles buena parte de su renta y a permitir que vivan con él por incómodo que resulte. También honra la memoria de sus antepasados, visitando sus tumbas y cuidando que estén limpias y bendecidas. Espera obediencia y respeto de sus hijos y no admite discusiones o malas contestaciones. Cuenta con que estudien duro, como hizo él y antes sus padres y abuelos. Trata a sus amigos con respeto. Es cortés y amable. Trabaja sin descanso en honor de sus padres, de sus superiores, de su nación y de su dirigente.

Como dice Winchester, a ojos occidentales resulta una especie de dechado de rectitud pero también constituye un enemigo formidable para cualquiera que, procedente de una nación extranjera menos estructurada moralmente, pretenda oponerse a sus puntos de vista o amenace la fortuna que obtiene mediante una forma de trabajo apoyada en su filosofía.

Pero, ¿son así los confucianos de carne y hueso? La respuesta es no. El tiempo trasmuta todos los ideales y también lo ha hecho con éste, produciendo un resultado interesante. Los modernos discípulos de Confucio nunca llegan tarde al trabajo, lo llevan a cabo respetando estrictamente las reglas jerárquicas, consideran que las vacaciones son moralmente malas e insisten en que su deber es trabajar duro para ganar todo el dinero que puedan y gastarlo en la educación de sus hijos. Si dirigen una pequeña empresa, explican a sus vendedores que ganar dinero es la única razón de ser del negocio, que el fin justifica los medios y que pueden mentir, engañar y presionar para lograr una venta. Vender lo es todo. Los confucianos contemporáneos distan de ser hombres cultivados. No practican la reciprocidad que el maestro predicó como base de la ética social; tampoco la constancia en la amistad. Tienden a ser avaros, rudos y faltos de escrúpulos. Pero muestran un gran interés por el estudio y la formación, una alta disposición al ahorro y una gran capacidad para competir comercialmente. Sienten un profundo respeto por la familia, un fuerte sentido del deber hacia la nación y preferencia por gobiernos fuertes con dirigentes paternales. Cuando la libertad entra en conflicto con el orden, el reflejo confuciano es inclinarse por el orden. Cuando chocan lo individual y lo colectivo, la comunidad familiar o nacional prevalece.

Ocupémonos ahora de las economías asiáticas en rápido de­sarrollo. Se ha convertido en algo común hablar del milagro asiático, claro que también se ha negado que exista tal milagro8; lo que nos va a permitir confrontar directamente argumentos en un sentido y en otro.

Empecemos con la tesis del milagro. Para sus defensores, éste reside en dos cosas: un crecimiento rápido y repartido. En favor de lo primero se puede aducir que los países a los que nos referimos han crecido entre 1965 y 1990 más rápidamente que cualquier otro grupo de países del mundo. Se puede añadir que, si continúan haciéndolo al mismo ritmo, en 20 años el producto de Asia será superior al de la OCDE y China se habrá convertido en la mayor economía del mundo.9 El crecimiento repartido hace referencia a que los niveles de desigualdad en estos países son inusualmente limitados para lo que suele ocurrir en países de rentas medias y bajas. La pobreza se ha reducido acusadamente y la esperanza de vida ha aumentado. Su IDH (índice de desarrollo humano, que además de ingresos, mide longevidad y educación) mejora su posición de renta y sitúa a Japón en primer lugar del mundo, a Hong Kong, Corea y Singapur en el grupo de países de alto IDH y a Malaisia, Tailandia e Indonesia en el de IDH medio. Lo que indica que, comparativamente hablando, son países con buena educación y salud.

Entonces, ¿por qué dice Krugman que el milagro es un mito? Ante todo, por su sana inclinación a la polémica. Afirma que no es un desarrollo sin precedentes: la Unión Soviética creció a ritmos semejantes tras la Segunda Guerra mundial. De hecho, ambos procesos se asemejan, pues los dos se basan más en el incremento de los factores de producción (capital y trabajo) que en el aumento de la productividad, es decir, del producto obtenido por unidad de factor empleado. La mera acumulación de capital y de trabajo, sin que aumente la eficacia de su utilización –explica Krugman– permite obtener altos crecimientos una sola vez y no vale para mantener un crecimiento sostenido de la renta por habitante a largo plazo. Por lo tanto, si todo sigue como hasta ahora, la economía de esos países no superará en el futuro a las de los países más avanzados –que tienen una productividad superior y basan su crecimiento en su aumento– sino que tenderá a estancarse.

¿Hay milagro o no? Quizá 25 años de rápido crecimiento basado en una masiva movilización de recursos no merezca tal nombre, pero no deja de ser una realidad impresionante. Muchos países –y no sólo aquellos en desarrollo– quisieran experimentar un crecimiento así, que haga subir sus cifras de inversión y bajar las de des­empleo por lo que, milagro o no, no conviene despachar la experiencia sin más. Es posible que este tipo de desarrollo no en­cierre ningún interés especial para el economista teórico, pero para el gobernante no puede dejar de ser motivo de atención buscando algo que aprender. ¿Qué? Es característico de los países a los que nos venimos refiriendo tener cifras muy altas de inversión con relación al producto nacional; lo logran mediante sistemas financieros intervenidos que ofrecen condiciones seguras a los pequeños ahorradores y canalizan sus recursos hacia industrias exportadoras seleccionadas que compiten en el mercado internacional, todo ello en un marco de estabilidad macroeconómica, es decir, con déficits públicos limitados e inflación controlada. La fórmula es mantener los salarios al nivel que vacía los mercados, es decir, al nivel en que no se producen excesos de oferta ni de demanda, mediante un crecimiento rápido, una estructura salarial comprimida –lo que reduce los incentivos para permanecer mucho tiempo buscando trabajo mejor remunerado– un mercado de trabajo flexible y limitaciones a la acción sindical. Esto les ha permitido, además, acumular recursos humanos y trasvasar trabajadores hacia sectores con producciones de mayor valor añadido.

Hemos dicho que estos países experimentan un crecimiento repartido, lo que puede chocar con su política laboral estricta y la debilidad de sus sistemas de protección social. Pero así lo indican sus índices de desarrollo humano que son mejores que los que se limitan a reflejar sólo su crecimiento económico. Para entenderlo hay que tener en cuenta que los países a los que nos referimos realizan un importante esfuerzo en materia de educación del que no se excluye a las mujeres. Los resultados han sido un descenso de la natalidad y una mejora de la formación que las madres dan en casa a sus hijos, lo que revierte en mejorar todavía más la educación. Sus tasas de escolaridad y el nivel de conocimientos de sus graduados son hoy comparables a los de los países más avanzados. En algunos de ellos también se han llevado a cabo importantes programas de vivienda pública con el fin de asentar e integrar a la población. Estas medidas responden a fines utilitarios y no a satisfacer derechos reconocidos por el Estado. No hay Estado de bien­estar como se entiende en Europa. La tarea de seguridad social en su sentido amplio no se considera una responsabilidad de los gobiernos sino de las familias y se basa en una tradición de acción voluntaria. Obviamente estamos ante un enfoque distinto al europeo, pero no son los europeos quienes tienen que decir si les gusta o no: sólo lo pueden hacer los asiáticos. Desde fuera, hay que constatar que el sistema, por el momento, funciona.

Y ¿qué tiene que ver todo esto con Confucio? Recordemos lo dicho páginas atrás sobre el confuciano moderno. Sin personas de estas características no funcionaría el modelo de crecimiento que se ha descrito. Tampoco sin gobiernos sensibles a que les recuerden aquel decir del viejo maestro: “Si un Estado está gobernado por los principios de la razón, la existencia de pobreza y de miseria son motivos de vergüenza; si un Estado no está dirigido por los principios de la razón, los motivos de vergüenza son la riqueza y los honores”. En este sentido, se puede afirmar que hoy existe un capitalismo confuciano. La cuestión es ¿continuará existiendo dentro de 20 años?, ¿se convertirá en capitalismo liberal o en capitalismo socialdemócrata? Con esto entramos en terrenos difíciles. El futuro del capitalismo confuciano depende de cuatro cosas: dos de naturaleza económica –la evolución de su productividad y de su comercio exterior– y dos de naturaleza política –la estabilidad interior y la paz exterior de esos países–.

Sobre la mejora de la productividad –volviendo a la crítica de Krugman– conviene mirar más de cerca el papel que viene desempeñando en el crecimiento de los países del Este asiático porque hay diferencias entre ellos. Si en los casos de Singapur, Malaisia e Indonesia puede considerarse que ha desempeñado un papel menor, en los de Taiwan, Hong Kong y Corea su importancia parece situarse en niveles semejantes a la que tiene en los países de renta alta. El Banco Mundial calcula que más de un tercio del crecimiento de estas últimas economías se debe a mejoras de productividad. En algunos casos, Corea por ejemplo, el crecimiento de la productividad ha ido aumentando de década en década. ¿Será en la primera década de los años dos mil mayor que en la última de los mil? No lo sabemos, pero podría ser. Las extrapolaciones lineales pueden inducir a error y Krugman las critica con razón, pero su analogía entre el crecimiento de los países del Este asiático y el crecimiento soviético, invita a pensar que en estos países va a terminar produciéndose un estancamiento, lo que puede ser un error no menor. Los países que logren mantener unas altas tasas de inversión, un pleno empleo con cualificación creciente y además ir aumentando la productividad, se estarán colocando en una senda de crecimiento similar a la que viene siguiendo Japón. Eso es a lo que aspiran. Al parecer, esto es lo que está logrando China.

La gran importancia que tiene el comercio exterior para los paí­ses que comentamos constituye uno de sus puntos vulnerables. Si se ve dificultado sufrirían importantes daños, pero sus mercados están cada vez más diversificados. Los de Estados Unidos y la Unión Europea son importantes aunque crecen más rápidamente los de Asia, empezando por el chino. Los países asiáticos no se van a presionar unos a otros aduciendo cuestiones de derechos humanos, protección social o estándares ecológicos. Estados Unidos y la Unión Europea pueden coincidir en demandarles apertura de mercados y respeto a los derechos de propiedad.

Pero, ¿seguiría Europa a unos Estados Unidos embarcados en una cruzada para implantar sus valores en Asia? ¿Secundaría Estados Unidos campañas europeas reclamando derechos sociales y prestaciones públicas para los trabajadores asiáticos? Estadounidenses y europeos, presionando conjuntamente, pueden hacer daño a las economías del este de Asia, sobre todo limitando las transferencias de tecnología que tanto necesitan. Pero ¿a qué conduciría?

Asia es medio mundo. Incluso con hipótesis de crecimiento moderado, en el año 2000 Asia puede generar la mitad del producto y del comercio mundial. Su población será también la mitad de la humanidad. Mil millones de sus habitantes alcanzarán niveles de renta que les permitirán comprar televisores, neveras y motocicletas. Otros quinientos millones empezarán a comprar coches, teléfonos, servicios sanitarios y viajes. Súmense las gigantescas inversiones en infraestructuras que los países asiáticos necesitan realizar. ¿Quién quiere enajenarse estos mercados? ¿Qué puede esperarse de bueno dificultando este crecimiento? ¿Mejoraría el respeto a los derechos humanos, la protección social o la atención al medio ambiente?

Quienes sostienen que Occidente debe aplicar a Asia políticas proteccionistas, argumentan que la difusión de la tecnología está permitiendo a esos países aumentar rápidamente su productividad al tiempo que mantienen salarios bajos y escasos gastos en protección social y medioambiental. Esto los hace económicamente imbatibles –dicen–. Krugman ha escrito su artículo para mostrar que dar por supuesto un gran crecimiento de productividad en estos países es un error que cometen los que llama “strategic traders”. También se equivocan los “social traders”, si llamamos así a quienes reclaman proteccionismo argumentando que en ellos se produce una explotación social que las cifras de distribución de la renta no confirman. Los países del Este asiático están realizando su industrialización en unas condiciones sociales mucho más benévolas que las que conoció Europa en su día, si bien peores que las que hoy disfruta y en una situación política mucho más abierta que la que vivieron los países comunistas. Esto no impide que existan reivindicaciones de los sindicatos, presiones de las mujeres y reclamaciones de los jóvenes en favor de más justicia social, menos privilegios para los hombres y más libertad; las hay y están llamadas a crecer por sí mismas. Lo probable es que a medida que mejore la productividad, lo hagan también las condiciones de trabajo. Si es así, Occidente podrá seguir compitiendo globalmente aunque algunos de sus sectores productivos se resientan, lo que alimentará reacciones proteccionistas. Pero, salvando un panorama catastrófico, es de esperar que no prevalezcan. Si se considera todo a la vez, no creo que el capitalismo confuciano vaya a fracasar ni por escasa productividad ni por bloqueo comercial.

 

Democracia en Asia

Otro requisito vital para el progreso de los países del este de Asia es que mantengan la estabilidad interior. ¿Cómo van a tratar de hacerlo, evolucionando hacia democracias occidentales o perfeccionando sus sistemas confucianos? Me inclino a pensar que harán lo segundo sin que nadie se lo pueda impedir. En los países confucianos hay quienes manifiestan sus preferencias por el clima libertario y consumista de Occidente; del mismo modo que hay en Occidente quienes promueven –aunque con otros nombres– programas confucianos de ahorro y disciplina política y social. Pero, en el futuro previsible, ni unos ni otros tienen muchas posibilidades de prevalecer en sus respectivas sociedades. Los estadounidenses viven obsesionados por su déficit comercial con Japón, pero en Washington nadie dice “vamos a ahorrar como los japoneses”. Exito económico y democracia occidental tampoco se relacionan fácilmente en los países de cultura confuciana. La concepción confuciana es por demás empírica. La fuente de legitimidad de los gobernantes, el “mandato del cielo”, se confirma por el éxito y se pierde por el fracaso. Mientras el progreso económico se mantenga, no es probable que los gobernantes confucianos “occidentalicen” sus sistemas políticos y tampoco lo es que sus pueblos se levanten para pedirlo. Si la prosperidad se acaba, lo más probable es que los gobernantes deslegitimados sean reemplazados por otros más confucianos y menos liberales.

Esto se entiende mejor al tener presente que la verdad política confuciana no es subjetiva, no es el resultado de una confrontación de ideas, como ocurre con la verdad democrática; es una verdad objetiva –más parecida a la occidental en materia de ciencias naturales– sólo discernible mediante la buena educación y el incesante estudio. Esto hace que para establecer la verdad política confuciana y también para aplicarla, se trate de minimizar riesgos recurriendo abundantemente al consenso, lo que reduce la posibilidad de alternativas tajantes.

Por eso, lo que parece más probable es que durante los próximos años los sistemas confucianos tiendan más a perfeccionarse que a democratizarse y que lo hagan en un doble sentido: 1) garantizando mejor los derechos de propiedad, a medida que comprueben que el no hacerlo puede afectar al crecimiento y 2) combatiendo la corrupción entre el personal político y de la administración, pues eso sí que provoca un malestar social amplio y profundo. El resultado, se le llame como se le llame, serán unos sistemas basados en el racionalismo burocrático y paternalista confuciano y con un grado mayor o menor de pluralismo.

Por supuesto, esta apreciación puede ser errónea, pero, aun si es así, lo prudente es dejar que sea la evolución política interna de cada país la que lo demuestre fehacientemente; la política interior, porque las presiones exteriores están llamadas a lograr lo contrario. Recuérdese al confuciano, formidable enemigo de quien se inmiscuya en su vida y en su hacienda procediendo de una nación extranjera menos estructurada moralmente.

Es posible que nos encaminemos a una coexistencia prolongada entre el capitalismo liberal y el confuciano. En este caso, no niego que las tarjetas de crédito, las reivindicaciones sindicales y la incorporación de la mujer al trabajo terminen incrementando el consumo público y privado y alteren el papel de la familia en las sociedades confucianas. También es posible que la presión de Confucio atempere el antiestatalismo anarcoide y el individualismo consumista que soplan hoy en Occidente; hasta puede ocurrir que Occidente vaya comprobando que el buen funcionamiento de las instituciones de la democracia requiere que no dejen de funcionar otras estructuras sociales más básicas como la familia o el compromiso en el trabajo. Entonces puede ensancharse la franja de actitudes compartidas y verse facilitada la acomodación de ambas civilizaciones.

Citamos la paz exterior como el último requisito para que el capitalismo confuciano progrese. Así es, pues el surgimiento de conflictos violentos entre los países que lo practican acabaría con su comercio exterior, bloquearía el aumento de su productividad e interrumpiría la depuración de sus instituciones políticas. ¿Qué posibilidades hay de que ocurran este tipo de conflictos? No faltan antecedentes tormentosos entre los países que pueblan la región de Confucio y tampoco conflictos sin resolver. En la península de Corea, las dos repúblicas, aunque no se amenazan, siguen con las espadas en alto. China ha dicho muchas veces que no aceptará que Taiwan se declare Estado independiente. En el mar del Sur de la China no menos de cinco países tienen pretensiones de soberanía sobre algunas de las islas Spratley y Paracelso. Entre Indonesia y Malaisia no todos los problemas están resueltos. Japón sigue despertando desconfianza y malos recuerdos en toda la región empezando por Corea y China. Los presupuestos de defensa de casi todos los países crecen. Pero, pese a todo lo anterior, el hecho es que predomina el sosiego. ¿Estamos ante un interregno o ante una lección aprendida?

Muchos juicios toman como vara de medir el lado malo de la experiencia europea: “el pasado de Europa puede ser el futuro de Asia”.10 La verdad es que los países asiáticos no tienen por qué cometer los errores europeos, aunque, claro está, ello no impide que cometan los suyos propios. Cuando la historia les ofrece una oportunidad de la que han carecido durante muchos años, nada sería un error mayor por su parte que enzarzarse en enfrentamientos militares. ¿Lo harán? Hay motivos para pensar que no. En la península de Corea –ese pequeño langostino entre China, Rusia, Japón y con Estados Unidos dentro– ninguna de las cuatro ballenas que le rodean quiere hacer olas. Bajo el mar del Sur de la China abunda el petróleo y también en su superficie, pues por ella navegan los petroleros que suministran a Japón. Zona delicada sobre la que China va afirmando su control por vía de hecho; pero al mismo tiempo ofreciendo negociar una fórmula de acuerdo con los otros países que mantienen reivindicaciones. En cuanto a las relaciones con China y Taiwan, mientras estén en el poder quienes no buscan la independencia de la isla, puede continuar el modus vivendi actual que incluye fuertes y crecientes lazos económicos; si llegan al poder en Taipei quienes quieren constituir un nuevo Estado, habrá que ver cómo administran esa pretensión que sólo puede acarrear serios problemas para ambos lados.

Hay otro gran riesgo. ¿Puede romperse China como le ocurrió a la Unión Soviética? De nuevo, la vara de medir europea. El comunismo chino nunca fue como el soviético y lo sigue demostrando a la hora de desaparecer: los comunismos europeos colapsaron, los confucianos (China, Vietnam y veremos si también Corea del Norte) se están autotransformando. De todas formas, China está experimentando muchas tensiones: cambio de liderazgo, fracturas sociales derivadas de un crecimiento acelerado, movimientos centrífugos en las regiones… pero China lleva siendo China desde antes de que se formaran casi todos los actuales Estados. Lo importante es que, si no se rompe, China va a volver a ocupar su papel, históricamente tradicional, de gran potencia. Esto produce temores, miedos y puede acarrear también carestías energéticas y fuertes presiones sobre el medio ambiente. No puede descartarse que en algún sitio surjan tentaciones de dificultarlo o impedirlo. Pero si China se rompe, se quebrará el capitalismo confuciano entre otras muchas cosas. Hipótesis tan extremas como la ruptura de China o el surgimiento de la comunidad del Pacífico, de la que habla Mahbubani, dejan un amplio terreno intermedio donde cabe una China reordenada que encuentre una posición de estabilidad con Japón y con el resto de Asia. Este equilibrio es poco probable que adopte la forma occidental de instituciones comunes basadas en valores compartidos. Será un contrapeso más confuciano, construido por las élites de los diversos países, protegido de los grupos de presión y orientado a encontrar compromisos que permitan el bien mutuo.11 No sólo hay un capitalismo confuciano; también existe una manera confuciana de llevar las relaciones internacionales. No van a faltar ocasiones de comprobarlo.