POLÍTICA EXTERIOR  >   NÚMERO 162

Acerca de Crimea

ANTONIO REMIRO
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Crimea ha vuelto a Rusia para siempre. Era ucraniana pero fue antes rusa y quería volver a serlo. Kiev no supo ofrecer un proyecto de vida alternativo. Los llamamientos de EE UU y la UE al Derecho Internacional traen a la memoria su comportamiento contradictorio en Kosovo.

No puede decirse que la articulación de Crimea (y de la ciudad de Sebastopol) en Ucrania tras la desintegración de la Unión Soviética en 1991 fuera pacífica. La última década del siglo XX se vivió entre permanentes tensiones y desencuentros. Mientras las instituciones del Estado se esforzaban por afirmar su supremacía y declaraban Crimea parte inseparable de Ucrania, las de Crimea (y Sebastopol) no se contentaban con una autonomía con competencias derivadas de la Constitución y leyes ucranianas. Así que todo fue discutido, impugnado, revisado; hasta la misma denominación, pues los representantes de la península querían ser la República de Crimea y no la República Autónoma de Crimea. Para estos, era su propia soberanía el fundamento de sus competencias y su relación con Ucrania había de basarse en un instrumento típico de las relaciones entre sujetos soberanos: el tratado.

En esa década fundacional de una nueva Ucrania, Rusia aceptó la aplicación del principio –el uti possidetis– que había determinado el nacimiento de 15 Estados en la desventurada Unión Soviética respetando el territorio atribuido por las leyes soviéticas a cada una de las repúblicas federadas. En el caso de Crimea (y Sebastopol) el sacrificio para Rusia era considerable, pues la península y su ciudad más importante, con un estatuto especial, habían sido rusas hasta que en 1954 un decreto del presidente del Soviet Supremo las transfirió a Ucrania. Crimea carecía de contigüidad terrestre con Rusia. Pero a comienzos del presente siglo una amplísima mayoría de sus habitantes eran rusos y/o rusófonos, especialmente en Sebastopol,…

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