Alemania acaba de terminar su ciclo electoral de otoño con el resultado de una población polarizada y un especial avance del partido ultraconservador Alternativa para Alemania (AfD), lo que preocupa en Berlín y en muchas otras capitales europeas.
Entre las consecuencias históricas, los cristianodemócratas estrenan banquillo fuera de un parlamento (Mecklemburgo–Pomerania Occidental), un gobierno regional recaería por primera vez a la derecha de los conservadores (Sajonia–Anhalt), y Berlín podría tener su primer alcalde a la izquierda de los socialistas. Las cuotas de participación electoral han alcanzado récords próximos al 80%.
Pese a que estas regiones están despobladas y aportan poco a la riqueza nacional, los resultados se han interpretado como el paíño que augura tormentas. La democracia alemana está a la defensiva. Auf Wiedersehen [adiós] grandes mayorías y gobiernos estables. Hallo [hola] polarización y coaliciones gaseosas que dejan manos libres a los populistas.
Si la extrema derecha consigue gobernar, algo que aquí todavía rasga las vestiduras y suscita iniciativas para vetar a la AfD, o al menos neutralizar su acceso automático a información sensible como gobierno, llegará al poder una versión pulida, de camisa entallada, cejas depiladas e impecables redes sociales, del nacionalismo alemán agresivo y racista, con una firme oposición a los extranjeros, crítica con la Unión Europea y a favor de Rusia.
Alemania no es un país remoto o menor cuyas tormentas no nos afecten, ni nada de esto es exclusivo de este país. La extrema derecha crece desde principios de siglo en toda Europa. El acercamiento de la población alemana a los partidos en los extremos responde a la desconfianza en el sistema democrático y al distanciamiento con la clase política, a la que no se percibe como capaz o dispuesta a intervenir, y a una frustración con el día a día, relacionada sobre todo con la…



