POLÍTICA EXTERIOR  >   NÚMERO 198

Caricaturas de Boris Johnson, Theresa May y David Cameron en una calle de Manchester (Reino Unido, 1/4/2020). CHRISTOPHER FURLONG/GETTY

Adiós a todo eso

Se acaba la relación de más de 40 años que hizo de Reino Unido pieza esencial del engranaje político y económico europeo. Sin embargo, el Brexit no ha hecho más que empezar. Queda la reconstrucción de un nuevo acercamiento.
Enrique Feás
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En 1929, con apenas 38 años, Robert Graves publicó una autobiografía titulada Adiós a todo eso en la que reflejaba no solo su experiencia como soldado, sino también el cambio de época que supuso para Reino Unido el final de la Primera Guerra Mundial. “Fue mi amarga despedida de Inglaterra”, escribió varias décadas más tarde en su prólogo a la segunda edición, publicada el mismo año que entró en vigor el Tratado de Roma.

Hoy, casi un siglo después, un Reino Unido ya políticamente fuera de la Unión Europea culmina su salida económica diciendo adiós a todo lo que suponen más de 40 años de participación en el proyecto de integración europea. Todo indica que la caída del viejo orden eurobritánico y el paso a una nueva fase económica mucho menos integrada será, como para Graves, una amarga despedida.

Es el momento de echar la vista atrás y hacer balance. Y recordar que la relación entre Reino Unido y la UE no empezó demasiado bien. Cuando Winston Churchill pronunció su famoso discurso en la Universidad de Zúrich, en el que abogaba por “una especie de Estados Unidos de Europa”, no veía a Reino Unido como parte de ese proceso integrador, sino como observador distante. Su destino se creía entonces ligado al de Estados Unidos y al de la Commonwealth, espejos de un pasado imperial cuyo reflejo era cada vez más borroso. Por eso, en medio del doloroso baño de realidad política que supuso la crisis de Suez, cuando Reino Unido constató que la integración no se acababa con la exitosa Comunidad Europea del Carbón y del Acero, sino que avanzaba hacia un mercado común, intentó una alternativa: la Asociación Europea de Libre Comercio (EFTA). Como esta apenas tuvo recorrido, terminó solicitando la adhesión a las Comunidades Europeas. Pero allí encontró el veto del general Charles de Gaulle, quien consideraba que Reino Unido actuaría en Europa como un caballo de Troya de los intereses estadounidenses.

Solo desaparecido De Gaulle pudo el primer ministro conservador Edward Heath firmar el Tratado de Adhesión en octubre de 1972, mientras los laboristas prometían un referéndum de ratificación, que se celebró cuando estos llegaron al poder en 1975 y en el que dos tercios de los ciudadanos votaron a favor.

En los años siguientes surgieron algunos ilustres británicos europeístas que demostraron que el paso de Reino Unido por la UE no tenía por qué ser una historia de desafección. Entre ellos, cabría destacar a Roy Jenkins, presidente de la Comisión Europea entre 1977 y 1981 y uno de los padres espirituales del euro, quien insistía en avanzar en el proceso de integración “más rápido que lento” y consideraba que una moneda europea no solo era imprescindible para garantizar el funcionamiento del mercado único, sino como “gran divisa internacional” alternativa al dólar.

 

«Tras la crisis de 1992, muchos ‘tories’ identificaron Europa y su moneda con momentos de crisis y de pérdida de poder»

 

En cualquier caso, si en los años setenta y principios de los ochenta la mayoría de los euroescépticos habían sido laboristas, con la reelección de Margaret Thatcher en 1983 se invirtieron los papeles: mientras esta enfriaba las relaciones europeas y exigía un cheque descuento de sus aportaciones al presupuesto europeo, los diputados laboristas retiraban en 1989 su apoyo a una demanda de abandono de la UE. Thatcher no dudaba de las ventajas del mercado único, pero desconfiaba profundamente de cualquier intento de integración adicional, política o monetaria.

A Reino Unido le debe de gustar el riesgo, porque del mismo modo que se adhirió a las Comunidades Europeas poco antes de la crisis del petróleo, se incorporó –también tardíamente– al Sistema Monetario Europeo (SME) poco antes de la tormenta cambiaria de 1992. Años de tipos de interés artificialmente elevados por la reunificación alemana hicieron insostenibles los tipos de cambio semifijos y forzaron la salida del SME de la libra y la lira, así como la devaluación de varias monedas europeas. Sin embargo, cuando Alemania y Holanda se replantearon seriamente abandonar el SME fue precisamente un ministro británico, Kenneth Clarke, quien les convenció de no hacerlo porque eso “impediría la creación de una moneda única europea” con la que soñaba “ver pagar algún día a sus nietos”. Su generosidad, sin embargo, no fue recompensada por el electorado británico, que mantuvo al Partido Conservador alejado del poder más de 13 años. No es de extrañar que desde ese momento muchos conservadores identificaran Europa y su moneda con momentos de crisis y de pérdida de poder.

El líder del Partido Laborista Tony Blair decía que “muchos conservadores consideran la UE un monstruo socialdemócrata y muchos laboristas la consideran un monstruo neoliberal”, así que apostó por una difícil Tercera Vía: una Europa grande pero poco integrada. Porque tras su defensa de la ampliación de la Unión hacia el Este en 2004 –que consideraba “uno de los principales logros diplomáticos de Reino Unido en las últimas décadas”– subyacía no solo una motivación moral, sino también la idea de que la expansión de Europa era el mejor antídoto contra las tentaciones de integración política. Quizá creía que con ello combatiría de paso el euroescepticismo británico, pero esta Tercera Vía europea tampoco le funcionó: años más tarde, la fuerte inmigración de los países del Este sería una de las claves del referéndum del Brexit.

 

Brexit: caos por cuatro puntos

EL referéndum de 2016 fue, en el fondo, la culminación de años de traslado de los problemas nacionales y las divergencias dentro del Partido Conservador al ámbito de la política exterior. Lo ofreció David Cameron –quien había faltado a su promesa de ratificar popularmente el Tratado de Lisboa– como parte de su campaña electoral de 2015, pensando que, de llegar a celebrarse, lo ganaría con facilidad y podría acallar a los euroescépticos de su partido. Llegado el momento de cumplir su palabra, intentó sortearlo proponiendo como alternativa una renegociación de las condiciones de permanencia en la UE. Consiguió numerosas ventajas, incluida la posibilidad de reducir los flujos de inmigración europeos –en una clara ruptura de la libre circulación de trabajadores que hoy produce sonrojo al releerse–, pero no pasó el filtro del Parlamento británico.

Así, el 23 de junio de 2016 se terminó forzando una consulta popular –“artificio de dictadores y demagogos”, las llamaba Thatcher– que en principio no era vinculante ni determinaba la relación futura, en medio de una agria campaña en la que, a petición del primer ministro, la Comisión Europea no pudo combatir la desinformación. El “No” a la UE se impuso por menos de cuatro puntos de diferencia, dejando al resto de la Unión y a los europeístas en un estado de profunda consternación. Ni siquiera Boris Johnson –que se sumó al carro electoral del Brexit en el último momento– contaba con una victoria que planteaba muchas más incógnitas de las que resolvía.

Cameron se marchó canturreando y la difícil tarea de traducir políticamente el resultado del referéndum quedó encomendada a la remainer Theresa May, cuyo primer error fue precipitarse al notificar el inicio del procedimiento del artículo 50 del Tratado de Lisboa antes de que el Parlamento británico debatiera los posibles modelos alternativos de relación futura con la UE. Al empezar la casa por el tejado, condenó a la parte teóricamente más sencilla del proceso de salida, el Acuerdo de Retirada, a una demora de más de dos años. La clave del bloqueo estuvo en la salvaguardia de Irlanda, que la UE insistió en incluir al principio para evitar que el asunto envenenara la segunda fase. La idea era simple: ya que abandonar un mercado único obligaba a reinstaurar fronteras, había que encontrar un mecanismo que permitiera evitar la única frontera física que Reino Unido mantenía con el resto de la UE y que políticamente no se podía restablecer: la de Irlanda (porque fue precisamente la promesa de su desaparición la que hizo posible firmar los Acuerdos de Viernes Santo).

Aunque el problema era político, su solución era técnica: mantener Irlanda del Norte en un régimen regulatorio seudoeuropeo y trasladar la frontera física al mar de Irlanda. Para apaciguar el consiguiente malestar unionista, May cometió su segundo error: intentar reducir los controles aduaneros en el mar de Irlanda firmando un Acuerdo de Retirada que garantizaba, incluso aunque no hubiera Acuerdo de Relación Definitiva, una integración mínima de unión aduanera con la UE. No solo no logró contentar a los unionistas, sino que enfadó a muchos conservadores, que vieron amenazada su libertad arancelaria. Incapaz de lograr la ratificación parlamentaria de su acuerdo, tiró la toalla y entregó el relevo a un Johnson que, con una marcada tendencia a la hipérbole, amenazó con una salida caótica para después terminar aceptando gran parte del acuerdo de May –frontera incluida en el mar de Irlanda–, aunque con riesgo de Brexit caótico en caso de ausencia de Acuerdo de Relación Definitiva. Johnson obtuvo la ratificación del Parlamento solo después de unas nuevas elecciones en las que triunfó de forma clara, en parte porque el líder laborista, Jeremy Corbyn, consiguió asustar a muchos electores aún más que la posibilidad del Brexit.

Tras la salida formal de Reino Unido en febrero de 2020 –tras negarse a solicitar prórroga–, solo queda esperar el Brexit económico del 1 de enero de 2021, con o sin acuerdo. Reino Unido, una potente economía de servicios, los sacrifica de forma sorprendente y solo aspira a un acuerdo básico de mercancías. La UE acepta este planteamiento, siempre que los británicos se comprometan a garantizar el acceso a sus recursos pesqueros, modular sus ayudas de Estado y condiciones laborales, medioambientales y fiscales (para no tener un paraíso regulatorio a las puertas de Europa), y una gobernanza razonable del acuerdo. Pero el gobierno de Johnson sigue queriéndolo todo: pleno acceso al mercado europeo y libertad para ejercer una competencia desleal o incluso para incumplir el Acuerdo de Retirada ya firmado.

 

Restaurar el vínculo

Pase lo que pase al final, haya o no acuerdo básico –que no evitará las fricciones en frontera ni la tensión política en Escocia–, el Brexit no ha hecho más que empezar. Ojalá, después de años de turbulencias, veamos un nuevo acercamiento entre dos socios condenados a entenderse. Porque no podemos minimizar el papel de Reino Unido como vínculo entre Europa y EEUU en materia de seguridad y como enlace con los países del Este, ni su liderazgo en materia universitaria o de regulación financiera, ni su pragmatismo y sano cuestionamiento permanente de la sobrerregulación europea.

Hay quien dice que la ausencia de Reino Unido ha permitido avances que con su presencia habrían sido más difíciles, como la aprobación del Fondo de Recuperación europeo. Es posible, pero también ha desequilibrado el juego de poderes en la Unión, reforzando el peso específico franco-alemán y dejando a Holanda incómoda buscando alianzas para ejercer un papel de contrapeso de Francia. Lo evidente es que, en un mundo multipolar e incierto y con un multilateralismo en crisis, una Europa sin Reino Unido es una Europa más débil, al igual que un Reino Unido sin Europa siempre será menos influyente. La UE pos-Brexit no puede anquilosarse, porque solo en la medida en que avance podremos calificar el Brexit como un error económico y como un error geopolítico a largo plazo.

Graves está enterrado junto a la iglesia de Deià, un pequeño pueblo de Mallorca. En su lacónica lápida tan solo se lee su nombre y la faceta que él consideraba más genuina e importante de su personalidad creativa (por encima de la de lúcido ensayista y creador de inolvidables novelas históricas): “Poeta”. Él, un gran amante de España, jamás habría celebrado el Brexit. Si aún viviera, seguramente habría firmado un nuevo prólogo a su autobiografía, lamentando que la patria que ocupaba gran parte de su corazón dijera una vez más “adiós a todo eso”: a la estrecha relación de más de 40 años que convirtió Reino Unido en una pieza fundamental del engranaje político y económico europeo del que en estos días, ya de forma definitiva, comienza a desgajarse. ●